| 
|
|
BARROSO
Y EL FEDERALISMO EUROPEO
ENRIQUE MARTÍNEZ GUTIÉRREZ
Centro Europeo de la Cultura
EL próximo día 1 de noviembre entrará
en funciones la nueva Comisión Europea, ceremonia
que estará precedida por dos largas semanas de audiencias
a los futuros comisarios en el Parlamento Europeo. La nueva
Comisión nace con la perspectiva de abordar, entre
otros, tres retos fundamentales: el desarrollo de la futura
Constitución Europea, la plena integración
de los Estados miembros que acaban de adherirse a la Unión
y la consolidación de ésta como actor principal
de las relaciones internacionales en el siglo XXI. Se tratará
de una Comisión nueva por distintas razones. En primer
lugar, la formará por vez primera un colegio de veinticinco
miembros. En segundo término, contará con
diez comisarios procedentes de los Estados miembros recientemente
adheridos a la Unión. Finalmente, se tratará
-una vez entre en vigor la Constitución Europea-
de la Comisión con más amplios poderes en
los más de cincuenta años de construcción
comunitaria.
Al frente de la misma, se encontrará
el presidente José Manuel Barroso, antiguo primer
ministro de Portugal. Un político que pese a su juventud
cuenta con un extenso currículum europeo. El interés
de Barroso por los asuntos comunitarios se remonta a la
etapa universitaria. Su tesis de Diploma de Estudios Superiores
de Ciencia Política, publicada en Ginebra y en Lisboa
antes de la adhesión de Portugal a las Comunidades
Europeas, llevaba por título «El sistema político
portugués frente a la integración europea»
. Esta temprana manifestación de sus vínculos
con el proceso comunitario tuvo continuidad con la realización
de estudios de postgrado en la Universidad de Ginebra junto
al precursor de la Europa de la Cultura, Denis de Rougemont.
Más tarde, como confirmación de sus grandes
cualidades, Dusan Sidjanski, una de las máximas autoridades
del federalismo europeo, le propone ser su asistente, puesto
que desempeñará durante cinco años.
Su presencia activa en este vivero del pensamiento federalista
europeo impregnará de manera definitiva la carrera
política de un Barroso que -tras un período
como Secretario de Estado- asumirá desde 1992 hasta
1995 la cartera de Asuntos Exteriores de su país
para, más tarde, convertirse en primer ministro.
Esta doble vocación de
profesor universitario y político activo, constituye
un rasgo distintivo del nuevo Presidente de la Comisión.
Basta con leer detenidamente su intervención, en
noviembre pasado, en el transcurso de la entrega de los
premios Latsis para descubrir cuáles son los fundamentos
de su pensamiento político sobre Europa. Defensor
del papel de los Estados más pequeños dentro
de la Unión, desaprueba «los malentendidos
y a veces incluso las disputas sobre el papel y la importancia
de los Estados en función de su dimensión»,
haciendo constar que «para los que, como yo, creen
verdaderamente en el proyecto europeo existe un problema:
la tentación de seguir una lógica de poder
puramente intergubernamental». Considera necesario,
no obstante tener en cuenta la dimensión de los Estados,
aunque «para las cuestiones fundamentales, la voz
de todos debe tener más o menos el mismo peso».
Para Barroso, el método comunitario está plenamente
vigente ya que «combina sabiamente la igualdad de
derechos, la participación real de todos en las decisiones,
la solidaridad y el respeto de las especificidades nacionales
y tiene en cuenta también las diferentes realidades».
Por lo que respecta al papel de la Comisión, que
le corresponderá dirigir durante los próximos
cinco años, la defensa del interés general
de la Unión «depende ante todo de la acción
de una Comisión fuerte e independiente».
Aquí se encuentra el
principio fundamental que habrá de guiar la acción
del nuevo Presidente: fortalecer la Comisión en el
marco institucional comunitario, preservando en todo momento
su independencia respecto a los Estados miembros, algo sobre
lo que puso el acento en su alocución del 21 de julio
pasado con motivo de su investidura por el Parlamento Europeo.
Un principio que encaja a la perfección con las ideas
elaboradas desde principios de los cincuenta por el profesor
Sidjanski en su cátedra de Ciencia Política
de la Universidad de Ginebra y en el Centro Europeo de la
Cultura, sobre la base de las enseñanzas de Denis
de Rougemont. Estas ideas están recogidas en la obra
que resume su pensamiento europeo, «El futuro federalista
de Europa» (Ariel, Barcelona, 1998) cuya versión
portuguesa José Manuel Barroso se encargó
de prologar.
En esencia, el nuevo Presidente
de la Comisión tendrá como referencia una
visión de la construcción europea en la que
el federalismo aparece más como un método,
un enfoque, que como una doctrina jurídico-política,
tal y como a veces se tiende a plantear en el incipiente
debate sobre los cambios en el modelo de estado abierto
en España. Desde esta perspectiva, el federalismo
europeo tiene su fundamento en el diálogo, en la
libre asociación a las decisiones y en el rechazo
a los planteamientos hegemónicos o excluyentes. El
papel de los Estados miembros es fundamental para el avance
de la Unión Europea pero ésta sólo
puede desarrollarse sobre la base de unas instituciones
fuertes: un Parlamento, un Consejo, un Tribunal de Justicia
y, sobre todo, una Comisión que sea capaz de velar
por el interés general comunitario. Ello implica
que Europa vuelva el rostro a los ciudadanos como componente
esencial de la pirámide invertida en que, inspirada
por el federalismo, la Unión Europea debe terminar
convirtiéndose. En efecto, el objetivo consiste en
que de cada ciudadano parta una conexión hacia el
entramado del proceso de toma de decisiones comunitario.
Una red que se orienta hacia las instituciones en sentido
vertical, pero también de manera horizontal, gracias
a la presencia de los grupos de interés y otros actores
que forman intersecciones con el fin de enriquecer el resultado
final de la decisión.
Asimismo, sin abandonar los
progresos realizados en el ámbito de lo económico
-fundamentales para consolidar la credibilidad de la Unión
Europea ante los ciudadanos- el federalismo europeo trae
consigo el retorno de lo político. Europa y el mundo
requieren hoy más que nunca decisiones que permitan
mitigar los efectos no deseables del capitalismo global.
En particular, decisiones que se encuadran en el que Sidjanski
gusta de calificar como «ámbito político
por excelencia»: la política exterior. Es en
este campo donde la Comisión Europea presidida por
Barroso, que se ocupará específicamente de
coordinar la acción de los comisarios responsables
de las relaciones exteriores, deberá sin duda redoblar
sus esfuerzos por mostrar una Europa coherente y unida en
el ámbito internacional. La creación del puesto
de ministro de Asuntos Exteriores de la Unión, una
vez entre en vigor la Constitución Europea, tendrá
por efecto un fortalecimiento de este ámbito, ya
que desempeñará sus funciones también
en calidad de vicepresidente de la Comisión Europea.
De este modo, la nueva Comisión tiene ante sí
una ingente tarea, la de contribuir a la construcción
de una identidad europea en el plano internacional. Las
flaquezas evidenciadas por la Unión a lo largo de
su intervención en los diferentes conflictos europeos
de los años noventa -en particular las guerras en
la ex-Yugoslavia- y las divisiones en el seno del Consejo
al respecto de otros más recientes como la guerra
de Irak, tienen que constituir el punto de partida para
un análisis conducente al fortalecimiento del pilar
exterior comunitario. Y aquí juega de nuevo un papel
fundamental el pensamiento federalista que está en
la base del discurso político del Presidente Barroso.
La Unión Europea debe trasladar a los países
que padecen conflictos, internos o externos, los aspectos
exitosos del esquema sobre el que se ha venido construyendo.
La creación de instituciones de ámbito supranacional
que velan por los intereses tanto de las mayorías
como de las minorías, la adopción de un modelo
económico-social basado en el principio de solidaridad
y vertebrado a partir de los fondos estructurales o la construcción
de un espacio jurídico en el que los derechos fundamentales
se hallan protegidos y que alimenta permanentemente el acervo
del sistema universal de protección de los derechos
humanos, son algunos de los elementos de referencia que
la Unión Europea debe aportar al mundo a través
de su proyección exterior.
No abrigo ninguna duda
al respecto de que la decisión de los Estados miembros
y del Parlamento Europeo a la hora de designar a José
Manuel Barroso como responsable de la institución
que debe guiar el proceso comunitario en estos próximos
años, fundamentales para la consolidación
de la Unión Europa, ha sido la más acertada.
Su amplia preparación académica, su comprobado
espíritu de diálogo, su innegable habilidad
política y, por encima de todo, su compromiso --término
acuñado, no lo olvidemos, por Denis de Rougemont-
con el proyecto de construir una Europa unida, auguran que
en el camino por recorrer en los próximos años
los europeos cuentan con un experto y avezado piloto.
|
 |