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NUEVO
ENTORNO ESTRATÉGICO
Rafael Bardají
Ensayo nº1
El Autor
RAFAEL BARDAJÍ es director del Grupo de Estudios
Estratégicos (GEES), entidad privada e independiente
de análisis de seguridad y defensa. Estudió
Ciencias Políticas en Madrid y fue investigador del
Institute for Strategic Studies de Londres, del que continúa
siendo miembro. Ha sido también profesor invitado
en el Massacfaussets Institute ofTechnology y enseña
en la actualidad "Estudios Europeos" en el ICADE
y "Tecnología militar y seguridad internacional"
efi el programa de estudios estratégicos del departamento
de historia Contemporánea de la UNED. Es consultor
del Instituto for Foreign Policy Analysis de los Estados
Unidos y como analista ha realizado trabajos para los cuarteles
generales españoles y de la OTAN.
El autor quiere agradecer a Manuel Coma y Florentino Portero
sus comentarios, así como la inestimable ayuda ofrecida
por Ignacio Cosido durante la preparación de este
trabajo.
Índice
I. Introducción
II. Adiós al viejo orden
III.Colón, 500 años después
IV. España y el nuevo mundo: la hipoteca
socialista
V. 1992: la penuría militar
VI. La puntilla de la "mili" a la
carta
VII. El espejismo de la seguridad
VIII. Conclusión: un viejo nuevo mundo
I. Introduccion
Hace ahora justamente 500 años,
Cristóbal Colón se afanaba en los preparativos
de su viaje, un periplo que debía haberle conducido
a las Indias por una ruta más corta, pero que acabó
en el descubrimiento de algo tan inesperado como revolucionario:
el Nuevo Mundo, la América de nuestros días.
Pues bien, su quinto centenario no es solamente un año
de celebraciones, festejos y exposiciones universales; 1992
anuncía también otro nuevo mundo, un nuevo orden
mundial, aunque todavía esté por ver cuán
de nuevo y de orden tendrá este naciente concierto
entre las naciones.
En la primera parte de estas
páginas expondré sucintamente cuáles
son las principales características del incipiente
orden -o desorden- internacional y cuáles son los
riesgos que, junto a sus promesas, encierra. En una segunda
etapa me centrare en la adecuación -o mejor, falta
de la misma- de la actual política de defensa para
garantizar a largo plazo nuestra seguridad en ese ambiente
estratégico que está naciendo.
II, Adiós al
viejo orden
Durante cuarenta años
el mundo - y muy particularmente Europa - ha vivido rígidamente
escindido en dos grandes campos antagónicos, el Este
y el Oeste. Es más, la división política
entre comunismo y liberalismo se veía reforzada en
el terreno militar por la existencia de dos alianzas, la
Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN ) y el Pacto de Varsovia, que, asegurando la destrucción
de su oponente gracias a las armas nucleares, fijaba la
relación entre las naciones según el mundo
salido de la Segunda Guerra Mundial, según el orden
de 1945.
Como sabemos, se trataba de
un orden relativamente simple dos campos de ideologías
enfrentadas, dos superpotencias nucleares sobrearmadas,
una situación de vulnerabilidad mutua, un conjunto
desigual de aliados en cada parte, unas fronteras bien delineadas
defendidas, una serie de problemas supeditados a la estabilidad
estratégica, a la relación entre los grandes.
En suma, un mundo confrontación ideológica
y militar, un mundo instalado confortablemente en eso que
Herman Kahn llamó "el delicado equilibrio del
terror".
Pues bien, como igualmente sabemos,
ese orden de estabilidad inestable saltó por los
aires a finales de 1989, cuando, bajo empuje de unas masas
deseosas de disfrutar del consumo occidental y hartas de
los repetidos fracasos de los totalitarismos de corte soviético,
cayó el infame muro de Berlín, kilómetros
de hormigón armado que desde los años 60 materializaba
aquel telón de acero que se refiriera, en su tristemente
premonitorio discurso de Fulton Waston Churchill.
A partir de ese momento, noviembre
de 1989, se va a producir una radical transformación
del mapa político y, en tanto que reflejo militar,
del orden estratégico en Europa. Lo que pare impensable
va a hacerse realidad vertiginosamente: cae el muro y se
abre la puerta para la reunificación de Alemania
; uno tras otro, los Satélites de Moscú escaparán
a su órbita, adentrándose en un proceso de
democratización y de reconversión de la economía
de mercado; es más, los vínculos militares
con el Kremlin de los entonces mal llamados países
de la Europa del Este, en realidad centroeuropeos, irán
aflojándose progresiva pero rápidamente hasta
que por fin, en la primavera de 1991, el Pacto de Varsovia
acabe reconociendo formalmente su muerte imperativa y se
disuelva.
En fin, en menos de seis meses
el comunismo sufrirá una derrota histórica
en aquellos países donde había sido implantado
gracias a los tanques del Ejército Rojo, puesto que
allí donde la gente pudo votar con libertad sólo
consiguió el descalabro electoral, y en poco más
de un año, las fuerzas avanzadas de la Unión
Soviética tendrán que replegarse a su país
al no querer ninguna de las nuevas democracias contar con
su presencia.
Desde luego que este giro revolucionario
de la Vieja Europa fue posible sólo cuando el poderío
de la Unión Soviética dio muestras palpables
de descomposición. Las exigencias de las reformas
en el seno de la Unión Soviética y la necesidad
para Moscú de un progresivo entendimiento con el
mundo occidental, dependiente como era de las ayudas extranjeras,
volvían impracticable una medida de fuerza por muy
amparada que estuviera en la doctrina Breznev de defensa
del campo socialista. De ahí la famosa "doctrina
Sinatra" formulada por el entonces portavoz de Exteriores,
Gennadi Guerasimov, según la cual cada país
llevaría adelante sus reformas "a su manera".
La Unión Soviética
reconocía su fracaso frente al capitalismo, los países
centroeuropeos abrazaban las doctrinas liberales, la confrontación
militar se rebajaba gracias a los acuerdos de desarme, el
Este se difuminaba, al menos como la terrible amenaza que
había sido durante décadas. .. 1989 se celebraba
como una segunda Revolución Francesa y 1990 se prometía
como el germen de un mundo kantiano, libre de peligros y
en paz perpetua consigo mismo.
Que Europa y el mundo se quedaran
sin el polo opuesto de referencia conllevaba tales implicaciones
que no es de extrañar que tras largas décadas
de vivir constantemente bajo la amenaza del holocausto nuclear,
líderes y masas, sufriendo de la fatiga de la guerra
fría, se encandilaran con las promesas de un nuevo
orden, de una nueva arquitectura europea, más allá
de los bloques, por encima de la confrontación.
No es ilógico, por tanto,
el auge de autores como Francis Fukuyama quien, dijera lo
que quisiera en su breve artículo "¿El
final de la historia ?", sirvió de justificación
de todos aquellos deseosos de cobrarse rápidamente,
casi anticipadamente, los dividendos de la paz pues, al
fin y al cabo, si el enemigo ha muerto y el triunfo del
liberalismo está asegurado, ¿por qué
no convertir las bases militares en áreas de recreo
y esparcimiento, por qué no reducir al mínimo
los gastos militares, por qué no desmantelar la defensa?
Ciertamente, la imagen placentera
y paradisíaca del porvenir que nos pintaba esa visión
complaciente de los hechos, el llamado neoliberalismo optimista,
se vería sacudida el 2 de agosto de 1990, cuando
Saddam Hussein invadiera el emirato de Kuwait. Es verdad,
la toma de conciencia de la fragilidad de la paz fue súbita
aunque, no obstante, en la medida en que Kuwait e Irak eran
naciones bien alejadas de nuestro continente -¿no
hablaba Fukuyama de los pueblos que continuaban anclados
en la historia ?- la idea de que Europa podía ser
una burbuja de tranquilidad en medio de un mar de riesgos
y peligros se admitía generalizadamente. De ahí
las celebraciones casi simultáneas -y esquizofrénicas-
de la cumbre de todos los europeos para firmar la Carta
para una Nueva Europa y del final de la construcción
operativa del "Escudo del Desierto". La primera,
en París; la segunda, en Arabía Saudí.
Incluso la guerra en el Golfo,
la operación "Tormenta del Desierto", no
hizo sino reforzar, paradójicamente, el oportunismo
histórico, elevándolo en su amplitud de europeo,
como hasta entonces, a mundial. ¿No había
vencido la coalición internacional, esto es, los
países más adelantados de la misma»
a Irak? ¿No quedaba así claro que nadie en
el mundo podría oponerse a la potencia colectiva
de los occidentales? Es más, el final de la guerra
hacia entrever un nuevo orden internacional liderado, en
su momento estelar, por los Estados Unidos. En suma, hay
fuegos fuera de Europa, venía a reconocerse, pero
pueden ser apagados con relativa facilidad.
1990 fue, por tanto, un largo
año para el optimismo: de noviembre de 1989 a marzo
de 1991- Sin embargo, los acontecimientos del verano del
1991 producirían un rápido enfriamiento de
las expectativas generadas. Por un lado, el retraimiento
de la Unión Soviética y la consiguiente "despresurización
política" en lo que había sido su área
de férrea influencia, hizo que las viejas tensiones
étnico-nacionales de las minorías, así
como el replanteamiento de las fronteras estuvieran a la
orden del día. A veces, como en el caso de la explosión
yugoeslava indicaba ya, de manera violenta. El fantasma
de la guerra se cernía de nuevo sobre el continente.
Por otra parte, el intento de
golpe de estado de la Unión Soviética puso
de relieve, en un primer momento, la debilidad y las graves
incertidumbres sobre las reformas soviéticas. Posteriormente,
sus implicaciones darían la razón a los que
afirmaban que el sistema soviético no podía
ser revisado en profundidad sin dejar de ser precisamente
eso, soviético. Así, la Unión Soviética
desaparecería como tal en diciembre, abandonada por
algunas repúblicas, reconvertida en Comunidad de
Estados Independientes (CEI) por algunas otras. En cualquier
caso, el proceso del desmantelamiento soviético está
lejos de concluir y, por lo que hemos visto en lo que va
de año, está repleto de trampas y riesgos
potenciales.
III Colón 500
años después: el Nuevo Mundo
Durante tres vertiginosos años,
el mundo occidental ha vivido plácidamente instalado
en la expectación, amparado por las incertidumbres
del momento. Sin embargo el tiempo se está encargando
de despejar ciertas incógnitas por sí mismo
y aunque todavía sea prematuro y arriesgado definir
el nuevo mundo que está naciendo, es ya posible hablar
de algunas de sus características.
La primera de todas, por sus
profundas implicaciones, es que no va a haber ningún
nuevo orden mundial, o arquitectura, o sistema, porque nadie
puede garantizar por sí mismo tal cosa. Los Estados
Unidos, la única superpotencia en activo fueron capaces,
es verdad, de oponerse y vencer a Irak en el Golfo, pero
también es cierto que necesitaron una justificación
política internacional a través de Naciones
Unidas y, sobre todo, pasar la gorra entre sus socios y
aliados a fin de costearse la acción militar. Es
más, Norteamérica parece sumida en una creciente
crisis de identidad producto de sus problemas internos,
el primero de ellos, el galopante déficit exterior,
pero también sus cuestiones educativas y sociales.
Como frecuentemente se le recuerda al presidente Bush en
su campana electoral, para ordenar el mundo hay que arreglar
antes la casa propia.
En cuanto a la antigua Unión
Soviética, al Este, nada indica que a medio plazo
apunte a su reconstrucción nacional y pueda jugar,
libre de su actual impotencia, un papel destacado en el
con- cierto mundial. Si todavía es importante el
peso de Rusia y del resto de las repúblicas ex-soviéticas,
no es por la proyección de influencia política
y militar que ejercen sobre los demás países,
sino por los riesgos que conllevaría una implosión
más acentuada de sus sistemas de gobierno. Si hoy
las armas nucleares rusas -o ucranianas, O kazakas- son
temidas, no se debe a que se piense en un ataque deliberado
contra el mundo occidental, sino por el espectro de la proliferación
o del uso no autorizado abierto por el creciente descontrol
político y las querellas nacionales y tribales.
En segundo lugar, y a diferencia
del viejo orden, el poder en el nuevo mundo no estará
en proporción directa al número de mísiles
y cabezas nucleares. Para entender la emergente jerarquía
de naciones no habrá que mirar a los arsenales nucleares
ni a las fuerzas convencionales, sino a la economía.
En el hemisferio Norte, como ya experimentan los americanos,
quién controla la deuda de quién será
una arma decisiva; exportaciones y una moneda estable, como
disfrutan los alemanes, también.
Cabe añadir, además,
que los países ricos pasan por una mutación
cultural que hace del recurso a la fuerza una opción
indeseable, legítima, aunque sujeta a grandes controversias
nacionales, sólo cuando los más altos intereses
de la nación están en juego. Y a veces, ni
eso. Desde una óptica circunscrita al mundo adelantado,
la desmilitarización del pensamiento es un hecho.
Nadie en su sano juicio propondría declarar la guerra
contra los Estados Unidos porque cierren sus fronteras al
calzado mediterráneo; como nadie en Londres o Dinamarca
podría pensar en una acción bélica
contra Bruselas para detener el proceso de integración
europea.
En tercer lugar, el nuevo mundo
no se promete, muy a pesar nuestro, como un paraíso
libre de conflictos. Bien al contrario. Aunque no sea hoy
por hoy pensable dirimir querellas comerciales por las armas,
sabemos tristemente que sentimientos nacionalistas pueden
radicalizarse y convertirse, a pesar de todos los llamamientos
e intentos de mediación, en sangrientas luchas. De
hecho, desde hacia 40 años, nunca Europa había
sufrido tantas guerras abiertas simultáneamente:
Serbia contra sus vecinos; Armenia y Azerbayán sobre
Nagorno-Karabaj; georgíanos contra osetios, moldavos y rusos.
..
Finalmente, el nuevo mundo promete
el avance del Sur frente al Norte, no en el terreno económico,
puesto que muchos de los países pobres de hoy serán
todavía más pobres mañana, pero sí
en el terreno demográfico y, más peligrosamente,
en el militar.
En los últimos meses
se ha concedido creciente importancia a los problemas "internos"
de Europa, esto es, el futuro de Rusia y la CEI, la estabilidad
social y económica en centroeuropa, y los nacionalismos
y la guerra en los Balcanes. Y aunque no siempre, en muchos
casos se ha forjado un consenso tanto sobre el diagnóstico
como sobre la terapia a aplicar. Permítaseme, por
tanto, que me extienda sobre los dos aspectos que desde
el Sur afectan más directamente a nuestra seguridad:
la tentación nuclear de algunos países, por
un lado; y, por otro, la inestabilidad social producto de
su demografía galopante, subdesarrollo y fundamentalismo
religioso.
En primer lugar, pues, la proliferación
nuclear. Cuando a mediados de los años 60 se negociaba
el texto del Tratado de No Proliferación Nuclear
(TNP), que un país llegara a convertirse en muna
potencia nuclear se veía como un proceso lento, técnicamente
complejo y financieramente costoso. El articulado del propio
TNP y las salvaguardas que se creaban para el control del
material fusible por parte de la Agencia Internacional de
la Energía Atómica (AIEA) podrían,
aparentemente, detectar con gran antelación la investigación
nuclear con fines militares en cualquier país signatario.
De hecho, el mundo ha logrado
vivir desde entonces con una proliferación muy limitada:
sólo los Estados Unidos, la Unión Soviética,
el Reino Unido, Francia y China adquirían paulatinamente
capacidades bélicas nucleares, mientras que la Indía
realizaba explosiones formal, aunque engañosamente,
con fines pacíficos. Después, pocos países
son sospechosos de poseer ingenios nucleares, como Israel
y Pakistán, aun cuando algunos más se han
encontrado o se encuentran en los umbrales de la carrera
nuclear, tales como Corea del Norte, Sudáfrica, Argentina,
Brasil e Irak.
Es más, en el último
año se han dado pasos importantes que parecían
alejar el espectro de la proliferación. Por un lado,
Sudáfrica se adhería al régimen del
TNP; por otro, Francia también anunciaba. su firma
del Tratado; a su vez. Argentina y Brasil conseguían
un acuerdo por el que sometían a inspecciones mutuas
sus instalaciones nucleares y rechazaban la idea de llegar
a ser potencias nucleares regionales; finalmente, la derrota
de Irak en la guerra del Golfo y la imposición de
la resolución 6B7 de las Naciones Unidas por la que
se deben destruir todas las instalaciones de investigación
y desarrollo de armas de destrucción masiva alejan
la posibilidad de que Bagdad cuente a medio plazo con una
bomba.
Paradójicamente, la tentación
de proliferar, lejos de disminuir, no ha hecho sino volverse
más patente en distintas zonas del globo. Es más,
con la desintegración de la Unión Soviética
y la debilidad endémica de la CEI, la posibilidad
de que junto a la vía lenta a lo nuclear se abra
una puerta a la adquisición rápida de conocimiento,
componentes y armas, el fantasma de una proliferación
súbita comienza a asustar. Pero vayamos por partes.
A finales de octubre de 1991,
las últimas unidades de la todavía flota soviética
en el Mediterráneo (SOVMEDRON), escasas de combustible
y recursos para su sostenimiento, se preparaban para abandonar
sus instalaciones en Libia y retirarse a sus puertos en
el mar Negro. Poco antes de su partida desde el puerto de
Tobruk, los almirantes soviéticos recibieron la inesperada
visita del líder libio, Muamar el Gaddafi. No se
trataba de una cordial visita de despedida. Aparentemente,
según informes no confirmados de los que se ha hecho
eco la prensa británica, Gaddafí intentó
comprar un submarino de la clase Yanki, armado con mísiles
estratégicos, por el que ofreció a los mandos
soviéticos mil millones de dólares. Igualmente,
realizaría otra oferta, ésta de 200 millones,
por la adquisición de un submarino nuclear de ataque.
Por lo que sabemos, y por muy
tentados que estuvieran, los oficiales de la 5º Escuadra
soviética declinaron gentilmente, los ofrecimientos
y pusieron todas sus naves rumbo a casa.
Sea exacta o no, la verdad es
que la historia merece cierta atención, y no sólo
por Libia, de quien, al fin y al cabo, se conocen sus intentos
ocultos por comprar cabezas nucleares a China desde mediados
de los 70. Es importante porque pone de relieve, por un
lado, los fuertes deseos por parte de algunos de llegar
a ser potencias nucleares y, por otro, que esa posibilidad
puede realizarse de manera súbita. Arabía Saudí,
justo tras la invasión iraquí de Kuwait, hizo
gestiones -infructuosas- ante China para dotar con cabezas
nucleares sus mísiles de largo alcance CSS-2, comprados
a Pekín con anterioridad.
La Guerra del Golfo parece tener
un papel relevante en la nueva fiebre proliferadora. Es
verdad, los ejércitos occidentales obtuvieron una
clara superioridad humana, organizativa y de material frente
a Irak, pero de ahí los países árabes
parecen haber sacado una conclusión muy distinta
a la de los occidentales. Cierto, se han dado cuenta de
que nunca podrán competir con los desarrollados en
el terreno del armamento convencional sofisticado, donde,
a pesar del sostenido esfuerzo militar de los SO, todavía
siguen a años luz de distancia. Es más, la
crisis económica que padecen vuelve imposible que
puedan gastarse las crecientes sumas que exigen unas fuerzas
convencionales modernas. Por lo tanto, si quieren evitar
una derrota humillante como la infligida a Bagdad, les es
necesario poseer unos medios que sí influyan en los
occidentales por su capacidad de disuasión. Nada
mejor para ello que las armas de destrucción masiva
y, en particular, las nucleares.
Desde el punto de vista estratégico
occidental puede parecer absurdo, puesto que ni siquiera
en lo nuclear podrían llegar a competir seriamente
en los números. Sin embargo, qué duda cabe
de que la estrategia francesa del débil al fuerte
sí tiene su sentido. Es más, tanto el presidente
Bush como el presidente Miterrand declararon públicamente
durante la operación Tormenta del Desierto que nunca
utilizarían armas nucleares contra Irak, ni siquiera
como represalía por el uso de armas de destrucción
masiva -químicas en concreto- contra la coalición
internacional. En segundo lugar, cuando se trata de armas
nucleares, el balance militar no se debe medir por el simple
equilibrio de fuerzas, sino más bien por una comparación
de debilidades. ¿A quién disuade más
una detonación nuclear en su suelo? ¿Quién
está más dispuesto psicológicamente
a vitrifícar a la población de su enemigo?
¿Qué líderes cuentan con menos constreñimientos
políticos para autorizar el uso nuclear?
El mundo avanzado es, en la
práctica, un mundo post-nuclear. Como se decía,
los arsenales nucleares existían para no ser usados.
Igualmente, la perspectiva del desarme está siempre
presente, sobre todo tras las ambiciosas propuestas del
presidente Bush en septiembre pasado. Es más, el
papel del armamento nuclear, otrora signo de potencia y
prestigio, pasa a contar cada vez menos en la reordenación
de las naciones en el nuevo orden internacional. Por contra,
gran parte del hemisferio sur, los países del Tercer
Mundo, viven todavía en un mundo pre-nuclear. Y las
ambiciones nucleares vuelven las tentaciones irresistibles.
Si el porqué de la proliferación
es discutible, sobre el cómo hay más acuerdo.
Dos son, al menos, las vías de la proliferación
súbita. En primer lugar, la aparición de nuevos
Estados nucleares, consecuencia de la desintegración
de la débil CEI. Como se sabe, cuatro ex-repúblicas
soviéticas guardan mísiles nucleares estratégicos,
mientras que al menos Otras cuatro más también
almacenan cabezas tácticas. Hasta ahora las armas
nucleares, sobre todo en Ucrania, han sido usadas como parte
importante de la negociación entre las autoridades
nacionales y las rusas, y no parece que el gobierno ucraniano
aspire a poseer capacidad nuclear estratégica en
el futuro; distinto se presenta el caso de Kazajstán,
donde sus autoridades no han denunciado la posesión
de armas nucleares y cuyas ambiciones pueden ser fuertes.
La segunda vía también
tiene que ver con la desintegración política
primero de la Unión Soviética y, después,
de la CEI: la exportación de armas nucleares a terceros
países. Desde luego, en las actuales condiciones
y sin una mayor desintegración, parece difícil
la venta de armas completas incluso tácticas. Más
plausible resulta la posibilidad de venta de componentes.
Y subcomponentes, empezando por sistemas de detonadores,
mecanismos de armado de las cargas y, en último extremo,
el material fisible. Recuérdese que no es necesario
desmontar un arma en servicio, sino que se puede utilizar
cualquiera de las más de 20 mil retiradas de los
inventarios por obsoletas pero, siguiendo una tradición
militar rusa, conservadas en depósitos a lo largo
de toda la antigua Unión Soviética.
Irak era un país signatario
del TMP y que aceptaba las inspecciones regulares de la
AIEA -que, dicho sea de paso, nunca encontraron nada sospechoso-.
Y sin embargo, Saddam Hussein se dedicaba secretamente a
perseguir por varios métodos el material necesario
para un bomba nuclear.
Para ello, utilizó tecnologías
convencionales -consideradas obsoletas por muchos- no específicas
para la producción de plutonio y cuyos componentes
mecánicos se encuentran al margen de restricciones
internacionales, tal como los utilizados en la separación
electromagnética de isótopos. Igualmente,
fue capaz de ocultar a la AIEA la producción de material
enriquecido, plutonio y lítio (cuya única
finalidad es la militar), en sus plantas nucleares sometidas
a inspecciones.
Por su parte, las nuevas tecnologías
de reprocesado y enriquecimiento del material fisible volverán
cada vez más compleja la detección de violaciones
del TNP. Por un lado, los grandes complejos de reprocesado
franceses, británicos y japoneses permiten una producción
diaría de plutonio muy superior a la actual y, en consecuencia,
acortando los plazos para la consecución de los 6
ú 8 kilos necesarios para una bomba. Por otro, los
procedimientos de separación de isótopos por
láser y centrífugas permiten reducir sustancialmente
la energía inicial del proceso y, por ende, reducir
la talla de las instalaciones, dificultando su localización
o s u designación. Así por ejemplo, la planta
de investigación nuclear en construcción a
unos 200 kilómetros al sur de Argel cuenta con una
potencia declarada de 15 megavatios aunque las fotografías
por satélite llevan a pensar que por su tamaño
el rendimiento puede ser, en realidad, el doble. Gracias
al avance tecnológico, en un futuro no muy lejano,
ese método de detección y corrección
no podrá usarse de la misma manera.
Permítaseme un pequeño
paréntesis para aclarar el ejemplo anterior, un caso
de especial preocupación para nuestro país:
Argelia. Desde el año pasado es bien conocido que
Argelia está construyendo un gran reactor nuclear
de experimentación a unos 200 Kilómetros al
sur de la capital, exactamente en Ain Oussera. Y lo está
haciendo con ayuda china. Ante la evidencia que mostraban
las fotografías tomadas por satélites de observación
y vigilancía americanos, las autoridades argelinas del momento
admitieron sus planes de conseguir un reactor con una potencia
de 15 megavatios, aunque aseguraban un uso exclusivamente
pacifico del mismo. Como hemos dicho, la potencia declarada
no coincide con lo que se observa por satélite. Es
más, el mismo hecho de que se supiera de dicha instalación
(y aparentemente de una planta de reprocesado próxima
a ella) sólo a través de la vigilancía espacial
y no por información oficial de Argel o Pekín
añade más suspicacias y dudas sobre los verdaderos
fines argelinos. Un país, por lo demás, que
si disfruta de algo es de energía abundante y barata.
No olvidemos que casi el 90% de sus ingresos por exportaciones
se consiguen con la venta de gas.
En un intento de calmar a sus
vecinos, el antiguo gobierno de Argelia anuncio que sometería
su instalación a las inspecciones de la AJEA, pero
ya sabemos, tras el caso de Irak, que las salvaguardas y
provisiones del TNP siempre impiden la proliferación
si de verdad se busca.
Parece claro que, con los actuales
controles, si un país quiere hacerse con capacidades
bélicas nucleares y está dispuesto a invertir
su dinero y esfuerzos en ello, puede hacerlo, independientemente
de ser signatario o no del TNP. En el nuevo mundo hacia
el que caminamos, la proliferación opaca será
un hecho de no adoptarse ahora las medidas oportunas. Y
un Sur nuclear significa, cuando menos, un mundo más,
complejo y cambien un Norte más vulnerable.
El segundo conjunto de problemas
"externos" al Viejo Continente afectan a la seguridad
pero son de naturaleza claramente no militar. Por un lado
está la galopante demografía del Tercer Mundo
unida a la condición de pobreza estructural de muchos
de esos países; por otro, la emergencia y propagación
de movimientos religiosos radicales que ponen en peligro
las frágiles instituciones políticas gobernantes.
Europa se encuentra así rodeada de auténticas
bolsas de inestabilidad. El hecho de que el Norte de África
esté a tan sólo l4 kilómetros de las
costas españolas no puede dejarnos indiferentes.
Efectivamente, aunque no es
clara ni unívoca, no cabe duda de que existe una
sutil relación entre población y poder. En
1950 España contaba con una población de 27'9
millones; Egipto tenía 20'3, Marruecos, 9, y Argelia,
8'8. En 1988 Egipto ya ocupaba el primer puesto, con 5Ó'3
millones de habitantes; España el segundo, con 38'9,
seguida de Argelia, 23'9, y Marruecos, 2 3'5. En el 2025,
proyecciones moderadas realizadas por las Naciones Unidas
estiman que Egipto tendrá 90'4 millones; Argelia,
50'6, Marruecos, 40, y España, 38, algo menos incluso
que hoy.
En efecto, la media del crecimiento
de la población en los países del Magreb -que
ha caído notablemente en lo últimos años-
se sitúa hoy en el nivel del 3%, mientras que en
la Comunidad es del 0'8%, bien por debajo de la tasa de
reposición. La disparidad en los nacimientos entre
el Norte rico y el Sur pobre explica que en elaño2025
la Comunidad contará con 326 millones de habitantes
(tan sólo 2 más que en la actualidad) mientras
que el Norte de África habrá doblado su potencial
humano, desde los presentes 184 millones a los: 350, sobrepasando
por primera vez al Norte.
Estas cifras dan de por sí
un cuadro muy diferente al que hoy tenemos, pero encierran
aún aspectos más inquietantes: dos. Tercios
de la población argelina de hoy tiene menos de 25
años y la pirámides de población dista
mucho de envejecer en tas próximas décadas.
Eso significa que la población que busca su primer
empleo en el Magreb va a verse incrementada en un 4% anual.
O si se prefiere, que aproximadamente un millón de
jóvenes va a intentar encontrar trabajo cada año
al final de esta década. Tal demanda exigiría,
según todos los expertos, un crecimiento económico
sostenido en torno al 10% anual, algo que está muy
lejos incluso de las previsiones más optimistas que
se barajan para la zona en los próximos años.
De hecho, es de temer que la
situación económica de estos países
no haga sino empeorar con el paso del tiempo. Una política
totalmente inadecuada de industrialización durante
los años 70 y 80, ligada a una urbanización
salvaje, han llevado a un abandono de la agricultura y a
una dependencia de las importaciones de ciertos productos
básicos. Paralelamente, la integración de
Grecia, España y Portugal en la Comunidad conllevó
una agudización de la crisis del sector exportador
por excelencia del Norte de África, la agricultura,
volviéndola aún más ineficiente. Si
a todo ello se suma la reducción de las inversiones
en la zona, así como una pésima distribución
de la riqueza (agravadas por un sostenido esfuerzo militar),
pueden comprenderse muy bien la falta de expectativas y
el descontento de grandes capas de la población.
Cuando además la distancia
entre el Norte y el Sur, lejos de estrecharse, parece agrandarse,
la presión para escapar de la pobreza buscando la
riqueza o mejores expectativas de vida allí donde
es posible se incrementa. La emigración a la Europa
rica no es algo desconocido ni nuevo. Sin embargo, él
volumen de inmigración al que se pueden llegar a
ver sometidos los europeos en los próximos años
hace que dicho fenómeno sea un problema agudo. Flujos
migratorios de millones de jóvenes del Sur al Norte,
justo cuando Europa Occidental debe encarar también
la posibilidad de cientos de miles de refugiados de las
repúblicas de la antigua Yugoslavia o la potencial
emigración de las ex-repúblicas soviéticas,
no pueden sino acabar causando serías dislocaciones
sociales, inestabilidad, falta de seguridad en suma.
Por otro lado, ese descontento
social puede acabar con la frágil legitimidad de
los actuales gobernantes en varios países del Norte
de África. El golpe de estado en Argelia es bien
sintomático de la lucha entre radicales, religiosos
y laicos, que sólo se sabe resolver temporalmente
por la fuerza. Si el fundamentalismo se enquistase en Argelia
y se expandiera por la zona, Túnez y Marruecos también
podrían ver en peligro sus sistemas políticos.
Cómo afectaría esto a Europa está abierto
a discusión, pero que tendría un impacto altamente
negativo sobre nuestro país parece claro, sobre todo
si se tienen en mente Ceuta y Melilla.
IV. España y
el nuevo mundo: la hipoteca socialista
Así pues, el mundo -y
España con él, desde luego- salió en
1989 de un sistema de estabilidad inestable para adentrarse
en un universo donde lo único estable parece ser
la inestabilidad. Asombrosamente, el gobierno socialista,
insensible al giro de la situación en el último
año, ha acelerado el proceso de recortes de nuestra
defensa, mermando seriamente las capacidades de nuestras
Fuerzas Armadas.
El pasado 21 de febrero se aprobaba
la nueva Directiva de Defensa Nacional -unas pocas páginas
que sirven de inspiración para el desarrollo posterior
de la política de defensa y militar-. Las grandes
innovaciones, tal y Cómo las ha recogido la prensa,
se reducen a la adecuación de nuestros ejércitos
a las nuevas estructuras preconizadas por la OTAN , esto
es, contar con un núcleo verdaderamente operativo,
un ejército de maniobra y una reserva fácilmente
movilizable. También se ha señalado que por
vez primera se reconoce que España puede tener intereses
más allá de sus fronteras políticas.
Lo que no se ha dicho es que
la Directiva, aparte de reflejar miméticamente la
reforma OTAN , encierra implícita una filosofía
y una visión del mundo edulcorada y benigna, muy
del gusto de Fukuyama. Es más, la Directiva parece
olvidar los aspectos específicamente españoles
de la seguridad, aún cuando frente a ciertos riesgos
-¿sería demasiado osado hacer referencia a
la seguridad de Ceuta y Melilla?- España no cuenta
formalmente con mecanismos de seguridad colectiva en los
qué apoyarse.
Ahora bien, que el gobierno
se muestre muy optimista ante los cambios internacionales
no es de extrañar. Al menos es coherente con su política
de progresivo desmantelamiento de la defensa española.
Porque, se tome el indicador que se tome, esa parece ser
la única línea coherente en materia militar
del actual gabinete.
Felipe González,
y Narcís Serra y Julián García Vargas
como sus ministros, han reducido a la mitad el esfuerzo
defensivo nacional desde que llegaron al poder hasta nuestros
días;. En 1982 España destinaba a su defensa
el T\% de PIB o, si se prefiere, el 11 '6% de los gastos
generales del Estado. En este año, 1992, España
invertirá en la defensa el 1'37% del PIB y el 5%
de sus presupuestos públicos. Estas cifras se vuelven
más dramáticas si, como se puede ver en la
Tabla I, el gasto de defensa se pone en relación
con el crecimiento del PNB español y con el desmesurado
aumento del gasto publico bajo el gobierno socialista,

Pero seguramente lo más
grave no sea ya esta dejación de la función
defensa del Estado por nuestras autoridades actuales, sino
que lo peor ha sido que los escasos recursos asignados a
defensa se han gastado muy mal, burocratizando las estructuras
militares y haciendo caer en picado la operatividad de las
unidades.
El desequilibrio interno más
claro de los sucesivos presupuestos de defensa en los últimos
años es, sin lugar a duda, el peso excesivo de las
partidas de personal respecto a las inversiones en material.
Lejos de haberse alcanzado la relación 40/60 en favor
de éstas últimas, año tras ano el personal
ha ido comiendo terreno al material. Como se aprecía en
la Tabla II, de los 758.883 millones que España gastará
en su defensa durante 1992, cerca del 55% se dedicará
a pagar a sus hombres, soldados y oficiales. Del material,
no es que vaya todo a pagar los uniformes, pero sólo
el 10% del gasto total se invertirá en armas.

Pero también está
la burocratización, el cáncer de cualquier
ejército. Y ahí también hay una realidad
contable que da buena fe de ella. Por un lado, se han disparados
los gastos de gestión y administración que
han pasado de 59,846 millones en 1982 a 143.437 en 1992,
esto es, prácticamente se han triplicado cuando el
presupuesto de defensa a duras penas llega a doblarse. De
hecho, como dice Ignacio Cosido, "podría afirmarse
que nuestro Ministerio de Defensa se gasta cada día
más en gestionar cada vez menos tropas".
Prueba también
de esa. burocratización es el crecimiento constante
del Ministerio, en tanto que afgano central, frente a los
ejércitos, las unidades de combate. Cuando el PSOE
llega al poder en 1982, el gasto del Ministerio representaba
el 13% del gasto de defensa; hoy llega al 27'5 6% del mismo.
,-Será mera casualidad que la jerga oficial llame
al Ministerio el núcleo de defensa, ocultando que
el Ministerio sólo es el órgano central porque
dirige y coordina, y que el núcleo de la defensa
sólo pueden serlo las unidades de combate? En fin,
en la Tabla III puede apreciarse la evolución de
los recursos asignados a cada servicio en los últimos
años. Las cifras hablan por sí mismas.
En cuanto a la preocupante pérdida
de operatividad, varios son los indicadores. En primer lugar,
los gastos de mantenimiento y funcionamiento, que han ido
perdiendo peso paulatinamente dentro del presupuesto de
defensa, llegando a caer 6 puntos; en los últimos
ejercicios. En segundo lugar, la constante pérdida
de capacidad adquisitiva de las Fuerzas Armadas y el consiguiente
envejecimiento general del material disponible.
Efectivamente, desde que en
1984 el presupuesto de defensa adquiriera una distribución
por programas, todas las inversiones en equipo están
comprendidas en el denominado "Programa de Modernización
de las Fuerzas Armadas". Dicho programa de tan ambicioso
nombre, paradójicamente, no sólo se ha reducido
en sus cantidades netas sino que ha ido también perdiendo
protagonismo dentro del presupuesto de defensa, pasando
del 29'8% en 1984 al mero 13'7% este año.
Reducción más
dramática cuanto que, siguiendo esa tendencia a primar
el órgano central, ha sido éste quien más
se beneficiara de dicho programa, aumentando en más
de dos veces su participación en el mismo, tal y
como puede verse en la Tabla IV,

Un Ministerio de Defensa que no gasta
ni lo suficiente ni adecuadamente en material y equipamiento
no salo está condenando a sus Fuerzas Armadas a la
obsolescencia, sino que, reduciendo la demanda, pone en
peligro la base industrial de la defensa. En 1991, el Ministerio
gastó en equipos y material un 36'4 menos que el
año anterior, lo que, teniendo en cuenta la inflación,
suponía de hecho una caída real del 42'9%;
en 1992 dicha situación lejos de mejorar, empeora.
No hay sector o empresa que no se haya visto afectado negativamente.
Así, no es de extrañar que la base industrial
de la defensa en parte se reestructure, pero en su mayor
parte desaparezca.
V. 1992 la penuría militar
Que los recortes en el presupuesto
se hayan cebado más en las partidas para el mantenimiento
y las adquisiciones ha acabado conduciendo a una auténtica
situación de penuría militar. Posiblemente nuestras
Fuerzas Armadas nunca se hayan visto nunca antes en una
situación tan difícil salvo, claro está,
en Cuba, Filipinas y Marruecos.
En los últimos cuatro
años, la Armada ha visto disminuir sus recursos en
más de un tercio, pasando de contar con 198.000 millones
de pesetas en 1989 a disponer de 131.000 en 1992. Lo que
en términos reales equivale a una pérdida
de su capacidad adquisitiva de casi un 50%. En los programas
de modernización, la Armada empleó en el trienio
1987-1989 un total de 177.000 millones, mientras que en
los años 1989-1992 pudo gastar únicamente
114.000.
En 1992, como reconocía
el Almirante en jefe del mando del apoyo logístico
de la flota en el Congreso de los Diputados, la Armada española
se verá obligada a suspender buena parte de sus ejercicios
básicos y a navegar por derrotas próximas
a la costa debido a la falta de combustible, cuyos fondos
se han reducido en un 30% para este año. Es más,
tendrá que amarrar algunas de sus unidades secundarias
por falta de dinero con que mantenerlas, puesto que la partida
para ello también se ha rebajado en un tercio.
Pero quizá lo más
grave sea que deberá retrasar la adquisición
de nuevas unidades con las que se pretendía compensar
la retirada de muchos de sus buques, ya obsoletos tras 40
años de servicio. Con la retirada de los destructores,
España se ha quedado sin buques de escolta para la
década de los 90, ya que la construcción de
las fragatas JF-100 que debían paliar estas bajas
ni siquiera están programadas. El aplazamiento de
los nuevos cazaminas imposibilita este año la obligada
sustitución de los existentes, con más de
40 años de servicio y cuyo mantenimiento se hace
cada día más costosa y complejo. Se ha suspendido,
igualmente, la obra de gran carena de los submarinos SS-60,
dejando a nuestro país posiblemente con un sólo
submarino operativo en 1992. La baja de los buques de desembarco
anfibio sigue su marcha sin que se contemple presupuestariamente
su reemplazo.
A su vez, el Ejército
del Aire deberá encajar las actuales reducciones
a su tradicional infradotación presupuestaría. Desde
1989 la capacidad adquisitiva del Ejército del Aire
se ha reducido en más de la mitad; su programa de
modernización ha pasado de los casi 54.000 millones
de 1989 a los poco más de 29.000 millones para el
corriente ejercicio, lo que en términos reales significa
una reducción mucho más fuerte dado el elevado
índice de inflación de los mercados aeronáuticos
internacionales.
A eso hay que añadir
que la Fuerza Aérea española sufrirá
una merma del 30% en su combustible, perderá en la
práctica su aviación táctica por el
retraso experimentado en el programa de modernización
de su F-5 y verá reducida su aviación de combate
al tener que dar de baja al Mirage III, del que también
se ha suspendido la modernización. La flota de caza
y ataque quedará, así, en torno a los 120
aparatos, cifra a todas luces insuficiente para los requerimientos
nacionales. Por otro lado, la ralentización de la
sustitución de los viejos Caribus por el CASA CN-235,
afecta muy negativamente al proceso de renovación
de nuestra aviación de transporte medio, justo en
un momento en el que la movilidad es un factor esencial
para los ejércitos. En fin, carente de sistemas de
alerta y control embarcados, seguirá teniendo serias
deficiencias en la cobertura y vigilancía del espacio aéreo
nacional.
De los 258.000 millones que
el Ejército de Tierra consumía en 1986, esto
es, casi el 41% del presupuesto de defensa para ese año,
se habrá pasado a contar con 276.000 millones en
este año, lo que significa una pérdida real
al quedar el aumento muy por debajo de la inflación
acumulada. Es más, el Ejército de Tierra pierde
en relación a su porcentaje del presupuesto de defensa
que queda en el 3 5'25%. Si a esa pérdida le añadimos
el hecho de que el Ejército de Tierra, sobredimensionado
como está, se ve obligado a gastar más en
personal -más de 60% de sus recursos- que en su mantenimiento
y adquisiciones, se entenderá por qué en 1992
el Ejército de Tierra recortará sustancialmente
sus maniobras de compañía, batallón
y división. Es más, para garantizar un mínimo
de actividad, tendrá que echarse nuevamente mano
de los Stocks de municiones, seriamente mermados el año
pasado.
Desgraciadamente, quienes más
se van a resentir de los recortes del gobierno serán
los reclutas, ya que no se mejorarán ni sus condiciones
de vida, ni la habitabilidad, ni se les darán las
100.000 pesetas al mes prometidas por el Ministerio.
No nos engañemos; con
un mero 1'37% del PIB, ningún país podría
hacer otra cosa. Y, en ese sentido, los militares españoles
no pueden hacer magía. Descuidar tanto la defensa es grave,
gravísimo, Pero lo peor de todo es que no se trata
de un sólo año de dejadez gubernamental; ya
lo hemos visto antes. La penuría de hoy es el resultado
de los recortes acumulados año tras año en
el último quinquenio y, de no poner urgentemente
un freno, invertir dicha tendencia va a resultar imposible.
Es más, incluso con ligeros incrementos del presupuesto
de defensa será casi imposible volver a dotar a la
Fuerzas Armadas de la operatividad que gozaban hace pocos
años.
VI. La puntilla de la mili a la carta
Pero no todo es cuestión
de dinero. Tal vez el factor que esté haciendo ahora
mismo más daño tanto a la operatividad de
nuestras unidades como a la imagen y comprensión
social de nuestros ejércitos sean el empecinamiento
gubernamental de mantener a toda costa la reclutación
obligatoria como sistema de dotar a las Fuerzas Armadas
de un nutrido contingente con el que operar.
No es éste el momento
de reproducir la polémica entre los partidarios del
sistema como está y quienes apuestan por un ejército
formado exclusivamente por voluntarios, bien recogida en
unos cuantos trabajos al alcance de todos. Simplemente apuntar
lo que me parece son las dos quiebras esenciales de la nueva
ley del servicio militar que reduce el mismo a nueve meses:
por un lado, es una ley que no ha conseguido mitigar en
lo más mínimo el descontento de los jóvenes
hacia la prestación militar forzosa. Bien al contrario,
la consideración de que la "mili", por
muy a la carta y corta que se quiera presentar, sigue siendo
excesiva para las expectativas juveniles, no ha redundado
más que en el aumento de la objeción de conciencia.
Por su parte, siendo el servicio social sustitutorio también
valorado como excesivo, el resultado indeseado no ha sido
otro que el crecimiento desmesurado de la insumisión.
El rechazo generalizado de la
mili ya bastaba para obligar a una reflexión a toda
las fuerzas políticas del país; el aumento
de la objeción de conciencia era motivo de replanteamiento
de la antigua Ley del servicio militar; pero que en este
país haya miles de insumisos a los que a veces ni
siquiera la justicia quiere penar exige un replanteamiento
en profundidad de cómo extraer los hombres y mujeres
que necesitan nuestras Fuerzas Armadas.
Además, no se trata de
un problema electoral o de simple normalización social.
Hoy por hoy, la "mili" obligatoria, sobre todo
sí es de nueve meses, merma la capacidad operativa
de los ejércitos. Es también, por tanto, un
problema de eficacia. Así, una reducción de
una cuarta parte del tiempo de prestación del servicio
militar implica reducciones en el contingente operativo
de las clases de tropa de casi un tercio del mismo. Por
un lado, la imposibilidad de limitar los tiempos de instrucción
básica por debajo de los límites actuales
así como, por Otro, la de reducir los días
perdidos por muy diversos motivos (permisos especiales,
incorporación, licenciamiento, etc.), hace que el
recorte temporal afecte esencialmente al período
de formación específica y a la vida operativa
del soldado. Por tanto, reducir el tiempo conlleva disminuir
sustancialmente el contingente operativo de las Fuerzas
Armadas. Lo que no es más que reducir la eficacia
de la defensa en general.
Es más, las reducciones
en el tiempo de servicio no sólo afectan negativamente
al volumen de las fuerzas, sino que tienen un impacto negativo
en la eficacia individual del soldado al disponer de un
período menor de adiestramiento y de familiarización
con sus unidades. A su vez, la merma de la adecuación
e integración individual del soldado repercute negativamente
en la cohesión interna de las unidades, elemento
esencial de la eficacia militar.
En fin, si lo que queremos es
un sistema en el que la mayoría de profesionales
está dedicado a enseñar constantemente a un
contingente de reclutas que cuando comienzan a saber algo
se licencian, el actual sistema de reclutamiento es lo mejor.
Pero si lo que queremos son unas Fuerzas Armadas modernas,
eficaces, que sean capaces de proteger nuestros intereses
y ofrecernos seguridad, la mili obligatoria, por muy a la
carta que sea, no es lo más indicado
- VII. El espejismo de la seguridad
colectiva
Europa es el continente con
la mayor densidad de organizaciones de seguridad por metro
cuadrado de la Tierra, lo cual no impide que Sarajevo continúe
siendo bombardeada día sí y día no,
que las autoridades azeríes se preparen para tomar
por las armas Nagor-no-Karabáj, que Kayíkistan
movilice sus fuerzas en favor de la independencia, que los
georgía ños continúen asesinando a estos,
ni que los eslovacos caminen hacia la ruptura -confiemos
que pacífica- de la República Federal de Checoslovaquia.
.. La incertidumbre en la que los occidentales se habían
instalado plácidamente en estos tres últimos
años ha acabado degenerando en impotencia funcional:
las instituciones multinacionales cuyo man- dato era la
defensa de la paz y la estabilidad en el continente solo
se movilizan en defensa de sus competencias contra aquellas
otras organizaciones que pretenden arrebatárselas.
Que en la cumbre de Roma de la OTAN se hablara más
de la Unión Europea Occidental (ÜEO) que de
Yugoslavia no fue casual; que hoy se discuta más
sobre el llamado "euroejército" y no sobre
la paz, tampoco.
Es éste el contexto en
el que el gobierno de Felipe González refuerza tanto
su pertinaz retórica europeísta en lo defensivo
como, más sorprendentemente, su apoyo a la Alianza
Atlántica. Con esta última se prosigue en
la firma de los acuerdos de coordinación, no importa
que su sentido se pierda en la noche de la guerra fría
ni que cada día que pasa tengamos menos que coordinar;
con la defensa europea se asume la contribución en
el seno de la ÜEO y, parece, se quieren sumar unidades
al cuerpo de Ejército franco-alemán, aunque
no está nada claro qué unidades podrían
efectivamente emplearse para ello ni a qué precio.
En el estado actual de nuestras Fuerzas Armadas, y sí
no aumentan los recursos a asignar, cualquier iniciativa
exterior, aunque tan sólo fuera una brigada, conllevaría
la ruina y la canibalización del resto de las tropas.
Pero, esencialmente, el gobierno
se equivoca si cree qué puede permitirse degradar
nuestra defensa a escala nacional y confiar en la seguridad
que teóricamente otorgan los aliados a través
de sus compromisos en organizaciones defensivas. Es querer
cegarse anee los hechos. La construcción de una política
de defensa europea tiene su única justificación
hoy sobre la base de un compromiso político entre
"los doce", pero no sobre una comunidad de intereses
estratégicos. Véase el caso yugoslavo, la
mejor prueba de que la defensa europea no existe, de qué
Europa, en tanto qué unidad política, no existe.
Y no existe porqué tras una fachada común
institucional se esconden situaciones e intereses muy diversos.
Y cuando esa diversidad lleva a decisiones y políticas
divergentes -como sucedió el año pasado ante
Serbia - prima lo nacional sobre lo multinacional. El esfuerzo
por crear instituciones integradas, de carácter permanente,
es loable, pero ilusorio. Hundida la amenaza soviética,
pocos intereses estratégicos movilizan al conjunto
de los europeos simultáneamente. La cuestión
es saber si aquello que nosotros, en tanto que país
soberano, reconocemos como nuestros riesgos -eso que se
dice escenarios estratégicos- pueden convertirse
en globales y si, en ése caso, podemos contar con
la ayuda de los demás, o si vamos a Vernos relativamente
solos cuando se materialicen.
La falta de esa perspectiva
común es la clave para entender la parálisis
de la OTAN , cuya nueva personalidad se debate entre la
Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en
Europa (CSCE) y la nada.
El problema no es que vivamos
libres de riesgos y amenazas, desgraciadamente. El problema
es qué ni las instituciones ni las políticas
y estrategias sobre las qué sé han basado
aquellas pueden funcionar para eliminar -o reducir- las
inestabilidades de hoy.
Si la OTAN función ó
durante cuatro décadas fue porqué su política
de contención y disuasión se correspondía
felizmente con las necesidades del momento: garantizar a
los planificadores del Kremlin que si ponían en marcha
sus planes agresivos y expansionistas, sólo conseguirían
su propia destrucción. Y la OTAN contara con la racionalidad
implícita del juicio de los soviéticos. En
1992, la disuasión se ve enfrentada no a fríos
planifícadores, calculando los costes y beneficios
de sus potenciales ataques, sino a fuerzas emotivas y muchas
veces irracionales. Es más, la OTAN no está
siendo agredida, sino que se ha convertido en observadora
de los conflictos entre terceros, en los que ninguno quiere
involucrar directamente a ninguna de las grandes potencias
occidentales.
¿Cuales son los peligros
para nuestra seguridad ahora mismo? En primer lugar, la
descomposición de la Unión Soviética,
de la CEI y de Rusia ; en segundo lugar, los hipernacionalismos;
finalmente, la proliferación de sistemas de destrucción
masiva en la perifería de Europa, particularmente en Oriente
Medio y el Norte de África. Ante ninguno de ellos
es válida la disuasión, piedra angular de
la política y el pensamiento estratégico aliado.
Por un lado, la descomposición
de la ex-Unión Soviética y la segregación
hipernacionalista son fenómenos inspirados por fuerzas
y sentimientos que por su propia naturaleza no son disuadibles.
La capacidad militar de la OTAN de nada vale para disuadir
a armenios y azeríes de que sigan matándose
mutuamente, como de nada ha valido frente a serbios y croatas.
Sencillamente porque ése es un papel imposible de
la disuasión, porque no puede haber disuasión
sin implicación directa de quien conduce la amenaza
de represalias, de quien tiene que disuadir. Y por fortuna,
eso seguirá siendo así mientras las luchas
sean periféricas y no afecten los intereses vitales
de las principales potencias europeas. Potencias contra
las que ninguno de estos estallidos o conflictos están
dirigidos y cuya seguridad, por tanto, se ve sacudida por
derivación y de manera indirecta.
Del mismo modo, difícilmente
puede detenerse la proliferación en la ex-Unión
Soviética, o la venta de material a terceros, o impedir
que comandantes de campo se sientan tentados de vitrificar
a sus vecinos incómodos, esgrimiente la amenaza occidental
de volar Moscú, Crimea, o cualquier otro punto de
la CEI, la amenaza última de la disuasión
ortodoxa empleada durante estos años pasados contra
el Kremlin. Cuando no son carros de combate los que marchan
contra las ciudades occidentales sino miles de familias
que buscan refugio de las luchas abiertas en sus países,
cuando no son las divisiones del Pacto de Varsovia el peligro
sino la ruptura interna de los países, la contención
y la disuasión, el mismo factor militar, resultan
desplazados en el mantenimiento de la estabilidad.
En segundo lugar -y esto es
esencial para comprender los requerimientos de nuestra seguridad
nacional- la disuasión puede muy bien no funcionar
frente a líderes amenazantes desde el Sur. Durante
cuatro décadas el mundo occidental ha vivido en la
ilusión de que con la fuerza de la disuasión
sobre la Unión Soviética se disuadía
igualmente al resto del mundo. Hoy, tras la experiencia
del Golfo, sabemos que no siempre es así, que hay
culturas estratégicas que priman otros factores distintos
del cálculo de fuerzas militares en presencia, de
la valoración de costes y beneficios.
Saddam Hussein no se sintió
disuadido porque la coalición internacional no supo
encontrar con qué disuadirle: ¿aniquilando
a sus subditos? Ya se encarga él muy bien de hacerlo.
¿Echándole de Kuwait? Sigue todavía
al frente de Irak. Posiblemente lo único inaceptable
para él hubiera sido la desaparición de su
base de poder, su país; o su vida. Pero ni siquiera
eso puede darse por seguro. No lo olvidemos: la concepción
de la violencia, de la vida, de la muerte, del sacrificio,
en otras partes del mundo es muy diferente a la que nos
inspira nuestro judeo-cristianismo, y, en consecuencia,
las cosas que nosotros valoramos más -la vida misma-
no tienen por qué ser, en determinadas circunstancias,
el valor supremo que rige las acciones de todos los hombres.
En fin, que la disuasión
puede fallar es algo para lo que, mal que bien, todos los
dirigentes se preparan psicológicamente. Que no se
siga su lógica es ya otro problema, particularmente
grave cuando se trata de países en el umbral de lo
nuclear. Saddam no disponía de armas atómicas;
de haberlas poseído no es difícil imaginar
una respuesta mundial distinta a la que se dio a su agresión.
¿ Por qué? Porque
dada su estructura de poder, la militarización de
su política, su peculiar "cultura estratégica",
nada hace pensar que el disponer del botón nuclear
le volviera más moderado en sus actitudes, tal y
como les sucedió a los Estados Unidos y a la Unión
Soviética en su coexistencia nuclear. Ya lo señalamos
antes, hoy se cuenta con serios indicios de que países
como Corea del Norte, Irán, Libia y Argelia pretenden
convertirse en potencias nucleares más temprano que
tarde. De lo que no hay indicios es de que los líderes
de estos países vayan a estar más cerca de
la moderación mostrada por los grandes que del radicalismo
de Bagdad. Por el contrario, todos ellos disponen de elementos
internos que los vuelven inestables y, sobre todo, descontentos
con su actual situación, nacional e internacional.
Una bomba atómica en sus manos podría serles
de una altísima utilidad política.
Puede argüirse que la proliferación
no es un problema tan grave, puesto que el mundo occidental
ha vivido con una Unión Soviética nuclear,
así como con China, también potencia atómica.
Y que puesto que no es posible congelar el número
de naciones del club nuclear, al menos el arsenal nuclear
occidental podría servir como garante disuasivo frente
a estos países. Sin embargo, no es un razonamiento
fácilmente aceptable.
En primer lugar asume que todos
van a compartir la lógica disuasiva y olvida que
estos países, a diferencia de la Unión Soviética,
amenaza evidente y global, supondrían una amenaza
claramente contra sus vecinos, pero desigual frente a alianzas
o agrupaciones mayores. ¿Temería Noruega de
igual forma que Italia una Libia con armas nucleares?
Por otra parte, ¿se podría
confiar en que las actuales potencias nucleares occidentales
extenderían su disuasión sobre el territorio
de terceros países frente a chantajes limitados?
No puede olvidarse que la tranquilidad de los europeos en
lo concerniente al compromiso americano con la defensa del
continente tuvo que pasar durante cuarenta años por
el despliegue en pleno arco de crisis de un notable contingente
de soldados y de sistemas de armas nucleares que garantizan
la escalada casi automáticamente. Y que aun así
la cuestión de si el presidente norteamericano se
arriesgaría a perder Nueva York por defender Bonn,
valga el caso, permaneció como una duda razonable
en este lado del Atlántico. ¿Arriesgarían
Londres o París decenas de miles de sus ciudadanos
por asegurar Lampedusa o Torrelodones?
La disuasión se ha caracterizado
por su alto grado de racionalidad, siendo uno de sus requisitos
que los actores entendieran bien las reglas y los componentes
de dicho juego. Si atendemos no tanto al cómo de
la proliferación en el Norte de África o en
el Medio Oriente sino al por que, nada hace suponer que
Trípoli, Argel o Teherán conciben la lógica
nuclear tal y como se piensa en el mundo occidental.
Es verdad que el mundo puede
vivir con varias culturas estratégicas, lo que no
está tan claro es que el mundo pueda vivir con varias
culturas nucleares divergentes al mismo tiempo. Particular-
mente en un momento en el que el mundo occidental en general
entra en una fase de post-nuclearidad, en la que el recurso
al arma atómica se juzga claramente desproporcionado
y condenable. Precisamente por estas vacilaciones nucleares,
las armas atómicas resultan muy atractivas para los
países pre-nucleares, puesto que cotí ellas
pueden ejercer una fuerte disuasión sobre los disuadibles,
los occidentales, quienes por su parte, cada día
tienen menos valor para ejercer sus capacidades disuasivas.
Así, si las armas de
destrucción masiva, en particular las nucleares,
son las que más aterrorizan a los países ricos
del hemisferio norte, al mismo tiempo que son las que menos
dispuestos están a utilizar, la posesión por
una potencia revolucionaría de unos pocos sistemas bastaría
para conferirle un gran poder, independientemente del tamaño
del arsenal nuclear al que se enfrentara. El balance de
fuerzas se ha trocado sutilmente en un balance de debilidades,
siendo el psicológicamente más débil
(no necesariamente el que menos carros de combate, aviones
y buques posea) el abocado a la derrota.
- VIII. Conclusión:
un viejo nuevo mundo
En 1975 firmaban todos los miembros
de la CSCE en Helsinki lo que parecía la cumbre de
la distensión pero qué no fue, en realidad,
más que el anuncio del final de la misma. A partir
de ese momento las relaciones entre los dos grandes degeneraron
hasta llegar a convertirse, tras la invasión soviética
de Afganistán, en la segunda guerra fría.
En 1990, los países de la CSCE, aprovechándose
del nuevo clima de entendimiento, firmaban la Carta de París
para una Nueva Europa en la que desterraban el uso de la
fuerza para resolver sus disputas. Desde entonces, nunca
antes habíamos sido testigos de tantas luchas en
el continente. La paz parece haber sido desterrada de Europa.
Siendo exactos, de parte de Europa. En realidad, se muere
en Yugoslavia y en muchos otros sitios, pero nosotros -y
al igual que españoles, franceses, británicos
y tantos otros- podemos seguir disfrutando de la paz, de
la estabilidad relativa y a lo mejor, quién sabe,
hasta de la integración europea. Y ésta es
la segunda gran lección a sacar: la paz, en Europa,
es hoy perfectamente divisible. Su mantenimiento es desigual
según los intereses en juego y la proximidad a los
conflictos abiertos.
De ahí una tercera gran
enseñanza. Lo que hoy nos permite mantenernos al
margen a nosotros, puede muy bien hacer que nuestros aliados
permanezcan al margen de nuestra seguridad si ésta
se ve bajo ataques considerados específicos o que
no pongan en juego el equilibrio global, por precario que
éste sea.
La historia siempre avanza hacia
adelante, aunque el mundo, a veces, no. En un momento donde
la civilización y la barbarie son igualmente posibles,
la mejor defensa comienza por uno mismo, porque sólo
siendo razonablemente fuertes podremos cooperar y ayudar
a los demás. Pero si el gobierno continúa
empeñado en desmantelar la defensa de nuestro país,
posiblemente conserve unos miles de votos, pero lo hará
sobre el riesgo de los demás.
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