POLITICA EXTERIOR ESPAÑOLA
ENSAYO Nº10
CONTINUIDAD
Y CAMBIO EN LA POLITICA EXTERIOR ESPAÑOLA
Javier Ruperez
El Autor
JAVIER RUPÉREZ nació en Madrid
en 1941. Se licenció en Derecho en la Universidad
de Madrid en 1963 y en Periodismo en la Escuela Oficial
de Periodismo en 1973. En 1965 ingresó en la Escuela
Diplomática. Entre sus destinos como diplomático
destacan su participación en la negociación
y la redacción del Acta Final de Helsinki como
miembro de la Delegación Española ante la
Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa,
entre 1972 y 1975; el de Director General del Gabinete
del Ministro de Asuntos Exteriores entre 1976 y 1977;
y los de Embajador Jefe de la Delegación Española
ante la Sesión de Madrid de la CSCE de 1980 a 1982
y Embajador de España ante la OTAN de 1982 a 1983.
Su carrera política se inicia en las Juventudes
Demócrata Cristianas en los tiempos universitarios.
Fue Secretario General de Relaciones Internacionales de
la Unión de Centro Democrático de 1977 a
1982. De 1983 a 1987 fue Vicepresidente del Partido Demócrata
Popular, y de 1987 a 1989 Presidente de la democracia
Cristiana en España. De 1989 a 1990 es Vicepresidente
del Partido Popular, y desde entonces es miembro del Comité
Ejecutivo de este partido. Ha sido diputado por Cuenca
de 1979 a 1982 y senador por Castilla-La Mancha de 1983
a 1986; diputado de nuevo por Cuenca de 1986 a 1989, por
Madrid en 1989 y por Ciudad Real en 1993. En las elecciones
generales de Marzo de 1996 ha sido reelegido diputado
por Ciudad Real. Como parlamentario, ha sido Portavoz
del Partido Popular en la Comisión de Defensa y
en la Comisión de Asuntos Exteriores. Es autor
de varios libros de ensayo y ficción, y ha participado
en diversas obras colectivas. La última de ellas
lleva por título España, Europa, Iberoamérica:
un futuro compartido.
Continuidad y cambio
en la política exterior española
Se ha convertido en axioma el carácter
permanente y relativamente mostrenco de la política
exterior y de seguridad en el elenco de la política
general de un país dado, frente al carácter
cambiante y circunstancial de otras propuestas sectoriales
en el amplio terreno de la actividad estatal. Quedaría
con ello al resguardo de los vaivenes electorales y de
sus correspondientes alternativas el núcleo que
casi por naturaleza suele identificarse mas fácilmente
con la idea que una comunidad suele hacerse de sí
misma: la manera en que uno quiere ser visto y es visto
desde el exterior, la mejor forma de asegurar la defensa
de unos intereses que, al menos de forma ideal, trascienden
los coyunturales de una propuesta ideológica o
partidista para incluirse en un devenir histórico
que se querría uniforme, coherente, consistente
y sin sobresaltos.
De esta manera el axioma de la permanencia
y de la previsibilidad de la política exterior
no sólo encierra una constatación -la de
que los sistemas políticos basadas en la democracia
suelen alcanzar importantes grados de consenso para definir
una línea nacional e indubitable de comportamiento
en ese terreno- sino también un "desiderátum"
casi convertido en mandato: que en la medida de lo posible
ello sea asi, que los cambios gubernamentales no afecten
en lo sustancial a la conducta exterior del país,
que propios y extraños puedan contar con la garantía
que otorga el saber que compromisos, responsabilidades,
asociaciones o alianzas seguirán siendo en lo fundamental
los mismos. Va en ello, todo el mundo así lo entiende,
el valor de la seriedad o de la respetabilidad internacional
con las que están tejidas las entrañas de
los protagonistas más respetados, sea cual sea
su tamaño o su fuerza, en la vida internacional.
Va en ello, conviene recordarlo, el que los
representantes legítimos de la ciudadanía
sepan ir definiendo, en el entramado de los tiempos y
de las cambiantes necesidades, el marco de los intereses
al que conviene primordial y preferentemente atender de
acuerdo con el conjunto de los principios en los que una
determinada sociedad ha decidido vivir e inspirar sus
actos. Eso es lo que uno llamaría, si el término
no se hubiera tornado en horrendo y algo dudoso, por el
abusivo uso que del mismo se ha hecho, una política
exterior de Estado.
Y es precisamente por esa política
exterior casi sacralizada por la que de manera insistente
se pregunta a los partidos que, en liza electoral, tienen
buenas razones para creer y para esperar que la confianza
de los ciudadanos les permitirá pronto acceder
a las responsabilidades gubernamentales.
No siendo esta mía una reflexión
en abstracto y siendo mis palabras las de alguien que
habla en nombre del Partido Popular respondiendo a una
convocatoria que tiene como razón y pretexto la
de las elecciones del próximo 3 de marzo, quiero
adelantarles algo que muchos ya saben, otros intuyen y
bastantes desean ver de nuevo confirmado: la gestión
que el Partido Popular hará de la política
exterior y de seguridad de España, en el caso de
que cuente con mayoría suficiente para gobernar,
estará basada en un respeto básico y continuo
a las líneas maestras de esa política tal
como han sido seguidas por el gobierno socialista durante
los últimos trece años. Y lo haremos porque
con ello dotaremos de previsibilidad y solidez a nuestros
comportamientos exteriores y porque, además y sobre
todo, entendemos que en esas líneas maestras se
encuentran adecuadamente definidos los intereses y los
principios de la acción exterior de España.
Esa declaración preliminar, formal
e incluso un tanto litúrgica, debe ir acompañada
de algunas explicaciones adicionales. De otra manera no
saldríamos del vacío círculo vicioso
al que los axiomas conducen: éste, a diferencia
de otros, sí necesita de algunos demostraciones.
La primera: por política exterior de
Estado para España entendemos una que parte de
la concepción de nuestro país como europeo,
democrático y occidental, miembro de la Unión
Europea y de la OTAN , e individualizado por las muy especiales
relaciones que ha mantenido en el pasado y seguirá
manteniendo en el futuro con los países iberoamericanos
y con los países mediterráneos en la vecindad
magrebí. Esas coordenadas han marcado en lo básico
la conducción de la política exterior española
durante los últimos trece años y seguirán
marcando la columna vertebral de la misma cuando el Partido
Popular, si los españoles así lo expresan,
llegue al Gobierno de la nación tras las elecciones
del próximo 3 de marzo.
Una segunda demostración, esta vez
subrayado de la calidad del aserto: si el Partido Popular
manifiesta su disposición de continuidad en la
dirección de la política exterior de España
no lo hace forzado por la conveniencia de no introducir
sobresaltos en nuestras actitudes sino con el íntimo
convencimiento que procede de haber estado en el mismo
origen de la definición de esa política
exterior bastante antes de que los propios socialistas
la hicieran suya. Al asegurar la continuidad con las políticas
seguidas lo hacemos en gran parte garantizando la continuidad
con nosotros mismos, con todos aquellos que de entre nosotros,
desde la Unión de Centro Democrático
o desde Alianza Popular, ya coincidimos tempranamente
en reivindicar para España un sitio en el mundo
descrito como antes indiqué: en la democracia,
en Europa, en Occidente. No reclamo con ello ningún
derecho de prelación, preferencia o pernada, ni
quiero con ello poner de relieve el dolimiento de alguna
prenda. Más bien al contrario: cuando los socialistas
entraron por los cauces de esa política y explícitamente
y no sin entusiasmo aceptaron su validez y razón,
fue posible encontrar el perfil de esa política
exterior de Estado que en ninguna otra latitud propia
hubiera podido ser consensuada. Ello nos permite a su
vez varias cosas: proclamar la continuidad; demostrar
la calidad de su compromiso, si necesario fuera, con el
poderoso argumento de que ni queremos ni podemos negarnos
a nosotros mismos; y contar con la fuerza moral suficiente
como para seguir convocando a las fuerzas políticas
que dentro de poco puedan transitar desde el poder a la
oposición en el seguimiento necesario de esa política
exterior de Estado ya bien definida en sus contornos básicos.
Porque si hoy se nos pide y pregunta a un
Partido Popular pronto en el Gobierno por la continuidad
en la acción exterior del Estado, hoy también
se puede y se debe pedir a un Partido Socialista previsiblemente
pronto en la oposición que desde allí haga
lo propio. No vaya a ser que la tan traída y llevada
política exterior de Estado sea un embudo entendido
a la vieja usanza; lo mío es mío y lo tuyo
negociable, que decían los practicones soviéticos.
Con la llegada al Gobierno del Partido Popular y la salida
del Partido Socialista del mismo se cierra todo un ciclo
de la vida política española. Quizá,
seguramente, el mismo ciclo de la transición. Sería
del todo deseable que coincidiendo con el punto final
del ciclo sus protagonistas centrales, allí donde
les sitúe la alternancía política, firmen
sin reservas ese gran pacto por la continuidad de una
política exterior de Estado para España
que las circunstancias y nuestras necesidades exigen.
Y cuyos elementos esenciales, repito, son harto fáciles
de recordar: la democracia, la Unión Europea, la
OTAN , Iberoamérica, el Mediterráneo.
Ha sido precisamente en aras de ese consenso
nacional como se encuentra la razón por la que,
en grados diversos de convencimiento pero nunca con fisuras
significativas, el Partido Popular ha venido prestando
su apoyo implícito o explícito a los hitos
determinantes de la política exterior española
en los últimos años: la adhesión
a la Comunidad Económica Europea, la firma de los
acuerdos militares de coordinación con la Alianza
Atlántica, la participación española
en los procesos de pacificación en Centroamerica,
la presencia de contingentes militares españoles
en la guerra del Golfo y en Bosnia -Herzegovina, reductó
de los contingentes militares estadounidenses en territorio
español, el desarrollo de la Comunidad Iberoamericana
de Naciones, las recientes iniciativas de la Presidencia
española de la Unión Europea sobre el Mediterráneo,
los procesos iberoamericanos de integración, la
Carta trasatlántica, etc. La existencia de desacuerdos
o críticas de distinto calado --la más significativa
de las cuales puede ser la diferencia de enfoque en las
relaciones entre España y la Cuba casuista- no
puede alterar esa constatación básica: en
un altísimo porcentaje la política exterior
española ha gozado en los últimos años
de las ventajas que otorga poder contar en el Parlamento
con el apoyo más o menos entusiasta pero nunca
desfalleciente de la principal fuerza de la oposición.
Argumento adicional, si cabe, para predecir y asegurar
una continuidad básica en la política exterior
y de seguridad española tal como es hoy conocida
en el caso, a lo que parece harto probable, de que las
elecciones del 3 de marzo otorguen al Partido Popular
la mayoría suficiente para gobernar.
Claro que, llegados á este punto, surge
una serie de preguntas inevitables y casi necesarias.
¿Cabe presumir entonces que la acción exterior
del Partido Popular será una copía conforme hasta
en sus más mínimos detalles de la que durante
trece años ha venido practicando el Partido Socialista
Obrero Español? ¿Estamos hablando de continuidad
en los aspectos definitorios de la política exterior
o simplemente de un inerte continuismo?
¿No tiene el Partido Popular nada que
añadir, modificar, criticar o enmendar de esa política
exterior? ¿Es esa reconducción tácita
la manera en que debe entenderle el llamado consenso sobre
la política de Estado?
Del mismo tenor en que están formuladas
las preguntas se puede colegir el sentido de las respuestas:
continuidad no es continuismo mecánico y, por supuesto,
existen matices y acentos sin cuya referencia, por somera
que resulte, no sería posible comprender algunos
de los vectores fundamentales de comportamiento y gestión
que el Partido Popular introduce en la visión global
de una política exterior y de seguridad para España.
Querría enumerar los que me parecen más
fundamentales.
El primer lugar, y de manera natural, corresponde
a nuestra presencia en el seno de la Unión Europea.
Se equivoca gravemente, debo decirlo de antemano, quien
presuma tibieza en nuestro compromiso con el futuro de
la Europa unida, en el convencimiento con que el Partido
Popular acepta las razones primeras y ultimas de todo
el proceso integracionista o en la voluntad de culminar
con bien los retos inmediatos: la Unión Económica
y monetaria, la Política Exterior y de Seguridad
Común, la ampliación hacia el Este o el
pilar europeo de la defensa. Pero también se equivoca
quien espere la continuación de lo que yo llamaría
la "política de las pertenencias", versión
distorsionada del sano multilateralismo y según
la cual el mérito se consigue obteniendo la entrada
en el club del que luego, y sin más interrogantes,
se sigue acompasadamente los sístoles y diástoles
del conjunto o de sus elementos más dinámicos.
Manifestaciones precisas de ese suave mecimiento han sido,
por ejemplo la indudable tendencia de situar en Bruselas
a un Leviatán lejano y ajeno del que emanaban directrices
de obligado y silencioso cumplimiento. Y la subsiguiente
tendencia a la dejadez en la hora ardua y empinada de
la defensa de los intereses concretos y cuantificables
de gentes que, por estos pagos nuestros, suelen vivir
de sus producciones lácteas, o vitivinícolas,
u hortofrutícolas, u oleícolas, o pesqueras.
La mejor manera de construir Europa no es la de convocar
concursos para conocer el que mejor canta sus méritos
sino la de hacer compatible -y ello es precisamente lo
que quisieron los padres fundadores-- el interés
común con el nacional especifico, la gran política
integracionista con la pequeña de los anhelos cotidianos,
la noción de que todos sus integrantes son sujetos
activos de una historia común. No siempre se han
tenido en cuenta esas reglas elementales y básicas,
con resultados contraproducentes: instalada en la lejanía
y en la insensibilidad, Europa se ha presentado a veces
más como un elemento de contraposición que
de ayuda. Y esta constatación, que se realiza desde
una perspectiva poco o nada nacionalista necesita una
doble corrección; más Europa y más
España. Que es tanto como imponerse una nueva y
sobría visión de uno mismo.
No cabe identificar el interés de España
primordial o exclusivamente en que la Unión Europea
se ocupe de los temas mediterráneos, iberoamericanos
o trasatlánticos si previamente, o simultáneamente,
no se ha sabido luchar con éxito para evitar el
arranque indiscriminado de nuestras viñas. O, en
la misma sintonía, no se ha podido conseguir la
solidaridad de los socios para responder con energía
y convicción a los ataques del acreditado corsario
canadiense Brian Tobin. Claro que las fotos mediterráneas
o iberoamericanas o trasatlánticas son más
lucidas que las de los recintos anónimos en donde
se había de peces, uvas y melocotones. Gran parte
de nuestros retos europeos, que tanto tienen que ver con
nuestras propias capacidades o incapacidades, radica sin
embargo en que comprendemos la urgencia de alterar esas
falsas prelaciones. Que tiempo luego habrá para
los fastos. Y para las fotos.
El segundo lugar en esta enumeración
crítica corresponde, también de manera natural,
a nuestro carácter de miembro de la Organización
del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. La tortuosa
peripecia que habría de llevar a los socialistas
españoles desde la firma en 1978 del acuerdo con
el Partido Comunista de la URSS en contra de la "ampliación
de las alianzas" -es decir, en contra de la entrada
de España en la OTAN -- hasta el "OTAN en
el interés de España", de 1986, el
año del infausto Referéndum, pasando por
el "OTAN de entrada no" del comienzo de aquella
década, no podría por menos que dejar sus
secuelas en el sistema --en el mal sistema-- de integración
española en la OTAN. Para obtener en el Referéndum
el voto favorable a la OTAN de una población previamente
aleccionada por los propios socialistas sobre los horrores
que la Organización Atlántica encerraba,
aseguraron que obtendrían de ella beneficios políticos
sin contrapartidas de responsabilidad militar". Una
misma dinámica de nuestra participación
en Alianza, y la paralela aunque tardía adquisición
de los conocimientos y madureces elementales por parte
de los responsables gubernamentales del PSOE, vaciaron
de contenido aquellas promesas condicionales para desembocar
en la situación que hoy conocemos: España
está presente en todos los tramos de lo que en
la OTAN se conoce como "integración militar"
con la excepción del final, allí donde se
produce la integración de los mandos. En verdad,
ese resultado es tan paradójico como contrario
a las voluntades de los que inicialmente imaginaron el
modelo. Integrados militarmente en un 95 por ciento del
total -si se trata de otorgar fuerza gráfica y
cuantitativa a la descripción- aportamos fuerzas,
material, territorio y despliegues al tiempo que rechazamos
la responsabilidad del mando. Arropados en el patriotismo
de pacotilla que en $ü momento le hizo negar a Felipe
González la posibilidad de que "un almirante
británico mandara a un español", hemos
renunciado a la contraría y más plausible: que
un almirante español tuviera bajo su mando a un
almirante británico.
Los cambiantes tiempos históricos vividos
desde la desaparición de la Unión Soviética
y del Pacto de Varsovia han forzado importantes alteraciones
conceptuales y organizativas en el interior de la OTAN.
Algunas de ellas han afectado y seguramente seguirán
afectando a la estructura de los mandos militares integrados.
Otras contienen expectativas de futuro, bien por lo que
se refiere a la integración en la Alianza de algunos
países que en su momento formaron parte del Pacto
de Varsovia, bien por la predisposición francesa
para retornar, en grado todavía desconocido, al
esquema de la integración militar aliada. En cualquiera
de ésas variables el defectuoso "modelo español",
en su momento presentado como ejemplo de argucía y engaño,
hoy sé encuentra en manifiesta desventaja: de poca
autoridad moral cuenta para opinar sobre el futuro de
una integración en cuyo pasado no quiso participar;
no podrá resistir la comparación con las
voluntades claramente integracionistas de los eventuales
nuevos miembros, ya interesados en hacer saber que ellos
quieren estar "a las duras y a las maduras";
y tampoco podrá, como en el pasado, alegar el "modelo
francés" en su defensa cuando tal modelo,
en lo que tenía de excepción a la regla,
muestra ahora cierta tendencia a confundirse con esta
última, España puede quedar convertida en
un aliado de segunda categoría.
No quiero con ello implicar ningún
deseo de apresuramiento en la solución del dilema.
No hay urgencia ni necesidad presente de alterar el sistema
español de integración. En tramité
de realización el "estudio a largo plazo"
en curso actualmente en el seno de la Alianza para definir
su morfología futura, tiempo tenemos para encontrar
los acomodos convenientes a nuestras necesidades y que,
en su momento, ciertamente, necesitarán del consenso
de las fuerzas mayoritarias en el gobierno y en la oposición.
Como en el pasado. Consenso que, aprendiendo de las experiencias
preterirás, debería contar con estos elementos:
el carácter de centralidad que la OTAN debe ocupar
en nuestra política de seguridad; la necesidad
de seguir imaginando a la Alianza como una organización
político-militar, dotada de una estructura defensiva
eficaz y operativa; y la conveniencia de que España
asuma plenamente, en la medida de sus posibilidades, los
derechos y obligaciones que le corresponden en esa estructura
como miembro pleno de la Alianza. Cabría añadir
al respecto, para despejar las dudas que todavía
pudieran existir, que la OTAN debe encarnar y potenciar
los lazos de cooperación y entendimiento entre
Europa y los Estados Unidos, sin aquellos antiamericanismos
viscerales en los que tan gustosamente coincidieron es
este país las izquierdas y las derechas. Debe ser
también la OTAN quien albergue la consolidación
coordinada del todavía largamente ansiado pilar
europeo de la defensa.
Un tercer apunte diferenciador cabe en el
terreno de nuestras relaciones con los países iberoamericanos,
tanto por lo que afecta a su misma concepción como
por lo que hace referencia al método o instrumentos
del mantenimiento de las mismas.
Dice nuestro programa, y lo cito aquí
literalmente, que "España debe hacer de su
política exterior cara a Iberoamérica una
decidida apuesta al servicio de la democracia, incluyendo
en esa apuesta la realización de todos los esfuerzos
posibles, uni-laterales, bilaterales y multilaterales,
para dotar a esa democracia de los imprescindibles elementos
de estabilidad social y económica". No hace
falta añadir que nuestro enfoque de las relaciones
con la Cuba castrista, a las que el programa del Partido
Popular dedica un buen número de líneas,
esta directamente inspirado de esa filosofa. Sé
que esas inflexiones han sido recibidas con temor y aprensión
por parte del oficialismo castrista. También con
esperanza y seguridad en el contexto de todos aquellos,
cubanos o no, en la isla o en el exilio, que anhelan el
pronto y pacífico tránsito hacia la democracia
en Cuba. Básteme decir al respecto que, siendo
ese nuestro deseo, orientaremos la política exterior
hacia La Habana tanto en el marco de la normalidad de
las relaciones diplomáticas como en el del necesario
proceso de apertura política y económica.
Siempre he creído qué los autócratas
no lo son menos por el hecho de hablar español.
Siempre he pensado que los intereses de España
nunca se encontraron del lado de Torrijos, Ortega o Castro.
Claro que la misma evolución de los acontecimientos
hace hoy posible que, con todos los matices que al caso
hacen, la política exterior española pueda
también encontrar aquí cauces más
amplios de consenso que en tiempos pasados.
Terreno este de Iberoamérica en el
que, también como ejemplo para otros, incluyendo
el mismo europeo, conviene que la política exterior
española recupere la práctica de una sana
bilateralidad. Es instrumento excelente la Comunidad Iberoamericana
de Naciones, a cuyo desarrollo, asentamiento, operatividad
y eventual institucionalización dedicaremos los
mejores esfuerzos. Pero esa tarea no puede suplir por
completo la proximidad con cada una de las Repúblicas
iberoamericanas en su individualidad y necesidades concretas.
Es índice significativo en esa perspectiva, por
ejemplo, que rarísima, si alguna, haya sido la
visita bilateral de un ministro español de Asuntos
Exteriores a ninguna capital iberoamericana en el curso
de los últimos años. La política
exterior también se construye con símbolos
y gestos y ambos han sido administrados con notable tacañería
por los responsables gubernamentales españoles.
Quisiera, en cuarto lugar, y en este repaso
no exhaustivo de los elementos de continuidad y cambio
en la política exterior española, introducir
el tema de Gibraltar. Sólo en estas postrimerías
gubernamentales socialistas ha merecido atención
y cierta contundencia, tras la dejadez que caracterizó
los primeros años de la larga década y como
consecuencia de una dolorosa constatación: Gibraltar,
sus responsables locales, con la venía pasiva de la metrópoli
británica, ha llegado a constituir un grave cáncer
para la economía y para la seguridad de los españoles.
. Eso que con elegante perífrasis se denominan
"tráficos ilícitos", ignorados
por Londres, alentados y tolerados por el Peñón,
han venido a confirmar los riesgos que para nuestros propios
intereses supone la continuación de la presencia
colonial británica. "Tráficos"
estos que además, y no por coincidencia, se producen
y florecen al tiempo que se alientan fórmulas independentistas
nunca contempladas por los instrumentos legales internacionales
que definen el "status" gibraltareño,
trátese de Utrecht, las Resoluciones de las Naciones
Unidas, los términos de la pertenencia del Reino
Unido a la Unión Europea o nuestra propia Acta
de Adhesión a la misma. Tendencias estas gravemente
acentuadas en estos últimos días cuando
la Asamblea gibraltareña ha decidido rechazar definitivamente
la puesta en práctica del Acuerdo de Bruselas y
hacer lo mismo con los contactos negociadores con España
mientras el Gobierno de Madrid, dicen, no acepte el derecho
de los gibraltareños a la autodeterminación.
Es evidente que esa progresiva crispación antí-española
de las autoridades locales gibraltareñas contienen
importante elemento de provocación que, desde nuestro
lado, debe ser respondido con calma, flexibilidad y firmeza.
Nada de lo qué los gibraltareños
pudieran demandar en el respeto a sus legítimos
intereses --lengua, escuela, policía, autonomía
e incluso opción nacional-- se encuentra fuera
de nuestras posibilidades constitucionales. Hay abundantes
razones para pensar que un Gibraltar reintegrado a la
soberanía española tendría cauces
para la cooperación económica entre todos
los habitantes del Campo hoy simplemente impensables y
que, sin embargo, en el futuro habrían de facilitar
grandemente la prosperidad de todos. Mientras tanto, y
para conseguirlo, la política exterior española
debe mostrarse más activa y contundente en la exigencia
ante el Reino Unido, socio y aliado, del cumplimiento
estricto del proceso descolonizador que en su momento
marcó Naciones Unidas. Acción exterior que
debe ser acompañada de una interior dirigida específicamente
a los municipios españoles del Campo de Gibraltar
y a sus habitantes, en promoción y defensa de sus
intereses.
Debo, finalmente, sintetizar los nuevos énfasis
de la acción exterior española en dos terrenos
hasta ahora insuficientemente explorados: la promoción
cultural exterior y los campos de la actividad económica,
incluyendo los relativos a la cooperación y la
ayuda al desarrollo. Ambos deben encontrar su reflejo
y su acomodo en la acción exterior española
y en el instrumento legal que la encarne: una Ley del
Servicio Exterior que, en los términos del programa
del Partido Popular "garantizará la unidad
de la acción exterior del Estado y encomendará
su aplicación y gestión al Ministerio de
Asuntos Exteriores, que concentrará el nombramiento
y cese del personal que ejerza cuales- quiera funciones
en el exterior, así como el seguimiento de su labor".
Añade en este punto el programa: "La Ley del
Servicio Exterior constituirá un elemento objetivo
para la selección de funcionariado que esté
al servicio de la acción internacional de España,
regulará la interconexión de los cuerpos
de la Administración Civil del Estado que puedan
prestar servicio en el exterior y garantizará igualdad
en el tratamiento, razonables expectativas de promoción,
previsibilidad en el desarrollo de la vida activa del
funcionario, así como reconocimiento de méritos,
dignidad retributiva y exigencia de calidad en la función".
Naturalmente, ello deber encontrar reflejo
en la estructura orgánica del Ministerio de Asuntos
Exteriores -más simplificada y operativa, menos
barroca que la actual- en la dotación de sus medios
presupuestarios y en el tratamiento del personal a su
servicio, por tantos conceptos excelente y hoy urgentemente
necesitado de una política que le devuelva su profesionalidad,
el reconocimiento de la misma y la motivación para
seguir trabajando con calidad al servicio de los superiores
intereses de la Patría.
Acaban con ello mis palabras, recordando las
que se encuentran en el frontispicio de nuestro programa
de Gobierno para una política española exterior
y de seguridad y que, mejor que ningunas otras, resumen
mejor nuestros pensamientos e intenciones: La política
exterior y de seguridad de cualquier país debe
constituir, o aspirar a constituirse en uno de los elementos
de mejor y más permanente identificación
de la correspondiente comunidad nacional. Para ello, debe
ser capaz de seleccionar adecuadamente los condicionamientos,
posibilidades o intereses del país en cuestión
y la manera de combinarlo con las circunstancias y sus
cambiantes coyunturas. Es, por ello, una tarea que exige
análisis lúcidos realizados desde la óptica
del interés general; exclusión de visiones
particularistas y parciales; definición precisa
de los valores que la nación reconoce como propios
y que, en tal concepto, reciben consenso doméstico
para su mantenimiento interior y su proyección
exterior; flexibilidad y, por supuesto, una adecuada dotación
de medios.