POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA
INTERNACIONAL
UNA
POLÍTICA EXTERIOR DE PAZ Y SOLIDARIDAD
CARLOS CARNERO GONZÁLEZ
ENSAYO Nº 11
Secretario de Relaciones Internacionales
y Política Exterior de Izquierda Unida
El Autor
CARLOS CARNERO GONZÁLEZ nació
en Madrid el 24 de Noviembre de 1961. De profesión
Técnico Especialista Administrativo, cursó
estudios de Ciencias Empresariales en la Universidad Complutense
de Madrid. Fue Secretario de Relaciones Internacionales
de la Juventud Comunista y miembro de la Comisión
de Relaciones Internacionales del Consejo de la Juventud
de España. Formó parte de la Comisión
de Relaciones Internacionales del Partido Comunista de
España, y en la actualidad es miembro del Comité
Ejecutivo del PCE. Es Secretario de Relaciones Internacionales
y Política Exterior de Izquierda Unida y miembro
de la Presidencia Federal de esta coalición política.
Desde Junio de 1994 es Diputado del Parlamento Europeo,
donde es portavoz del Grupo Parlamentario Izquierda Unitaría
Europea en las Comisiones de Asuntos Exteriores, Seguridad
y Política de Defensa. Pertenece además
a la Subcomisión de Derechos Humanos y es miembro
de la Asamblea Paritaría ACP-UE.
La política
exterior de España
Permítanme en primer lugar agradecer
profundamente al INCIPE haberme brindado tan amablemente
la oportunidad de pronunciar hoy esta conferencia sobre
la propuesta de política exterior para España
elaborada por Izquierda Unida.
Una vez más, el INCIPE se ha puesto
a la cabeza de aquellos que consideran que es imposible
abordar un debate político serio y profundo entre
las diferentes opciones representativas que concurren
a una elecciones generales sin contemplar la confrontación
de pareceres en un terreno como el de la política
exterior.
Creo que el ciclo de conferencias que está
teniendo lugar esta semana constituye, por tanto, una
magnífica e imprescindible contribución
en ese sentido, sobre todo cuando vemos, no sin preocupación,
que una vez más la campaña electoral está
dejando de lado un debate de esas características.
Algunos piensan que puede haber temas más
importantes y, sobre todo, de mayor actualidad mediática
que discutir de cara a los comicios del 3 de marzo.
Otros opinan que la política exterior
no condiciona realmente la vida cotidiana de los ciudadanos
y que el interés de estos por ella es lo suficientemente
limitado como para hacerla irrelevante a la hora de definir
el voto.
Finalmente, algunos estiman que en los asuntos
exteriores las diferencias entre las principales fuerzas
políticas se reducen al matiz y no constituyen,
por tanto, materia suficiente para el debate.
No comparto ninguno de esos pareceres.
A estas alturas, nada es ajeno a una política
exterior que ya no tiene casi nada que ver, afortunadamente,
con la Diplomacia decimonónica, y los asuntos del
día a día se ven influenciados por ella
de manera continua. Estas parecen incluso obviedades para
un seguidor mínimamente atento a la evolución
de los acontecimientos en España y fuera de ella.
Pero me gustaría hacer especial hincapié
en rebatir la última de las afirmaciones anteriores
para afirmar que, en política exterior, existen
distintos puntos de vista entre las fuerzas políticas
españolas.
Algunos pensarán que, de ser así,
esto no es bueno para alcanzar un suficiente consenso
que permita a su vez un amplísimo respaldo partidario
y social a la acción exterior de nuestro país.
Izquierda Unida está y estará
siempre a favor de alcanzar ese consenso, de manera que
tanto los intereses nacionales como nuestra contribución
a la gestión de los asuntos internacionales cuenten
con el mayor de los apoyos posibles entre los responsables
políticos del país.
Pero estamos convencidos de que ese consenso
debe edificarse desde la pluralidad, tan sana, yo diría
tan imprescindible, para enriquecer el proceso de búsqueda
de soluciones y de elaboración de propuestas.
Conviene que la ciudadanía tenga la
oportunidad de manifestar sus preferencias programáticas
en las urnas también en cuanto a los asuntos de
política exterior, sobre la base de poder elegir
entre una diversidad de opciones.
Porque, además, cuando se llega al
punto de tener que formar un frente común entre
todos para defender lo que, desde la más estricta
racionalidad, consideramos un tema que va más allá
de las legítimas diferencias políticas entre
partidos, nadie ha tenido dudas de lo que había
que hacer: estar unidos.
Ejemplos hay unos cuantos en los últimos
tiempos que atestiguan lo que digo.
Ahora bien, no podemos ciertamente esconder
el hecho de que en política exterior, como en tantos
otros temas, entre el Partido Socialista Obrero Español
y el Partido Popular hay muchas más coincidencias
que las que cada uno de ellos puede tener con Izquierda
Unida en asuntos de especial trascendencia.
Se trata de subrayar las diferencias, de agrandarlas,
de hacerlas más ostensibles. No, por supuesto.
Pero tampoco de ocultarlas.
Lo que debería ser un acicate más
para afianzar una idea clave: el Gobierno de España,
sea cual sea su color, debe tratar de ejercer la política
exterior buscando el mayor acuerdo posible y haciendo,
por consiguiente, de la consulta al Parlamento y a las
fuerzas de la oposición una norma y no una excepción.
Consulta en las duras y las maduras, regular,
sistemática, sin confundir papeles, cierto, pero
sin olvidar que una democracia pluralista se fortalece
tanto en la confrontación de propuestas como en
el diálogo.
Quiero, en ese sentido, afirmar que, en mi
opinión, no es posible alcanzar un consenso básico
en política exterior excluyendo a Izquierda Unida,
por muy divergentes que parezcan nuestros puntos de vista.
Sería una mala cosa tratar de establecer
en el ámbito de la política exterior española
una suerte de pensamiento único en virtud del cual
diferencia significara marginación.
Porque marginar a Izquierda Unida significaría
no escuchar, al menos, el parecer de varios millones de
españoles y despreciar la influencia, sin duda
modesta pero no pequeña, de esta fuerza política
en la escena internacional y, particularmente, europea.
Desde esa voluntad de tomar parte en un diseño
de política exterior de España lo más
consensuado posible sobre la base de una imprescindible
y, ante todo, indiscutible pluralidad, me gustaría
pasar a exponer algunas de las principales opciones programáticas
de Izquierda Unida en este campo.
Nuestro objetivo básico es conseguir
que España juegue un nuevo papel en la escena internacional.
Un nuevo papel encaminado a contribuir, desde
nuestra propia realidad nacional, a la transformación
progresista del actual estado de cosas a nivel internacional.
Estado de cosas que, desde nuestro punto de
vista, no asegura, sino más bien al contrario,
un futuro de paz, estabilidad y desarrollo a la Humanidad.
El fin último, el eje vertebrador,
de la política exterior de España debería
ser el establecimiento de un nuevo orden internacional
democrático que invirtiera las principales tendencias
establecidas tras la "guerra fría".
Estas tendencias podríamos resumirlas
sucintamente como sigue:
- unipolarismo;
- regresión democrática en los
procesos de decisión y en las instancias internacionales;
- intervencionismo económico;
- militarización de las relaciones
internacionales;
- estallido de nuevos conflictos ínter
e intraestatales;
- falta de avance en la implementación
de los principios democráticos y el respeto de
los derechos humanos;
- profundización de la brecha entre
el Norte rico y el Sur subdesarrolla-
do.
A España le interesa objetivamente
que, frente al actual proceso de des- regulación
de las relaciones internacionales que algunos han definido
como "mundialización ", avance la idea
de gestión colectiva de los asuntos planetarios
en todos los órdenes, a través de mecanismos
adecuados a la actual configuración de la Comunidad
Internacional.
Yo quiero retomar aquí un concepto
político que me parece, en esa dirección,
de la máxima actualidad y de la mayor utilidad
y, sin embargo, tantas veces denostado desde una supuesta
visión realista y pragmática de las cosas:
el gobierno mundial.
Entendido éste, evidentemente, no como
un Consejo de Ministros planetario, sino como la organización
democrática de los procesos de toma de decisiones
en los asuntos mundiales y regionales, en la que tomen
parte los estados y los otros sujetos de la escena internacional
que los países y el devenir de los acontecimientos
han ido configurando con el paso de los años.
La política exterior de España
debería estar a la cabeza de promover, en ese marco
y para tal fin, una amplia y decidida democratización
de las relaciones internacionales.
Democratización que debería
pasar por la hegemonía de la noción de multipolaridad,
entendida ésta en el sentido de considerar que
un estado o grupo de países, por muy importante
que sea su capacidad política, económica,
comercial, militar, humana y cultural no pueden pretender
dirigir en solitario y en base únicamente a sus
intereses el destino del conjunto del
planeta.
Multipolaridad que, desde luego, va en el
sentido exactamente contrario al pretendido por la Administración
norteamericana tras la desaparición del bloque
del Este y explicitado por el Presidente George Bush al
formular su propuesta de "nuevo orden internacional".
Por convicción y por interés,
un país medio como el nuestro no puede sentirse
cómodo en un orden en el que sólo las grandes
potencias tienen algo que decir sobre el rumbo de los
acontecimientos internacionales al margen de la opinión
del resto de los países.
No sería ni útil ni inteligente
aceptar sin más que la dinámica de bloques
en vigor hasta fines de los ochenta fuera substituida
por el unipolarismo norteamericano, sobre todo, como abordaremos
después, cuando Europa está en condiciones
objetivas de jugar, desde su unidad, un papel claramente
protagonista en la escena internacional.
La multipolaridad que proponemos necesita
de dos condiciones: el reforzamiento y adecuación
del derecho internacional, y la transformación
en profundidad de las principales instancias y organizaciones
internacionales.
Desde nuestro punto de vista, ese Nuevo Orden
Internacional Democrático cuya conformación
debería ser el principal objetivo de la política
exterior de España tendría a su vez que
caracterizarse por los siguientes rasgos principales:
- alcanzar un nivel aceptable de seguridad,
no entendiendo ésta en su concepto clásico,
sino en su acepción integral; lo que podríamos
denominar seguridad humana;
- el avance de la democracia y los derechos
humanos;
- el desarme, tanto convencional como nuclear;
- la solución negociada de los conflictos;
- la Diplomacia preventiva como forma de evitarlos;
- la superación de la brecha Norte-Sur;
- la promoción de la integración
regional y la cooperación Sur-Sur;
- la preservación del medio ambiente.
España, decíamos antes, por
su peso específico y su situación política,
geoestratégica, económica y cultural, así
como por su trayectoria histórica, debe trabajar
en esa dirección.
Y para hacerlo, nuestro programa supondría
una reactivación del papel internacional de España
y un giro a la izquierda en su política exterior
respecto a la practicada por sucesivos gobiernos desde
1982.
Somos críticos, de una manera ponderada
y constructiva, a la hora de hacer balance de la política
exterior practicada por los ejecutivos presididos durante
casi catorce años por don Felipe González.
Nadie duda que se ha conseguido situar a España
plenamente en el marco de las relaciones internacionales,
como por otra parte era de esperar desde el mismo momento
en que nuestro país se convirtió en una
democracia consolidada.
Pero ha faltado el aliento suficiente como
para que jugáramos un papel activo encaminado a
transformar la situación existente, avanzando propuestas
necesarias y realistas en esa dirección, sin duda
alguna desde nuestras posibilidades.
Creemos incluso que, en algunos temas, la
defensa efectuada de los intereses nacionales no ha sido
la mejor ni la más firme de las posibles, como
demuestran ejemplos recientes en el tiempo.
Desde esa perspectiva, no podemos dejar de
hacer especial hincapié en algunos puntos que nos
parecen especialmente criticables de la gestión
exterior de aquellos Gobiernos:
- compartir a pies juntillas y en algunos
ocasiones a la cabeza de la ortodoxía el proyecto Maastricht
de construcción europea;
- haber abrazado, tras singular cambio de
opinión, el modelo de seguridad representado por
la OTAN ;
- no haber planteado mínimamente la
reforma y democratización de organismos como las
Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional o la
Organización Mundial del Comercio;
- haberse desentendido de la búsqueda
de soluciones a conflictos histórica y actualmente
vinculados de manera directa a España, como el
del Sahara Occidental, o haber fracasado en un tema tan
cercano a la opinión pública como el del
establecimiento de la democracia en Guinea Ecuatorial;
- no haber establecido, ni cuantitativa ni
cualitativamente, una política de cooperación
al desarrollo acorde con el profundo sentimiento solidario
de la sociedad española y nuestros recursos materiales.
Sería injusto olvidar en este balance aspectos
positivos e interesantes de esa política exterior,
entre los que cabría hacer referencia a la novedosa
participación de España en operaciones de
paz de la ONU en diversos países (Angola, El Salvador,
Bosnia ), las propuestas realizadas en pro de la puesta
en marcha de nuevos marcos de cooperación con el
Mediterráneo y América Latina o la celebración
en Madrid y Barcelona de las Conferencias de Paz en el
Próximo Oriente de 1991 y Euromediterránea,
respectivamente.
Un análisis de lo realizado y de la
perspectiva inmediata nos permitiría volver a subrayar
algo que indicábamos más arriba: que PSOE
y PP comparten, a diferencia de Izquierda Unida, cuestiones
esenciales de la política exterior, empezando por
su coincidencia en torno al Tratado de la Unión
Europea firmado en Maastricht y la relación transatlántica
con los Estados Unidos, pasando por el modelo de seguridad
en Europa y terminando por su no cuestionamiento del actual
marco de relaciones económicas internacionales.
Para enfocar la política exterior de
España de otra manera más activa y más
progresista, desde una concepción pragmática
no exenta de objetivos de transformación, Izquierda
Unida ha avanzado una serie de propuestas que me gustaría
exponer a continuación y que han constituido la
base un serio trabajo institucional en este ámbito,
plasmado canto en las Cortes Generales como en el Parlamento
Europeo.
Creemos firmemente que la gran prioridad de
la política exterior de España debe ser
la construcción de la unidad europea, en tanto
que proyecto compartido sin cuya correcta realización
sería imposible diseñar una solución
válida y efectiva a los grandes problemas y retos
que tiene planteados nuestro país y, menos aún,
garantizar la paz, la estabilidad y la cooperación
en el conjunto del continente.
Partiendo de nuestra sólida convicción
europeísta, estimamos que España debe estar
en primera línea a la hora de propugnar que la
Unión Europea se convierta en una verdadera unión
política, de rasgos federales.
La economía y el mercado deben ser
parte de un proyecto político europeo, no al revés,
y han de ser los gobiernos y los parlamentos, que expresan
la decisión política de los ciudadanos,
quienes dirijan ese proyecto.
Por el contrario, aceptar que la Unión
Económica y monetaria sea El Proyecto con mayúsculas
y lo político un accesorio del mismo, o asumir
sin respuesta en contrario las recientes afirmaciones
del Presidente del Bundesbank en el sentido de que gobiernos
y partidos deben supeditar sus decisiones a las tomas
de postura de los mercados, significaría, lisa
y llanamente, una regresión democrática
en toda regla.
Y para ello consideramos necesario que nuestro
país promueva una profunda revisión del
Tratado de Maastricht, con el que somos profundamente
críticos -hasta el punto de no haber apoyado en
su día la ratificación parlamentaria del
mismo- por considerar que sus contenidos no responden
a las necesidades reales de la construcción europea,
se quedan extraordinariamente cortos en los ámbitos
políticos y de seguridad y están profundamente
desenfocados en los terrenos económicos y sociales.
Me gustaría hacer un pequeño
paréntesis para subrayar que, a diferencia de lo
que algunos se ha tratado de interpretar en reiteradas
ocasiones, nuestra oposición a Maastricht no es
consecuencia de una supuesta aversión de Izquierda
Unida a la construcción europea, sino más
bien al contrario.
Nuestro europeísmo nos hace considerar
que un Tratado como ése puede terminar convirtiéndose
en sus actuales términos en un grave obstáculo
para el avance de la unidad europea, generando con su
aplicación o sus lagunas extraordinarios problemas
y fuertes porcentajes de europesimismo en el tejido social.
La pregunta no es, en mi opinión, Maastricht
sí o no. La cuestión es otra: es el Tratado
de la Unión Europea el instrumento adecuado para
afrontar con éxito, por ejemplo, la lucha contra
el desempleo o edificar un nuevo marco de seguridad en
Europa?
La realidad parece respaldar nuestra respuesta
a esa pregunta: No.
Gran parte de la opinión pública
y las organizaciones sociales comparten ese punto de vista,
como demuestran las masivas movilizaciones obreras en
Francia contra los planes del primer ministro Juppé
de aplicar nítidos recortes sociales para tratar
de cumplir las condiciones exigidas por el Tratado de
Maastricht para la Unión Económica y monetaria
y también las duras críticas de los sindicatos
miembros de la Confederación Europea de Sindicatos,
entre ellos Comisiones Obreras y la Unión General
de Trabajadores, a la perspectiva diseñada para
establecer la moneda única.
Nadie duda que Maastricht ha supuesto un avance,
seguramente tímido, en algunos puntos respecto
al Acta Única; nadie duda que con- tiene elementos
sumamente interesantes, que convendría desarrollar
a fondo.
Pero al tiempo es obvio que el grueso de sus
disposiciones no está orientado en la dirección
oportuna, tal y como muchos ejemplos, en sus dos años
escasos de vigencia, han puesto de manifiesto.
Hay que revisar Maastricht a fondo, no de
una manera cosmética para salir del paso, y por
ello pensamos que, en el marco de la Conferencia ínter-
gubernamental que comenzará el próximo 29
de marzo en Turín, España debería
proponer que esa reforma pase por los siguientes parámetros:
- la superación del déficit
democrático a través de un reequilibrio
de poderes entre las instituciones de la Unión
que favorezca el papel del Parlamento;
- el cambio de los criterios y plazos de la
Unión Económica y monetaria, de forma que
la entrada en vigor de su tercera fase sea una decisión
de calado político y la moneda única sea
un medio para combatir el paro y fomentar la cohesión
económica, social y territorial. Un Gobierno de
Izquierda Unida, o en cuya política fuera determinante,
propondría en la primera sesión de la Conferencia
Gubernamental introducir un único pero sustancial
cambio en su agenda: establecer como tema a discusión,
al menos, la reflexión sobre la flexibilización
de los plazos y condiciones para alcanzar la moneda única,
poniendo sobre la mesa un debate no sólo necesario,
sino existente en todos los ámbitos que tienen
algo que decir sobre el proceso de construcción
europea;
- el establecimiento de una verdadera Política
Exterior y de Seguridad Común integrada en el primer
pilar comunitario que fomente la seguridad compartida
en Europa, la prevención de los conflictos y la
cooperación con los países terceros a través,
entre otras medidas, de la toma de decisiones por mayoría
-existiendo la posibilidad de un optimo out sin capacidad
de bloqueo- de la representación común de
los países de la Unión en los organismos
internacionales y de la integración de las estructuras
de la actual Unión Europea Occidental en las de
la Unión Europea a fin de permitir una eficiente
coordinación de las Fuerzas Armadas de los estados
miembros para llevar a cabo las denominadas "misiones
Petersberg";
- el desarrollo de una efectiva cooperación
en los asuntos de justicia e Interior que impida la repetición
de decisiones tan lamentables como la adoptada a principios
de mes por el Consejo de Estado belga;
- la creación de una verdadera ciudadanía
europea con todo lo que ello implica de ejercicio y protección
de derechos y deberes comunes para los habitantes de los
países de la Unión Europea.
Hace falta más Europa, no menos, pero
sí diferente a la actual; más Europa, pero
no la de "varias velocidades" o la del "núcleo
duro".
En otras palabras, la construcción
de la Europa unida no puede ser percibida ni por los estados
ni por los ciudadanos como un problema, sino como una
solución. Esa es la gran responsabilidad de los
gobiernos durante la Conferencia Intergubernamental a
cuyos debates deberíamos proponer estuvieran asociados
convenientemente el Parlamento Europeo y los legislativos
nacionales, y cuyas discusiones deberían llevarse
a cabo con la máxima transparencia.
Transparencia imprescindible también
a la hora de ratificar la revisión del Tratado
de Maastricht, que Izquierda Unida propone sea objeto
del oportuno referéndum. Esperamos que, esta vez
sí, a diferencia de 1992, cuando nos quedamos solos
reivindicando una consulta similar sobre el Tratado, el
Gobierno y las fuerzas políticas sepan entender
que esta demanda, defendida también por el Parlamento
de Estrasburgo, es lo mínimo exigible por la ciudadanía
en democracias como las europeas.
Nuestra política exterior, apuntábamos,
debe impulsar el establecimiento de un nuevo marco de
seguridad pan-europea, basado en la seguridad compartida,
el desarme y la Diplomacia preventiva, que tenga como
objetivos el fortalecimiento de las instancias no mutares
de la seguridad, como la Organización de Seguridad
y cooperación en Europa, y la superación
de las herencias conceptual y organizativa de la guerra
fría.
Es por ello que consideramos que la OTAN no
es la organización adecuada para garantizar la
segundad europea y que debe ser superada de forma progresiva,
empezando por pasos como la salida de España de
la misma -si así lo deciden los ciudadanos en las
urnas convocados al efecto- y, en todo caso, dando estricto
cumplimiento a las condiciones del referéndum de
marzo de 1986, comenzando por la no integración
de nuestro país en la estructura militar integrada
de la Alianza.
España, cuya política exterior
no puede considerar a la Política Exterior y de
Seguridad Común como un complemento sino como parte
de un todo, debería pugnar por la construcción
de una identidad europea de defensa que, sobre la base
de las propuestas antes apuntadas para la reforma del
Tratado de la Unión Europea y no sobre el fortalecimiento
de estrategias militares clásicas que han dado
lugar, por ejemplo, a la formación del Eurocuerpo,
garantizara una independencia táctica y estratégica
con respecto a los Estados Unidos.
Creemos que la Unión Europea Occidental,
mientras exista, o la política de defensa de la
Unión Europea, cuando se cree, no pueden ser el
pilar europeo de la OTAN. Con Washington la relación,
que ha de ser de cooperación y buen entendimiento,
por supuesto, debe ser establecida no sobre parámetros
de dependencia, sino de igualdad.
No es posible continuar aceptando la repetición
de situaciones como las concretadas en el proceso de paz
en el Próximo Oriente o en la antigua Yugoslavia:
Norteamérica establece las reglas de solución
política y Europa aporta la intendencia humana
y material.
Europa debe jugar un papel propio en la escena
internacional y en los temas de seguridad, de acuerdo
con sus intereses y con una visión profundamente
solidaria de las relaciones entre países y pueblos.
Y en primer lugar con los estados de la Europa
Central y Oriental -los PECOS-, Rusia y los países
surgidos de la desintegración de la Unión
Soviética.
Creemos que España debe ser favorable
a la ampliación de la Unión al Este -también
a Chipre y Malta- porque sin ella sería imposible
concebir la unidad europea y, sobre todo, el progreso
democrático, económico y social de los países
situados en ese área, y menos aún la estabilidad
de la misma.
Estamos hablando, por otra parte, de sociedades
en continua evolución, capaces de buscar alternativas
a sus graves problemas por la vía del progreso,
como demuestran las recientes elecciones presidenciales
y legislativas celebradas en Polonia, Hungría y
Bulgaria, sin necesidad de volver la vista atrás
pero tampoco de seguir adentrándose por el camino
del liberalismo a ultranza, que durante sus años
de hegemonía a principios de la década ha
provocado una enorme desarticulación social y un
inaceptable desmantelamiento productivo.
Pero creemos que esa ampliación debe
estar ligada a la profundización de la construcción
europea y ha de hacerse de forma tranquila, de manera
que ni los ciudadanos de los PECOS se vean enfrentados
a un ajuste duro como consecuencia del impacto de la incorporación
al mercado único ni se ponga en cuestión
el acervo comunitario, particularmente políticas
y elementos como la Política Agrícola Común
y los Fondos Estructurales y de Cohesión.
Hará falta desarrollar correctamente
una estrategia adecuada de preadhesión, incrementando
el diálogo estructurado, y proveer períodos
de transición suficientes.
Países como España se juegan
mucha en cómo se lleve a cabo la ampliación
al Este y no podemos por menos que juzgar que la política
del Gobierno ha sido demasiado ligera en este tema hasta
fechas relativamente recientes. No proponemos obstaculizar
ese proceso, del que somos firmes partidarios, pero sí
hacerlo con las suficientes garantías y de acuerdo
con los puntos de vista de todos los socios comunitarios,
no solamente teniendo en cuenta las perspectivas a corto
y largo plazo de Alemania.
Me gustaría añadir que no consideramos
conveniente ligar de forma automática ampliación
de la Unión Europea y alargamiento de la OTAN a
los PECOS, algo que incluso en las actuales etapas transitorias
definidas por la existencia de la Asociación para
la Paz causa una profunda inquietud en la Federación
Rusa.
Rusia debe ser un punto de constante atención
para la Unión Europea y España debería
promover en su seno una política tendente a favorecer
su estabilidad y la consolidación de la democracia,
que abandone errores tras casos como haber apoyado sin
condiciones a Boris Yeltsin y a su política a pesar
de los evidentes aspectos negativos de la misma, expuestos
con extremada crudeza en el asalto al Parlamento en 1993
o en Chechenía.
Moscú, sen cuales sean sus futuros
gobernantes elegidos democráticamente, debe estar
asociado al antes referido nuevo marco de seguridad pan-
europea y entender que la gestión de las crisis
que aparecen en algunas regiones, como en el Cáucaso,
no es asunto de su exclusiva competencia - que demanda
en base a la doctrina del "extranjero cercano"-
sino un tema que afecta al conjunto de Europa y en el
que instancias como la Organización para la cooperación
y la Seguridad en Europa deben jugar un papel protagonista
para la búsqueda de soluciones políticas
y no militares.
La cooperación y la estabilidad en
los Balcanes debe ser también motivo de atención
prioritaría de la Diplomacia española. Guerras
como la de Bosnia, que ha causado miles de muertos y una
destrucción material y moral incalculable -junto
a una importante pérdida de credibilidad de la
ONU y la Unión Europea, frente al protagonismo
final de los Estados Unidos- no pueden repetirse más
bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia.
España debe apostar por la recuperación
de la cooperación y el entendimiento en la antigua
Yugoslavia, por que los Acuerdos de Dayton puedan establecer
una paz justa y duradera, a través del cumplimiento
de sus contenidos, garantizándose la convivencia
multicultural y multiétnica, el retorno de los
refugiados, la puesta a disposición del Tribunal
Internacional creado al efecto de los criminales de guerra,
la celebración de elecciones libres y el reconocimiento
mutuo de todos los países surgidos de la antigua
Federación.
Tras los graves sucesos acaecidos en Mostar
-que casi han costado la vida a un europeo ejemplar, Hans
Koschnick- o Sarajevo, será preciso seguir insistiendo
y presionando a las partes para que cumplan lo pactado
en Dayton, tal y como acaba de hacerse en Roma, tratando
de conseguir la aplicación rápida e íntegra
de los Acuerdos de Paz, particularmente en lo referido
a su parte civil, para lo que es imprescindible apoyar
sin reservas al representante de las Naciones Unidas,
Cari Bildt, poniendo a su disposición todos los
medios humanos y materiales necesarios.
Europa ha cometido graves errores en esta
guerra, que han puesto de manifiesto la necesidad de contar
con una Política Exterior y de Seguridad Común
efectiva, a pesar de que países como España
han dado una importante contribución a la paz,
a veces hasta las últimas consecuencias, a través
de sus cascos azules, que han llevado a cabo una meritoria
labor de ayuda humanitaria.
Esa presencia de España ha contado
desde el primer momento con nuestro consenso hasta que
el Gobierno, sin consulta previa con las fuerzas políticas,
ha transformado nuestro contingente -hoy cercano a los
2.000 efectivos- de cascos azules en soldados bajo el
mando de la OTAN.
Deberían haber sido las Naciones Unidas
quienes gestionaran con medios suficientes la aplicación
de los Acuerdos. En todo caso, España, en el marco
de la Unión Europea, debe ser generosa en su aportación
económica a la reconstrucción de Bosnia.
La segunda prioridad de la política
exterior de España debe ser el Mediterráneo,
sobre todo teniendo en cuenta que nuestra seguridad es
indesligable de la estabilidad en esa región, que
vive una crisis permanente, con focos de conflicto todavía
abiertos, otros inestablemente en vías de arreglo,
nuevos fenómenos que amenazan el futuro desarrollo
democrático de la zona y una persistente desigualdad
Norte-Sur que se complementa con un deterioro medioambiental
galopante.
Es preciso que España impulse la creación
de un nuevo esquema de relación Europa-Mediterráneo
desde el que afrontar esos problemas con garantías
de éxito y desde un plano de igualdad.
En esa dirección, debe saludarse como
un paso positivo la celebración de la Conferencia
Euro-Mediterránea de Barcelona, en la que tuve
ocasión de participar integrado en la delegación
de la Unión Europea al tomar parte del grupo de
eurodiputados que representó en su seno al Parlamento
Europeo.
Paso positivo pero insuficiente en lo político
y en el terreno de la seguridad y, lamentablemente, desenfocado
en lo relativo a lo económico y comercial.
Creo que nuestro país debe apostar
fuerte para que el capítulo político de
la Conferencia de Barcelona termine derivando en la estructuración
de una Conferencia de Seguridad y cooperación en
el Mediterráneo desde la que establecer mecanismos
de diálogo permanente y confianza mutua entre las
dos riberas en esos ámbitos e impulsar no sólo
la prevención de nuevos conflictos sino también
el desarme -incluyendo el convencional y la no proliferación
nuclear- y la garantía del respeto a los principios
democráticos y los derechos humanos.
La asociación euromediterránea
de libre comercio, por otra parte, no debe suponer un
golpe para los sectores productivos de países como
España y, al mismo tiempo, los fondos del programa
MEDA no han de utilizarse para financiar el ajuste duro
que el Fondo Monetario Internacional exige a los países
menos desarrollados de la región, sino por el contrario
contribuir a la solución de sus principales problemas
sociales y a la corrección de sus desequilibrios.
España debe estar presente en la solución
de los principales problemas del Magreb y del Machrek.
El futuro de España y el del Magreb son, sencillamente,
indesligables, por muchas razones de toda índole.
A España le conviene que el Magreb
se convierta en una zona donde exista una verdadera integración
regional y una fuerte cooperación Sur-Sur, lo que
pasa, entre otras cosas, por el descongelamiento y potenciación
de la Unión del Magreb Árabe, hoy víctima
de las contradicciones entre los países de la región.
España debe buscar el establecimiento
de una relación de buena vecindad y estrecha cooperación
con Marruecos en todos los órdenes. Pero no a costa
de decir sí a todas las demandas de Rabat, por
muy injustificadas que éstas sean. No podemos seguir
siendo la parte débil de esa relación bilateral,
como han demostrado los recientes Acuerdos de Pesca y
de Asociación entre la Unión Europea y Marruecos
o la Cumbre bilateral que ha tenido lugar este mes, con
el anuncio de la condenación de parte de la deuda
bilateral, que por cierto rechazamos.
Tampoco podemos, en aras de esa relación
privilegiada, guardar silencio sobre el no respeto a los
derechos humanos en el país vecino y, menos aún,
dejar de denunciar su obstaculización del proceso
de autodeterminación del Sahara Occidental.
Este último es un tema en el que nos
incumbe una evidente responsabilidad histórica
y un claro interés presente: sin paz en el Sahara
no habrá estabilidad en el Magreb.
Debemos defender sin ambigüedades que
el pueblo saharaui ejerza libremente su derecho a la autodeterminación
a través del referéndum con- templado por
las Naciones Unidas y tenemos que empujar para que esta
consulta se celebre lo antes posible y en las condiciones
adecuadas. No podemos permitir que la Comunidad Internacional
termine desentendiéndose del problema, algo que
quizás Rabat busca con su continuo torpedeo del
proceso.
España no puede seguir vendiendo armas
a un país en guerra como Marruecos y debe conceder
un status diplomático adecuado en su territorio
a los representantes saharauis, es decir, al Frente Polisario,
que conforma el Gobierno de la República Árabe
Saharahui Democrática, incrementando la ayuda humanitaria
a ese pueblo de forma urgente.
Incitar a la consecución de la paz
civil en Argelia, a través de un diálogo
entre el Gobierno y los partidos que rechazan el terrorismo
que permita la convocatoria de elecciones legislativas
pluralistas -todo ello hoy más factible que nunca
tras los recientes comicios presidenciales, que han sido
un éxito de participación popular- debe
ser otro objetivo de España.
Condenando sin ambages el terrorismo que en
Argelia está costando la vida a miles de personas,
empezando por sectores como los intelectuales, los periodistas
y las mujeres, España debe ser consciente que el
fenómeno fundamentalista se combate desde la democracia
y el desarrollo, con el fortalecimiento de la participación
ciudadana y la solución de los problemas sociales,
y actuar en consecuencia promoviendo una cooperación
que no pase precisamente por los planes de ajuste del
Fondo Monetario Internacional.
Creemos además que no es de recibo
seguir con la política de aislamiento hacia Libia,
que no conduce más que a un callejón sin
salida. España debería promover el levantamiento
de las sanciones a Trípoli.
En cuanto al Próximo Oriente, pensamos
que nuestro país debe seguir apoyando con firmeza
el proceso de paz establecido entre israelíes y
palestinos, que acaba de cosechar un nuevo éxito
con las elecciones, pero instando a que se cumplan los
contenidos de los Acuerdos de Oslo 1 y 2, que se acorten
los plazos previstos lo máximo posible, que no
continue la construcción de asentamientos, que
se ponga en libertad a los presos palestinos y que Tel
Aviv acepte una solución adecuada a la cuestión
de Jerusalén tal y como ha demandado el Presidente
Arafat.
Todo ello debe complementarse con un acuerdo
de paz sirio-israelí que suponga la devolución
del Golán a Damasco y con la retirada del ejército
de Tel Aviv del sur del Líbano.
España debe apoyar la reunificación
de Chipre y la profundización de la democracia
en Turquía.
Ha sido un craso error, a la luz de los acontecimientos,
que España, presidiendo el Consejo Europeo, impulsara
la entrada en vigor de la Unión Aduanera con Turquía.
Lo digo como ponente del Parlamento Europeo en este tema
que recomendó votar no y continuar así la
presión sobre Ankara. Las consecuencias de aquella
decisión están a la vista de todos, bastando
con recordar los resultados de las legislativas del pasado
24 de diciembre y los acontecimientos posteriores en el
Egeo.
No habría estabilidad en el Oriente
Medio, por otro lado, si no se garantiza al pueblo kurdo
el ejercicio de sus derechos nacionales, empezando por
poner fin a la represión que se lleva a cabo en
su contra en diferentes países de la zona, entre
los que cabe citar esencialmente a Turquía, Irak
e Irán.
Al apoyar esa justa reivindicación,
España debería cesar el suministro de armas
o material susceptible de doble uso que pudiera ser utilizado
contra los kurdos. Quiero hacer especial mención
a la venta de aviones CN-235 a Turquía, que según
Amnistía Internacional podrían estar siendo
utilizados por el ejército de Ankara en la guerra
sucía que lleva a cabo en el Sudeste del país.
Llegado a este punto, me gustaría recordar
que uno de los grandes temas motivo de discrepancía con
la política exterior del gobierno español
fue, sin duda, la guerra del Golfo.
Si inaceptable fue la invasión de Kuwait
por parte de Irak, la respuesta desencadenada a iniciativa
estadounidense por las potencias occidentales representó
la primera aplicación a gran escala de la noción
de "nuevo orden" del Presidente Bush y, además
de acarrear la pérdida de miles de vidas humanas
y una extraordinaría destrucción material y ecológica,
supuso una utilización inaceptable del marco de
las Naciones Unidas.
España se sumó directamente
a la coalición internacional que intervino en ese
conflicto, desoyendo la opinión contraría de una
gran parte de la opinión pública y dando
una clara muestra de la intención del Gobierno
de compartir la nueva estrategia internacional promovida
por la Casa Blanca.
A cinco años del fin de ese conflicto,
el pueblo iraquí sigue sufriendo deforma brutal
sus consecuencias, a través del mantenimiento de
un inaceptable embargo que sólo responde a los
intereses políticos y económicos de los
Estados Unidos y los países del Golfo, y que está
costando la vida a miles de niños, ancianos y enfermos.
Creemos que España debe demandar el
inmediato levantamiento de ese embargo, al tiempo que
reivindicar el establecimiento de la democracia y el respeto
a los derechos humanos en Irak, cuyo régimen es
de todo punto inaceptable.
La tercera gran prioridad de la política
exterior de nuestro país debe centrarse en América
Latina, con un objetivo claro: contribuir a la solución
de los problemas del área -deuda, pobreza, dependencia
- a través de una cooperación bilateral
y multilateral que favorezca la integración regional
y posibilite la generación de políticas
distintas a los vigentes criterios neoliberales y de ajuste
duro promovidos por instancias como el Fondo Monetario
Internacional y acogidos por muchos gobiernos de la zona.
América Latina no puede quedar encajonada,
sin solución alternativa, en la tradicional y nada
ventajosa relación prioritaría con los Estados
Unidos, cuya Administración está claramente
decidida no solo a mantener, sino incluso a intensificar
esa situación como demuestran claramente el Tratado
de Libre Comercio y la Iniciativa de las Américas.
España debe promover un sustancial
incremento de la cooperación entre la Unión
Europea y América Latina. Ello significa, entre
otras medidas, actuar en la dirección de las siguientes
orientaciones:
- desarrollar el recientemente firmado Acuerdo
con Mercosur, cuidando especialmente los aspectos políticos,
sociales y ecológicos;
- establecer acuerdos con Chile y México,
condicionando este último a firmes cláusulas
de democratización y respeto a los derechos humanos;
- intensificar el Diálogo de San José
y con los países del Pacto Andino.
Debemos manifestar nuestra opinión
favorable a la continuidad de las Cumbres Iberoamericanas
pero también a la búsqueda de mecanismos
que aumenten su utilidad.
España debería incrementar su
relación bilateral con Cuba, promover la firma
de un Acuerdo de Cooperación de la Unión
Europea con ese país y demandar el levantamiento
del bloqueo norteamericano sobre la isla.
En otras palabras, proponemos dar continuidad
a la política llevada a cabo por el Gobierno hasta
la fecha, considerando al tiempo que un hipotético
cambio de color en el mismo no debería variar sustancialmente
una actuación que cuenta con un amplísimo
consenso de la sociedad española. Todo ello será
básico para permitir la realización de las
necesarias reformas políticas y económicas
en Cuba.
La plena democratización de México
y la solución negociada del conflicto de Chiapas
deberían estar también entre las preocupaciones
de la agenda española hacia Latinoamérica.
Otros temas de esa agenda podrían ser
la consolidación y extensión de la democracia
en Haití, El Salvador y Guatemala, así como
la demanda de paz civil en Colombia y la exigencia de
responsabilidades a los culpables de la represión
de los Gobiernos militares en Argentina y Chile.
La solución del gravísimo problema
del narcotráfico sobre la base de medidas centradas
en el desarrollo y la lucha contra el crimen internacional
organizado y la defensa de los derechos de los pueblos
indígenas, víctimas en muchos casos de inaceptables
atentados individuales y colectivos y principales sujetos
de la marginación.
Otras dos regiones no deberían estar
ausentes de la política exterior de España,
aunque nuestro país no tenga intereses inmediatos
o tan importantes en ellas como en Europa, el Mediterráneo
o América Latina.
En cuanto a África, que supone la gran
lacra del subdesarrollo y registra a estas alturas el
mayor número de conflictos -esencialmente intraestatales-
y golpes de estado -tres durante el mes de enero- debemos
promover un incremento de la cooperación económica
de la Diplomacia preventiva -vía Naciones Unidas
y Organización de la Unidad Africana- frente a
las tentaciones de intervención neocolonial presentes
en países como Francia.
Es imposible aceptar la repetición
de situaciones como las vividas en Ruanda o la continuación
de la guerra en Somalía, por poner dos ejemplos punteros
por lo desastroso.
Al tiempo, se impone revisar al alza, cuantitativa
y cualitativamente, la cooperación ACP (África,
Caribe, Pacífico)-Unión Europea, desarrollando
y dando continuidad al Convenio de Lomé y humanitarizando
el Fondo Europeo de Desarrollo, que debe aumentarse en
el futuro sobre la base de criterios objetivos y solidarios.
Apoyar a la nueva Suráfrica democrática
y la reconstrucción de Angola y Mozambique deben
ser también elementos de la política exterior
española en África.
Pero no podemos olvidar aquí la situación
de Guinea Ecuatorial, que desde nuestro punto de vista
ha sido el gran fracaso bilateral de la acción
exterior de España.
A cuatro días de la celebración
de unas elecciones presidenciales sin las mínimas
garantías democráticas, España, cuya
política hacia Guinea arrastra el peso de los errores
cometidos y las debilidades mostradas frente a Teodoro
Obiang, debe seguir reclamando el establecimiento de la
democracia en ese país, manteniendo hasta alcanzar
ese objetivo la presión sobre las
autoridades de Malabo y buscando una postura
cohesionada de la Unión Europea en ese sentido
-algo que se ha echado en falta en bastantes ocasiones-
apoyando a la oposición democrática de manera
efectiva.
Por lo referido a Asia, España debe
apoyar el establecimiento de un nuevo marco multilateral
de relación planteado por la Unión Europea
- objeto de la Cumbre que tendrá lugar próximamente-
garantizando la necesaria protección de nuestros
intereses comerciales, y no olvidar las demandas de democracia
en Filipinas y autodeterminación de Timor.
Habría que establecer relaciones diplomáticas
con Corea del Norte.
Me gustaría avanzar ahora algunas ideas
sobre el papel de España en los organismos internacionales,
particularmente en el seno de la ONU, y sobre las cuestiones
de desarme.
Las Naciones Unidas deberían ser, en
nuestra opinión, el instrumento imprescindible
para la gestión de los problemas internacionales.
Es preciso reconocer que, a pesar de todas
las insuficiencias registradas, el papel desarrollado
por la ONU durante los cuarenta años de su existencia
ha sido positivo en ámbitos tan importantes como
el mantenimiento de la paz y la lucha por la superación
del desarrollo.
Y hoy más que nunca las Naciones Unidas
constituyen el único marco existente a través
del que todos los países que constituyen la Comunidad
Internacional pueden tener la oportunidad de expresarse.
Para Izquierda Unida, el fortalecimiento de
la ONU es imprescindible si se quieren contrarrestar las
tendencias desreguladoras que son consecuencia directa
de los procesos de globalización y mundialización.
A un país como España, situado
en una posición intermedia de influencia en los
asuntos internacionales, le interesa objetivamente dar
una solución adecuada a la crisis por la que atraviesan
las Naciones Unidas.
Crisis provocada por varios factores, ninguno
de ellos ajeno a la voluntad de sus miembros más
poderoso, algo que no conviene olvidar.
Factores entre los que destacan:
- la inadecuación de sus estructuras
al devenir de los acontecimientos internacionales;
- la insuficiencia financiera en cuanto a
sus recursos;
- y, sobre todo, la ausencia de compromiso
político de ciertos países miembros respecto
a sus decisiones.
Porque hay que decirlo con claridad: ciertos
gobiernos, a su cabeza la Administración norteamericana,
están provocando directa o indirectamente un caída
libre de la credibilidad de la ONU.
A los Estados Unidos de los años 90
les iba bien un sistema de Naciones Unidas refrendador
de sus actuaciones, avalista de sus decisiones. Así
ocurrió con la Guerra del Golfo.
Cuando, por el contrario, las Naciones Unidas
tratan de actuar de una forma mínimamente semejante
a la de una confederación de naciones, cuando tratan
de alcanzar objetivos que no convienen a Washington, la
confrontación está servida.
En otros temas demócratas y republicanos
tendrán puntos de vista diferentes. Pero en este
asunto de vaciar de competencias a la ONU, de paralizarla,
de culpabilizarla y debilitarla, Bill Clinton, por un
lado, y Bob Dolé, por otro, no tienen demasiadas
diferencias de fondo.
Parece increíble que el fin de la "guerra
fría", en vez de suponer un neto incremento
del papel de la ONU -como pareció suceder al principio-
al liberarse del catenacw bipolar, termine representando
su marginación progresiva.
España no puede compartir esa dinámica
y nuestra política exterior debe tener como prioridad
la máxima promoción del papel de las Naciones
Unidas.
Para ello, tendríamos que emprender
una profunda reforma de su sistema, de manera que sus
objetivos se adapten a las necesidades actuales del Mundo
y se apliquen todos los preceptos de su Carta.
Nosotros no proponemos más competencias
para la ONU, sino la intensificación del ejercicio
de las que actualmente posee.
En ese sentido, nuestro país debería
adelantar las siguientes líneas básicas:
- incremento del papel de la Asamblea General;
- limitación del derecho de veto en
el Consejo de Seguridad;
- aumento del número de miembros permanentes
o no de esa instancia ;
- solución de los problemas financieros
mediante el pago de los atrasos pendientes y la fijación
de una nueva estructura de pagos e ingresos, en la línea
de lo adelantado tanto por la Presidencia italiana de
la Unión Europea como por la propia Secretaría
General de la organización.
En cuanto al tercero de esos puntos, España
podría avanzar la propuesta de que entre los miembros
no permanentes existiera un grupo de rotación continua
en el que podrían estar países de la capacidad
política y económica del nuestro.
Junto a la intensificación del papel
del Secretario General y el reforzamiento de los organismos
y agencias dedicados a la atención de los sectores
más débiles y marginados de la población
mundial, dando continuidad a las Conferenciales mundiales
que, como la del clima, la de la mujer o la social han
venido teniendo lugar en los últimos años,
sería preciso dar todavía mayor protagonismo
y medios a las operaciones de mantenimiento o construcción
de la paz
España, además de seguir cumpliendo
con regularidad con sus obligaciones financieras, debería
seguir contribuyendo a esas operaciones de acuerdo con
sus posibilidades humanas y materiales y proponer que
los estados más fuertes pusieran a disposición
permanente de las Naciones Unidas contingentes militares
y partidas presupuestarias que permitieran a la organización
actuar rápida y efectivamente desde el punto de
vista de la Diplomacia preventiva.
Expresando nuestra satisfacción crítica
por el papel desempeñado por España durante
su permanencia en el Consejo de Segundad, consideramos
que nuestro país debería, en el marco de
la reforma de la Política Exterior y de Seguridad
Común que se llevará a cabo durante la Conferencia
Intergubernamental de 1996, proponer el estudio de que
la Unión Europea contara con mecanismos tendentes
a la representación colectiva de sus estados miembros
en el seno de las Naciones Unidas.
El impulso del desarme debe constituir un
eje básico de la política exterior.
Habrá que fomentar el desarme convencional,
tanto en Europa (a través del cumplimiento y ampliación
de los tratados correspondientes) como en lo referido
al comercio de armas hacia al Sur, que debe ser controlado
y reducido, alentando la disminución del los presupuestos
de defensa de los países subdesarrollados.
España no debería suministrar
armamento o material de doble uso a países en conflicto
o con ausencia de democracia y respeto a los derechos
humanos, reconvirtiendo progresivamente la industria militar
hacia el campo de lo civil.
En esa dirección, nuestro país
debería apostar por el fin inmediato de la producción,
almacenamiento o venta de las llamadas minas antipersonales.
En lo referido al desarme nuclear, España
tendría que impulsar la firma universal del Tratado
de No Proliferación y su cumplimiento, dando un
giro radical a la lamentable postura adoptada por el Gobierno
sobre la reanudación de las pruebas nucleares francesas
en el Pacífico, consistente en un silencio sepulcral
que ha desoído la unanimidad contraría a aquella
decisión del Presidente Chirac expresada por la
sociedad española.
La cooperación al desarrollo debe ser
una prioridad que recorra la acción exterior del
Estado.
Asumiendo plenamente el Pacto por la Solidaridad
propuesto por la Plataforma 0'7 y la Coordinadora de Organizaciones
no Gubernamentales de Desarrollo, creemos que el objetivo
del 0'7 con respecto al PIB dedicado a ese capítulo
debe ser alcanzado en los presupuestos de 1997.
Al tiempo, estimamos necesario que se elabora
una Ley General de cooperación que facilite los
instrumentos políticos e institucionales suficientes
para hacer más operativa y eficaz la cooperación
al desarrollo de nuestro país, así como
que se elabore un Estatuto del Cooperante que de cobertura
a los españoles y españolas que están
dedicados fuera del país a estas labores solidarias.
Esa Ley General debería contemplar
canto el establecimiento de un Ente Público para
gestionar todos los gastos que figuren en los Presupuestos
Generales del Estado en este ámbito y la creación
de un Consejo de Cooperación representativo y con
verdaderas capacidades de administración, control
y propuesta.
Debe ponerse fin al inaceptable planteamiento
actual de los créditos FAD que, de mantenerse su
actual concepción, han de ser suprimidos como fondos
de cooperación al tener un claro contenido comercial
y por haber servido en algunos casos para financiar incluso
operaciones de venta de material susceptible de uso militar.
Querría abordar, acercándome
ya al final de esta exposición, dos temas más.
En primer lugar, el de la defensa nacional, sobre la base
de lo indicado anteriormente con respecto al nuevo modelo
de seguridad en Europa que proponemos.
Creo que España debe contar con unas
Fuerzas Armadas adecuadas a sus necesidades defensivas
y de seguridad, lo que significa su profesionalización
(que creemos podría alcanzarse en el plazo de dos
legislaturas) y su renovación tecnológica.
La profesionalización de los ejércitos
es una perspectiva en la que debe contemplarse la inmediata
reducción del servicio militar actual, junto con
un cambio radical de la vida en los cuarteles. Asimismo,
es preciso un reforma de la ley de objeción de
conciencia, a través de la ;cual ésta deje
de esta penalizada, igualándose la duración
de la Prestación social Sustitutoria con la del
servicio militar, convirtiéndose el Consejo Nacional
de Objeción de Conciencia en un registro administrativo,
impidiéndose el uso de los objetores prestacionistas
en la Administración pública, reconociéndose
la objeción sobrevenida y despenalizándose
la insumisión.
Querría terminar refiriéndome
al impulso de la cultura de nuestro país y a las
relaciones bilaterales de España.
El castellano esencialmente, pero también
el catalán, el euskera y el gallego, como elementos
esenciales de nuestra cultura, deben ser promovidos, como
el conjunto de nuestra cultura, en el mundo. Creemos en
ese sentido que es preciso potenciar el papel de organismos
como el Instituto Cervantes.
Nos parece correcto mantener el alto nivel
alcanzado con países como Alemania, Francia, Portugal
e Italia, a través del sistema de cumbres.
En lo referido a los Estados Unidos, nuestra
opinión es clara: las relaciones deben estrecharse
todo lo necesario, pero desde un plano distinto al actual,
de mayor igualdad, que incluya el desmantelamiento de
las bases norteamericanas en nuestro país.
Finalmente, a través del diálogo
bilateral con el Reino Unido es preciso conseguir la recuperación
de la soberanía española sobre Gibraltar
y pone fin a los fenómenos ilegales que provoca
la actual situación de la Roca.
Esta es la propuesta de política exterior
y seguridad que Izquierda Unida hace a los ciudadanos
para el próximo 3 de marzo. Creemos que se trata
de una propuesta realista y, seguramente por ello, a la
vez encaminada a transformar el orden internacional y
a la búsqueda de la paz y la solidaridad.