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SEMINARIO
"EL
FUTURO DE LA DEFENSA EUROPEA"
23 de septiembre de 1999
• Rafael Bardají, Asesor
Ejecutivo del Ministro de Defensa
Discrepo un poco del tono, tanto
de Manuel Coma como de Florentino Portero, mis predecesores.
Sé que la historia le da la razón al escéptico
y al pesimista, pero quiero creer que las condiciones han
cambiado de manera sustancial en los últimos meses.
Lo que cambia realmente en la
agenda actual del debate es que se hace insoportable políticamente
el gap o el diferencial entre las expectativas que genera
la Unión Europea y las capacidades que tiene para
traducir su potencial en poder militar y en actuaciones
o acciones de defensa en apoyo a la paz en un sentido amplio.
Creo que esas expectativas ya se habían manifestado
en la política exterior de seguridad común
cuando llamaban a la puerta desde el sudeste asiático,
centroamérica ó países del este y se
les atendía como buenamente se podía, pero
que con Kosovo ya estalla o se colma el vaso; y, desde luego,
lo que era un diferencial de expectativas externas se convierte
en algo insoportable internamente para los miembros. Y creo
que eso es un motor importante. Es verdad que se puede agotar,
porque no conduzca a ningún sitio, pero qué
menos que constatar, no sólo el giro británico,
que creo que es sincero, del gabinete Blair, sino también
grandes avances institucionales, aunque tío sean
oficiales o formales.
Es decir, hace menos de un año, en noviembre, tenía
lugar por primera vez en toda la historia de las Comunidades
o de la Unión Europea una reunión informal
del Consejo de Ministros de Defensa, y ahora, justo un año
después, el 15 de noviembre, va a reunirse por primera
vez el Consejo de Asuntos Generales a nivel de ministros
de Asuntos Exteriores y de Defensa para tratar temas de
seguridad común. Es decir, la PESC se ha convertido
en menos de doce meses en la PESDC, o sea política
exterior de seguridad y defensa común, lo que significa
que la defensa se ha incrustrado en alguna medida y nadie
hoy, ni siquiera los ministros de Asuntos Exteriores, se
atreven a diferenciar y a separar seguridad y defensa en
el contexto de la Unión Europea. Todos los planes
que ha mencionado Manuel Coma creo que están ahí
y las decisiones institucionales crean un debate que es
eso que los americanos llaman "la revolución
de-los asuntos militares": efectivamente, una revolución
tecnológica que cambia el panorama de los sistemas
de armas tal como venían siendo concebidos e integrados
en las fuerzas armadas contemporáneas y que para
nosotros y para los europeos suponen, creo, dos cosas: una,
que los Estados Unidos, que son los promotores y actores
principales de esta revolución, se despegan, se encaminan
a unas fuerzas militares del siglo XXII, mientras nosotros,
a los efectos, estamos casi camino del siglo XIX; y, dos,
que si nosotros queremos seguir el ritmo de innovación
necesario, ora incrementamos los presupuestos de defensa,
lo que políticamente no parece que sea posible, y
algunos afirman que ni siquiera deseable, ora inventamos
nuevas fórmulas para hacer más rentable que
la peseta que se invierta en defensa tenga un producto de
capitalización más alto, o, en fin, me pongo
de acuerdo con otros países europeos y genero un
potencial colectivo para poder crear al menos los sistemas
de armas que van a ser más necesarios en él
siglo XXI.
Estimó que es la opción
política, por un lado, y la necesidad de contar con
unas Fuerzas Armadas que puedan hacer algo colectivamente
en los próximos decenios, por otro, lo que sitúa
el debate en otro punto. Ahora bien, que eso signifique
que vaya a haber un gran impulso a nivel de defensa institucional,
pues no necesariamente. Es más, creo que ahora mismo
estamos ante un dilema. Todos los esfuerzos por crear una
mayor aproximación a nivel europeo a los temas de
defensa se han hecho revolucionariamente en los últimos
años en el seno de la Alianza Atlántica, en
la famosa ESDI (siglas inglesas de la Identidad Europea
de Seguridad y Defensa). ¿Por qué? Porque
la Unión Europea era una organi2ación pacifista
institucionalmente que no quería abordar las cuestiones
de seguridad y defensa como tales. Sin embargo, esto ha
cambiado en los últimos doce meses, y a lo mejor
la ESDI ahora va a ser un obstáculo para poder desarrollar
las capacidades de la Unión Europea, y creo también
que a eso responde un poco el debate de perfil más
bajo que está teniendo lugar en el seno de la Alianza
respecto a la ESDI, debido a que ha adquirido nitidez esa
otra cara de la misma moneda. Creo que eso es una ambigüedad
que se hace patente y que tarde o temprano habrá
que intentar resolver o aclarar, y qué duda cabe
que responde a lo que apuntaba Florentino Portero. Que todo
lo que tenga que ver con la creación de la defensa
europea, con un sistema de defensa, tiene un condicionante
externo claro que es la relación transatlántica
y el papel que juegue los Estados unidos en ello.
En cualquier caso, tengo para
mí que, como también mencionaba Florentino
Portero, aquí ha de haber un debate importante en
los próximos meses, amén del institucional,
que creo que es hablar de capacidades reales de las Fuerzas
Armadas, y ahí surge el plan de convergencia militar.
Sorprendentemente, nadie se ha puesto a reflexionar que
las divergencias de los aliados también tienen lugar
en el seno de la OTAN , aunque aquí vienen cubiertas
por el papel hegemóníco o post-hegemónico
dominante de los Estados Unidos. Pero sí afloran
en el debate dentro o alrededor del seno de la Unión
Europea; es decir, nos damos cuenta de que tenemos países
con criterios muy divergentes, esto es, desde ejércitos
grandes, como los alemanes de conscriptos, a ejércitos
absolutamente profesionales, como los ingleses, pasando
por los en vías de profesionalización, como
el nuestro, y con gastos per cápita o en relación
al Producto Interior Bruto muy dispares. Ahí tenemos
muchas divergencias, y de ahí la idea de, tomando
el ejemplo del proceso de la Unión monetaria, intentar
crear algo parecido en la parcela de la defensa. Personalmente,
creo que el EMÚ (siglas inglesas de la Unión
monetaria Europea) o el símil con él es importante
políticamente, porque es claro, es sencillo y es
una idea-fuerza. Entiendo que no se aplica en defensa, es
difícilmente aplicable, porque así como todos
insistimos en lo bueno que sería tener una defensa
común, pocos la vamos a echar en falta si no se alcanza.
No hay ningún incentivo real para los países
miembros de poder seguir avanzando si hay problemas graves.
Así como con el EMÚ la ventaja de tenerlo
o los riesgos de no tenerlo eran sumamente evidentes, aquí
lo es menos. No hay forma de castigar al que se salga de
un plan de convergencia militar. Es decir, no hay mecanismos
todavía pensados, no hay una agenda creada ni definida
como ocurría con el EMÚ. Se puede crear, pero
creo que va a ser mucho más complejo.
Sea como fuere, tampoco me parece
una buena presentación considerar ese hipotético
plan de convergencia como una justificación para
que los ministros de Defensa acudan a sus gobiernos y a
sus ministros de Economía y Hacienda y les digan:
"Oiga, que en Bruselas me piden que haga más
cosas, déme más dinero". Si fuéramos
por ahí, acabaríamos mal y terminaríamos
saliéndonos de los márgenes permitidos.
Además, tampoco podemos
olvidarnos de qué hablamos cuando lo hacemos de defensa
europea: no estamos hablando de defendernos de la extinta
Unión Soviética, ni estamos hablando de tener
un potencial global como los Estados Unidos; por lo que
hay que ser más realistas y más modestos.
Estamos hablando de ser capaces de organizar una misión
de ayuda humanitaria, misión Petersberg, o como queramos
llamarlo. ¿En qué escenario?; eso está
por debatir, al menos dos bosnias simultáneas y una
media operación más en alguna parte de África.
Si tenemos claro que esas son las misiones que queremos
acometer, desde mi punto de vista, lo que habría
que garantizar son unos paquetes de capacidad a los cuales
los diferentes países se pudieran comprometer a aportar
los elementos que hicieran viables esas misiones. Es decir,
si se necesitan transportes, pues que cada país estableciese
un pool y especificara su aportación. El hecho es
que eso implica que la política nacional de adquisiciones
queda muy mermada y está brindando la posibilidad
de que sea otro órgano central quien decida que un
país tenga que comprar aviones y no carros de combate,
y aviones de transporte y no E-18. Este es un debate en
el que habría que dilucidar hasta qué punto
uno Cede su capacidad, ó SU jerarquía, sus
prioridades de adquisiciones presupuestarias, y creo que
es imprescindible.
Ahora, por avanzar un poco en
los temas de los criterios de convergencia, y con esto acabo,
me gustaría poner encima de la mesa algunas ideas
básicas. Creo qué los criterios estáticos
que se han manejado hasta ahora (el PIB- Defensa, ecc...)
no sirven. Si uno mira los estudios comparativos que hace
todos los años la OTAN , habría de concluir
que Grecia es el país que más esfuerzo hace...
y no creo que sea el modelo con el que representar a las
Fuerzas Armadas del siglo XXI. Por tanto, creo que hay que
buscar otro tipo de criterios, y que sean, además,
más seriados, que manifiesten mejor las tendencias,
Y, por copiar alguno del EMÚ, diría que habría
que incluir un criterio de estabilidad en el esfuerzo nacional
de defensa; esto es, habría que fijar algo como:
su país no va a devaluár la moneda en dos
años, no va a recortar su presupuesto de defensa
en los próximos cinco años o en el siguiente
lustro. Tener que aquilatar un poco el esfuerzo nacional
sobre cierros parámetros. Pero, ¿dónde
ponemos la línea?, ¿en la media de la Unión
Europea, o dónde?; ahí estafa el problema.
No obstante, tampoco existen tantas disparidades.
Un segundo criterio, a mi entender
tendría que ser el de capitalización de las
Fuerzas Armadas. Es decir, podemos tener un ejército
que gasta mucho, pero ser muy numeroso y, por lo tanto,
realmente lo que se va es en gastos de personal. Habría
que crear algún tipo de criterio, mediante el cual
la inversión en defensa tuviese una traducción
real en material, o que garantizara al menos que las adquisiciones
de material fuesen a estar dotadas suficientemente en relación
a esas misiones, a esas unidades que hacen falta para las
misiones colectivas. Es verdad que la ratio entre inversión
y gastos de personal se puede modificar reduciendo personal
directamente y no gastando más, péro habría
que indagar algún criterio de inversión y
capitalización en material qué creo que es
lo que da el sentido cabal de la modernización.
Y también, tal como han
señalado mis predecesores, algún referente
de eficacia. Creo que, normalmente, hemos empleado siempre,
por ejemplo, las maniobras y el entrenamiento, y acaso habría
que hablar de gastos por personal militar; no lo sé,
habría que buscar un criterio de eficacia que nos
garantizase esa proyectabilidad, sostenibilidad, flexibilidad,
que son conceptos muy globales y qué se manejan siempre.
Por último, al pensar
en los criterios más estrictos, me surge una duda,
quizá un tanto herética, en el ámbito
de defensa. Partimos de datos comparativos elaborados y
evaluados por la OTAN todos los años y partimos de
una realidad que es que salimos apenas de la guerra fría
y que las estructuras y posturas de fuerza de los ejércitos
europeos respondían a esa situación histórica.
A lo mejor para ir a Kosovo, o para ir a Ruanda, o para
montar una operación en Timor, no es necesario partir
de los presupuestos económicos que han servido de
comparación durante cuarenta años; no lo sé,
es un duda que dejo metodo- lógicamente también
ahí. Realmente, creo que habría que construir
la casa pensando en qué es lo que sé quiere
hacer colectivamente, que eso se garantice, y al margen
de lo que sea colectivo, que cada país se dote de
las mejores Fuerzas Armadas de que sea capaz y sea libre,
evidentemente, de gastar donde y cuanto quiera; pero que
al menos un núcleo colectivo que sirva para realizar
esas operaciones de paz y 4e ayuda humanitaria sí
que esté garantizado.
Por intentar fragmentar las
medidas y aportar en el nivel del debate po- lítico
actual qué consejos podríamos hacer llegar
a los decididores políticos, que tienen un calendario
de toma de decisiones muy apretado en los próximos
meses, éste es mi resumen:
Uno: El tema de la defensa en
la Unión Europea es un tema abierto, cuyo destino
no sabemos cuál va a ser, pero que es un tren en
marcha y que está cogiendo velocidad.
Dos: España es una potencia
mediana en el seno de la Unión Europea y debe tomar
ese tren y aprovecharse para mejorar su propia imagen, sus
intereses nacionales y a la vez los colectivos, y en el
conjunto de la Unión Europea, exportar estabilidad
mediante la realización de las misiones de ayuda
humanitaria que se decidan en un momento dado.
Tres. : Para estar en capacidad
de contribuir eficazmente, todos los países de la
Unión Europea tienen que hacer un ejercicio de convergencia
realista, en el sentido de no esperar grandes incrementos
presupuestarios, si no quizá una racionalización
de su estructura de fuerzas militares y de su gasto interno.
Cuatro: España está
obligada, a esa revisión estratégica que los
demás países han hecho en estos últimos
años y que nosotros la tenemos pendiente. En esa
revisión estratégica, debemos analizar, efectivamente,
empezando por lo básico de la conciencia nacional
de defensa. ES decir, qué gasto queremos tener. De
ese gasto que tenemos, cómo vamos a mejorar su eficacia
y de qué disposición de fuerza vamos a dotarnos
para que en el ejército colectivo de las fuerzas
de seguridad seamos un socio de primera categoría.
El socio creíble en este debate podría ser
Inglaterra. En definitiva, aconsejar al Gobierno que entre
de una vez en este debate y que agarre el toro por los cuernos.
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