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SEMINARIO
"EL
FUTURO DE LA DEFENSA EUROPEA"
23 de septiembre de 1999
• Enrique Navarro, Interventor
del Ministerio de Defensa
En el estudio de la situación
actual de la defensa europea y de su evolución, es
necesario discernir, a mí juicio, entre aquella parte
que se encuentra en los papeles y documentos, y la que está
en la realidad del día a día.
En tos papeles, los consejos
y reuniones, se viene hablando de defensa europea desde
hace mucho tiempo, pero sin salir de las buenas intenciones.
Pero, realmente, el proceso
de definir una defensa europea común, que ha de contener
unos presupuestos, unas fuerzas comunes, una unidad de decisión
y un soporte industrial y tecnológico propio, con
estos términos, es relativamente reciente. Ni siquiera
en el Tratado de Maastricht, que entró en vigor el
1 de noviembre de 1993, hace seis años, se alude
al desarrollo de una política de defensa común,
salvo en terminos muy vagos.
En mi opinión, y a nivel
de la Unión Europea, que es el foro básico
don- de han de desarrollarse todas las decisiones que afecten
al proceso de convergencia política y económica,
no es hasta el Tratado de Amsterdam, que enmienda al de
Maastricht, donde por primera vez se define una voluntad
de política exterior y de seguridad común
y se avanza en los procesos de coordinación de las
políticas de defensa. Y no podemos olvidar que su
vigencia data de enero del año pasado.
En conclusión, aunque
llevamos muchos años hablando de la defensa europea,
la Unión Europea no ha tomado un papel activo en
este proceso hasta fechas bien recientes.
El estado de la cuestión
en el mundo real del día a día, exige, a mi
juicio, abordar tres cuestiones que son definitorias de
una política de defensa, y que constituyen los tres
pilares básicos sobre los que se debe asentar la
defensa europea.
En primer lugar, la defensa
requiere de unos órganos ejecutivos con plena capacidad
decisión, lo que incluye un cierto grado de autonomía
respecto de los gobiernos nacionales.
Estos órganos ejecutivos
han de tener un carácter político, por una
parte, y militar, por otra: una estructura intermedia entre
el Consejo Atlántico y la Comisión Europea.
Sin duda, el mayor problema
a la hora de determinar una estructura de decisión
conjunta, pero autónoma, es la exigencia previa de
unos principios políticos de actuación consensuados
por todos los miembros de la Defensa europea, ya que sin
ellos difícilmente podrán existir organismos
eficaces. A diferencia de la OTAN , en la que existe un
socio de gran peso que habitualmente tiene la capacidad
de impulsar políticas, la situación de igualdad
entre, al menos, cuatro o cinco potencias europeas, exigiría
reforzar ese consenso político para evitar que cualquier
actuación europea se vea precedida de un juego de
negociaciones bilaterales, que retrasaría cualquier
acción militar, o en su defecto, la dejaría
en manos de la OTAN , con una estructura mucho más
ejecutiva.
En este aspecto, creo que sería
por lo menos susceptible de estudio discernir si existe
una voluntad política de crear una defensa europea
por parte de todos los países. Existe un acuerdo
sobre el impulso de la defensa común, e incluso se
producen, ante determinados conflictos o situaciones, posiciones
unánimes. Pero, al mismo tiempo, continúan
existiendo intereses nacionales, que en muchos casos son
contrapuestos, cuya subsanación constituye el mayor
reto de los próximos años.
Pero venimos asistiendo en los
últimos años a disensiones entre países
europeos que no sólo han dificultado la toma de decisiones,
sino que incluso han alimentado conflictos, como pudimos
observar en el proceso de descomposición de la antigua
Yugoslavia, en el que actitudes francesas y alemanas divergentes
no ayudaron e evitar una situación que ha costado
miles de vidas y decenas de miles de desplazados.
En relación con este
primer pilar de la defensa común, resulta asimismo
de gran interés, abordar la relación existente
entre Europa y Estados Unidos respecto a la construcción
de la defensa europea.
El Tratado de Bruselas que creó
la Unión Europea Occidental data de 1948, y constituye
el primer intento de organización de una defensa
común ante un enemigo muy superior y que tenía
decenas de divisiones apostadas a lo largo del Telón
de Acero.
Dos años después,
se constituyó la Organización del Tratado
del Atlántico Norte bajo el impulso y la cobertura
norteamericana, que en aquella época tenía
estacionados en Europa a más de trescientos mil hombres.
La nueva organización absorbió de hecho a
la Unión Europea Occidental, creando unos lazos defensivos
que todavía constituyen, hoy en día, la base
de la defensa de Europa.
Bajo este paraguas, la iniciativa
de la Comunidad Europea de Defensa para la creación
de un ejército europeo común fracasó
por las divisiones intra- europeas, animadas por la política
atlantista del Reino Unido y por la cuantiosa ayuda militar
norteamericana, que permitió la constitución
de una fuerzas europeas con material norteamericano, en
unos momentos de posguerra en los que, salvo Gran Bretaña,
no existían unas fuerzas de combate europeas en el
resto del continente. Bajo estas circunstancias, Europa
no podía permitirse molestar a su principal benefactor.
La reactivación de la
Unión Europea Occidental se produce con la Declaración
de Roma en 1984, en la que se afirma, entre otras cosas,
las implicaciones para Europa de crisis que tengan lugar
fuera de sus fronteras, dando un paso más allá
de lo que había sido el tradicional objetivo de defensa
territorial. En 1987, en el marco de las negociaciones ruso-norteamericanas
para la retirada de fuerzas nucleares de Europa, el Consejo
de la UEO elaboró un documento que abordaba, por
primera vez, la identidad de defensa europea en el marco
de la OTAN. En este documento, conocido como la Plataforma
de la Haya, se realizaban dos afirmaciones claves para el
desarrollo posterior del proceso de defensa europea: por
una parte, al constatar que "... The construction of
an integrated Europe will remain incomplete as long as it
does not include security and defence". Aludiendo a
la indivisibilidad de la Alianza Atlántica, se resuelve
"to strengthen the European pillar ofthe Alliance".
Cronológicamente, los
dos últimos hitos importantes son el Consejo de Víena,
de diciembre pasado, y la cumbre de Colonia , en las que
se hace referencia expresa al proceso de constitución
de organizaciones de defensa con- junta, y a la necesidad
de cierta articulación presupuestaría para avanzar
en el proceso de desarrollo de la PESC, de la cual la defensa
es un elemento clave.
La cumbre de la OTAN celebrada
en Washington en mayo pasado marca, por ahora, el último
hito en esta evolución, al adoptarse la denominada
Iniciativa de Capacidades de Defensa, que constituye un
avance enorme, ya que identifica áreas críticas,
los esfuerzos que han de hacerse, y señala la dirección
a la que todos debemos encaminarnos, aludiéndose
incluso a la necesidad de incrementar los presupuestos militares
europeos.
En resumen, resulta llamativo
que Estados Unidos, que siempre parece alimentar o defender
esta política, diríamos de construcción
europea, en cierta forma, o se adelanta o se superpone a
las iniciativas europeas, aunque Europa se ha beneficiado
durante décadas del paraguas norteamericano, encontrando
en esta situación de inferioridad una posición
ideal para desarrollar sus políticas de bienestar.
En segundo lugar, sería
conveniente comprobar si realmente existe una capacidad
de tomar decisiones en materias defensivas. Tomar decisiones
en defensa no es como en economía o agricultura,
que pueden esperar a una cumbre o a un Consejo extraordinario,
o puede estar supeditado a un proceso de negociación
durante meses. Las decisiones en materia de defensa exigen
a veces horas y los mecanismos actuales de toma de decisiones
siguen siendo muy complejos comparados con la adopción
de decisiones en el seno mismo de la OTAN , que dispone
de su propia estructura político-militar, ya muy
asentada después de cincuenta años. A su vez,
es muy importante para las Fuerzas Armadas tener plenamente
identificados a sus mandos, saber en cada momento quién
tiene capacidad para impartir ordenes, lo que es consustancial
a cualquier organización militar.
De otra parte, yo creo que es
imprescindible determinar a qué fuerza o a qué
tipo de ejército nos estamos refiriendo. Porque hablamos
de defensa europea, pero no sabemos si el objetivo es unificar
todos los ejércitos en uno, o crear unas fuerzas
proyectables que puedan ser utilizadas en determinadas misiones.
Esto es algo que no ha quedado todavía meridianamente
claro.
En principio, la tendencia parece
ser la de posibilitar el desarrollo autónomo de misiones
tipo Petersberg, en las cuales podamos proyectar una serie
limitada de tropas a uno o dos escenarios concretos. Pero,
la amplitud del concepto Petersberg es de tal envergadura
que va a exigir una importante esfuerzo militar y la creación
de fuerzas combinadas de gran espectro.
En la actualidad, los países
europeos disponen de una estructura militar asentada y funcionando
como es la OTAN ; no tiene sentido crear otra estructura
paralela, por los costes, y por todo lo que ello llevaría
asociado. De tal forma que siempre va a estar supeditada
la actuación de fuerzas europeas a la infraestructura
de la OTAN. Así en el propio Consejo de Colonia o
en la cumbre de Washington se vuelve a hablar de la posibilidad
de desarrollar operaciones UEO utilizando infraestructura
de la OTAN , sin que se fije cómo articular el uso
de esa infraestructura o qué papel tendrían
los mandos de la OTAN en el caso de acciones exclusivamente
europeas. Creo que aquí también se impone
definir la estructura de medios personales y materiales,
que serán determinantes del tipo de autonomía
o capacidad ejecutiva que se adopte.
Europa siempre ha basado su
política militar en la defensa territorial del continente,
ya que existía una amenaza superior, real e inminente,
que atenazaba la estabilidad y el desarrollo de los países
occidentales. Una amenaza real como pudo verse en Berlín,
Hungría o Checoslovaquia.
Mientras, Estados Unidos siempre
ha dispuesto de unas fuerzas cuyo único objetivo
era ser proyectables fuera del país, particularmente
a conflictos regionales. De esta forma, el diferencial de
capacidades entre Europa y Estados Unidos, manifestado en
el reciente conflicto de Kosovo, tiene su origen en esta
doble dirección en las políticas de defensa.
Este hecho, acumulado durante treinta o cuarenta años,
es lo que ha generado fundamentalmente la gran diferencia
que existe entre las capacidades europeas y las de Estados
Unidos.
Evidentemente, Europa no dispone
de capacidades para la proyección y sostenibilidad
de tropas, así como su soporte logístico,
lejos de sus fronteras, con deficiencias en sistemas de
información, mando y control, porque no ha tenido
nunca esa necesidad. Precisamente, estas circunstancias
surgen en una etapa de fuerte contracción del gasto
en defensa y cuando los costes de los sistemas de última
generación están al alcance de muy pocos gobiernos,
y algunos sólo de Estados Unidos.
El tercer pilar de una política
de defensa es una estructura industrial y tecnológica
que proporcione los medios necesarios satisfaciendo la demanda
tanto en cuanto a los tiempos de entrega, como calidad del
suministro y su mantenimiento.
En una hipotética función
de producción de defensa, el elemento tecno- lógico
superaría ya ampliamente al elemento personal y al
puramente cuantitativo de material. La supremacía
occidental en las próximas décadas en el contexto
internacional se sustentará en el mantenimiento del
liderazgo tecnológico y para ello, es crucial disponer
de un tejido industrial competitivo.
La base industrial proporciona
otro elemento clave, autonomía. Los países
con altos niveles de gasto pero con una ausencia de base
industrial moderna, como muchos países árabes,
países del Este europeo y del Mediterráneo,
sin bien disponen de unos niveles de fuerza envidiable,
tienen limitada su capacidad de acción, puesto que
lo normal es que cuando se adquieren tecnologías
muy avanzadas a terceros países, éstas vienen
con unas servidumbres que, de alguna forma, condicionan
el uso de los sistemas de armamento. El limitado acceso
que los países adquirientes tienen al software de
los sistemas, o los reducidos stocks que obligarían
a adquisiciones masivas de material en caso de conflicto,
son dos circunstancias que cercenan una política
propia de defensa.
Y, precisamente en estos aspectos,
son en los que el gap diferencial entre Estados Unidos y
Europa es mayor y, a su vez, más determinante de
la evolución futura de la defensa europea. Por un
lado, en el pilar de la capacidad de decisión, se
están articulando mecanismos de toma de decisiones
y de planificación de acciones, y ahí está
la figura del Sr. Pese, o la Célula de Planeamiento,
establecida el 1 de octubre de 1992, responsable de preparar
planes para el empleo de fuerzas y la emisión de
recomendaciones sobre proyectos de comunicación,
mando y control, que aseguren la necesaria coordinación
entre tropas de diferentes países, o el Comité
militar en el ámbito de la UEO. Si bien bdisponemos,
asimismo, de unas fuerzas asignadas a la propia Unión
Europea Occidental, que están perfectamente establecidas
y en las cuales España es un país protagonista
ya que participa en la gran mayoría de la unidades
asignadas permanentemente a la UEO.
Es justamente en el campo de
la base industrial y tecnológica, en el de los equipos
y los materiales, donde más camino falta por recorrer.
A la hora de abordar este aspecto
y sus posibles soluciones, existe una cuestión determinante
de origen: la enorme diferencia presupuestaría entre Estados
Unidos y el resto de Europa. Ya se ha mencionado suficientemente
este aspecto, pero es necesario destacar el diferencial
entre los presupuestos de equipamiento de ambas orillas
del Atlántico. Seguramente, el año que viene
Estados Unidos gastará en equipamiento el doble que
todos los países de Europa juntos. Sólo en
investigación y Desarrollo Europa gastará
el año 2000 un tercio que Estados Unidos.
A eso hay que añadir
el fenómeno de la fragmentación entre los
diversos países europeos, al primar el interés
nacional sobre el continental, y que algunos estudios estiman
en unos 10.000 millones de dólares anuales, casi
un 20% de los presupuestos de adquisiciones europeos, cantidad
que se ahorraría en el caso de que se alcanzaran
unas políticas de desarrollo tecnológico y
de adquisiciones comunes, objetivo de la tantas veces nombrada
Agencia Europea de Armamento, cuyo desarrollo se ve frenado
constantemente por los intereses nacionales.
Asimismo, estas diferencias
presupuestarias se producen en unos momentos en los cuales
las nuevas tecnologías adquieren unos costes realmente
inverosímiles. De hecho, es muy difícil que
cualquier país europeo pueda acceder a sistemas de
armas como los bombarderos B-2, que cuestan cerca de medio
billón de pesetas cada uno, lo cual supone el triple
del gasto en modernización del conjunto de las Fuerzas
Armadas españolas en este año.
A su vez, las propias empresas,
que se mueven en un ámbito de escasa competencia,
promueven este incremento de costes, de tal forma que, cada
año que transcurre, es mucho más difícil
para los países europeos conseguir niveles tecnológicos
similares a los que tienen los Estados Unidos, al menos
en nuestras incapacidades fundamentales.
Es interesante, además,
o por lo menos objeto de debate, hablar de las actitudes
públicas y privadas que se están adoptando
en Estados Unidos respecto a los intentos de construir una
política europea de adquisiciones y de desarrollo
tecnológico.
Por una parte, está claro
que en una situación de presupuestos a la baja, es
difícil que los países no opten por políticas
eficientemente nacionales. En este contexto, es lógico
que países, como España, adquieran material
norteamericano, como la reciente compra de aviones F-18
A/B remotorizados pro- cedentes de la Armada de los EE.UU.
Con estos mismos criterios han procedido el resto de países
europeos. Así, tanto el Reino Unido como Holanda,
han optado por el helicóptero de combate de Boeing,
el AH-64 Longbow. Italia ha optado por el desarrollo del
avión de transporte C-130 de Lockheed Martín.
La respuesta a estas actitudes
es evidente, ya que resulta muy complicado acceder a proyectos
de colaboración que generan unos costes añadidos
muy importantes, incompatibles con las tendencias presupuestarias
europeas, siendo esta circunstancia la que más desanima
a los países europeos, sobre todo a los ministerios
de Defensa, a entrar en proyectos de tipo europeísta.
De hecho, el coste de desarrollo
y producción del Eurofighter se estima superior en
un 67% a un proyecto nacional, en el supuesto ya poco probable
de que un país dispusiera de tecnología propia
para desarrollar de forma autónoma un modelo de estas
características. Aunque los repartos de costes entre
varios países facilitan el acceso a modelos tecnoLógicamente
muy avanzados, imposibilita su comercialización dada
su escasa competitividad.
Simultáneamente, existe
una actuación de Estados Unidos, que no quiere perder
el monopolio en ciertas capacidades tecnológicas
esenciales. Para ello realiza una doble política,
por una parte de respaldo a los proyectos de cooperación
transatlántica, entendida en una sola vía,
y una agresiva política comercial, soportada políticamente,
que incide en aquellas áreas prioritarias para el
desarrollo de una política europea de armamento.
A modo de ejemplo, el desarrollo
del modelo de helicóptero de combate europeo. Tigre,
soportado por franceses y alemanes, está sometido
por una parte a retrasos y costes elevados, características
de los programas multinacionales, lo que viene a cuestionar
su viabilidad dentro de los propios países fabricantes.
En este marco. Estados Unidos lanzó una suculenta
oferta, tanto a Holanda como al Reino Unido, para la adquisición
del helicóptero norteamericano Apache, en unas condiciones
muy ventajosas, que incluyen el montaje en Europa y la participación
de empresas europeas en la coproducción, otorgando
ciertas facilidades para la exportación.
En las últimas acciones
humanitarias y militares, se ha mostrado la imperiosa necesidad
de disponer de una aviación de transporte que pueda
proyectar tropas y material a regiones lejanas o aisladas.
Sin embargo, durante décadas, Estados Unidos ha ostentado
un monopolio en la aviación de transporte con los
modelos C-130 Hércules.
Los países europeos,
que disponen de un fabricante como Airbus con capacidad
para construir aviones de gran tamaño y altamente
competitivos en el mercado internacional, pretenden aprovechar
esta capacidad para lanzar el proyecto FLA (Future Large
Airlift), que nos permitiría disponer de un modelo
totalmente europeo en un área esencial. Sin embargo,
los intereses nacionales pueden llevar al traste esta iniciativa,
básica para el desarrollo de la defensa europea.
Así, Alemania defiende la opción de adquirir
el avión ucranio Antonov. Mientras, Italia ha adquirido
aviones C-130 Hércules, de última generación,
gracias a un acuerdo de colaboración entre Lockheed
Martin y Alenía. Reino Unido, país que dada de su
gran capacidad de demanda, es crucial en el desarrollo del
modelo europeo, parece decidido por el nuevo avión
norteamericano C-l 7 Globemaster, de los que ha adquirido
cuatro modelos en régimen de leasing, instrumento
habitualmente reservado por Estados Unidos para material
excedente.
En este contexto, la última
guerra comercial está en plena ebullición,
"la guerra de los misiles" como la han titulado
algunos medios de información británicos.
Los países europeos que están desarrollando
el EF-2000, tienen pendiente de decidir el equipamiento
de armas que dotará dichas unidades, y entre ellas,
la más importante es la de los misiles aire-aire
de medio alcance, que son los más decisivos a la
hora de alcanzar una superioridad aérea. Por una
parte, la empresa franco-británica Matra-Bae Dynamics
lidera el programa Meteor, un misil de última generación
y totalmente europeo, que se pretende que equipe tanto al
modelo francés Rafale, al sueco JAS-39 Gripen de
SAAB y al EF-2000. En el caso de desarrollarse, supondrá
la pérdida del monopolio tecnológico norteamericano,
basado en su modelo AMRAAM, que todavía tiene un
gran éxito de comercialización, y el acceso
europeo a una de las tecnologías críticas
de material de defensa.
El monopolio ejercido por Estados
Unidos en muchos sistemas ha permitido obtener modelos muy
competitivos, que se adaptan perfectamente a las demandas
de países europeos, con presupuestos muy restrictivos.
Pero esta dependencia tiene, en el caso de los misiles,
una consecuencia añadida fundamental.
En lo que se refiere a la aviación
de combate, tan importante como el avión lo es el
sistema de armas, y si hemos dedicado los europeos tantos
esfuerzos para desarrollar un modelo totalmente propio,
no tendría sentido que sus equipos fundamentales
no tuvieran el mismo origen, porque, en caso con- trario,
el uso del sistema de armas completo estaría condicionado
a un proveedor extranjero muy celoso de su tecnología
y de su posible utilización en contra de sus propios
intereses.
Una constante en los últimos
acuerdos y declaraciones en torno al desarrollo de la defensa
europea ha sido la necesidad de avanzar en la armonización
de los equipos, por razones económicas y operativas.
Y creo que, en esta parcela, avanzar resulta muy difícil
si no se converge presupuestariamente, por un lado, y se
articulan estructuras comunes, por el otro, que nos permitan
reducir nuestros costes y ser más eficientes aprovechando
las economías de escala que se producen en este sector.
El gran éxito de la Unión
Europea, y lo que ha generado tantos efectos positivos en
el Continente, ha sido el respaldo financiero que siempre
han tenido los objetivos de la Unión. Alemania ha
soportado durante décadas unos presupuestos que han
generado, y están generando, una cantidad de recursos
muy abundante para determinados países, que ven incrementada
su vocación europeísta.
Sin embargo, cuando se trata
de hablar de política de defensa, estamos totalmente
en el polo contrario. La colaboración genera costes,
y, además, cada vez hay menos dinero. Y en este entorno,
resulta muy difícil crear o solucionar una serie
de problemas realmente graves.
A pesar de ello, se están
dando pasos o se están emprendiendo cosas importantes.
Ahí está el Grupo Europeo de Armamento, o
la Organización para Cooperación Conjunta
en materia de armamentos, fundada por los cuatro países
europeos más importantes, Alemania, Francia, Italia
y el Reino Unido, que absorben más del 80% de los
presupuestos europeos y de la producción europea
de material de defensa, en un intento de solucionar esos
problemas de fragmentación y de poder acceder a esas
tecnologías y a esos sistemas de armas que permitan
hablar realmente de una política de defensa europea,
que sólo será autónoma en la medida
en que se dote de sus propios medios.
Cuando se habla de convergencia,
y es arduo establecer criterios de convergencia, entiendo
que tampoco hay que ser particularmente presuntuosos o
demasiado ambiciosos.
El espectro en el que nos movemos
es disponer de fuerzas para atender simultáneamente
dos conflictos regionales. Ello sin duda no exige de unas
fuerzas espectaculares ni, por tanto, de una asignación
de recursos que obligue a grandes incrementos presupuestarios.
Sin embargo, atender a crisis regionales exige avanzar mucho
en las políticas citadas, porque hasta ahora los
conflictos en los que ha intervenido la OTAN han sido relativamente
pequeños, y ya se han visto los problemas que ha
afrontado Europa, que apenas ha tenido una intervención
importante en Kosovo, a merced de las capacidades en inteligencia,
mando y control y munición de alta precisión
aportadas por las Fuerzas estadounidenses, y Kosovo ha sido
un conflicto militarmente menor, en el que ni ha habido
una resistencia militar y la intervención militar
directa se ha producido tras la retirada de las tropas serbias.
Pero imaginemos si esto hubiese ocurrido en el Cáucaso,
donde hay la situación es explosiva, o en Cachemira,
con dos potencias nucleares enfrentadas, o en Taiwan.
Ahora bien, ¿qué
criterios de convergencia ? Habrá que establecer
aquéllos que permitan disponer de esas fuerzas adecuadas
a los distintos escenarios posibles. Lo que resulta más
complejo es fijar el referente de convergencia, así
como el propio contenido de la misma.
Tradicionalmente, el referente
del gasto militar sobre el Producto Interior Bruto (PIB)
se ha tomado como medida del esfuerzo de un país
en defensa. Este índice es demasiado objetivo para
ser tomado como referencia, por- que, por ejemplo, Grecia
no constituye precisamente un modelo de ejército
moderno, a pesar de dedicar un alto porcentaje sobre el
PIB.
Fijar una banda también
resulta extremadamente difícil, desde el momento
en que existen políticas exclusivamente nacionales
de defensa que exceden de los intereses europeos. Por esta
razón, países como Francia o el Reino Unido
disponen de capacidades sobredimensionadas, comparadas con
el resto de países europeos.
Desde un criterio más
operativo, sería necesario exigir determinadas aportaciones
de medios humanos y materiales, así como la participación
activa en los programas y organismos de desarrollo de la
política de defensa europea, fundamentalmente aquéllos
de carácter económico y tecnológico.
Lo que sí resulta evidente
es que España debe incrementar sus recursos para
dicha participación activa, ya que, con independencia
de cualquier índice de referencia que se tome, no
sólo nos encontramos en el vagón de cola,
sino que estamos muy lejos del esfuerzo que realizan países
mas pequeños como Portugal o Noruega, por citar dos
ejemplos.
En cualquier caso, sí
debemos considerar como escenario más posible para
los próximos años un aumento del diferencial
entre Estados Unidos y Europa. Por un lado, la situación
presupuestaría alemana no augura sino nuevas reducciones
de su presupuesto de defensa, mientras que el resto de los
países europeos apenas puede aspirar a mantener sus
presupuestos de equipamiento. Por su parte, el superávit
presupuestario norteamericano, junto al desarrollo de una
conciencia de defensa mucho más arraigada en el Congreso,
que viene a incrementar año tras año las propuestas
de gasto del propio gobierno, permitirá, tal como
se establece en las previsiones para los próximos
ejercicios presupuestarios, alcanzar un presupuesto de adquisiciones
e I+D que para el año 2002 será superior a
los 100.000 millones de dólares, frente a unos escasos
40.000 millones de los países europeos.
En este contexto, es necesario
articular estructuras que reduzcan ineficiencias, que son
excesivas. He aludido antes a la fragmentación y
su coste, y en este sentido, la puesta en marcha de una
Agencia Europea de Armamento que permita una unificación
de las políticas de demanda es tanto más necesaria
cuanto que en el futuro existirán unos pocos grupos
industriales de defensa que podrían dominar el mercado
si no existen contrapoderes que limiten su situación
de privilegio en el mercado.
Asimismo, deberá reducirse
la excesiva carga de personal de los ejércitos europeos,
sobre todo en los países que aún mantienen
un sistema de recluta obligatoria, reduciéndose el
número de mandos que gravan el presupuesto de forma
notable.
Ahora bien, a la postre, va
a resultar muy difícil que Europa, si no se establece
una política exterior auténticamente común,
y si esa decisión no va acompañada de la creación
de órganos ejecutivos, de forma similar al funcionamiento
de la Comisión Europea, pueda alcanzar los objetivos
de una defensa europea. La existencia de la OTAN , con todas
sus ventajas, supone una barrera dada la eficiencia de su
funcionamiento, y por ello el esfuerzo debe ser mayor, sobre
todo en lo referente a la búsqueda de la eficiencia
y al desarrollo de la base industrial y tecnológica
europea de defensa, paso previo e ineludible para una eventual
cooperación transatlántica.
Para resumir, creo que, por
una parte, no existirá unidad política y por
tanto Unión Europea, si no hay defensa común
europea. Y eso es una idea que se ha manifestado en todos
los documentos y acuerdos adoptados, pero es algo que hay
que hacer realidad. Tenemos una Unión monetaria,
que es algo importante; y sin duda el abandono de la moneda
supone ceder una importante representación de la
soberanía nacional. Pero la unión política
va inexorablemente unida a una defensa común, que
implica unos órganos de decisión ejecutivos,
una comunidad de intereses y de valores, y una estructura
de fuerzas y medios autónomos.
Cómo avanzar? Sin duda,
la convergencia presupuestaría es importante y ahí
los que más tenemos que converger somos nosotros,
que somos los que estamos más lejos, y también
coincido en que la convergencia siempre será a la
baja, excepto para España. Además, es fundamental
articular mandos y estructuras conjuntas, en el sentido
de la reciente propuesta francesa.
Para España, sería
fundamental aprovechar este impulso que la defensa europea
está recibiendo, como se ha visto en el Consejo de
Viena y en la cumbre de Colonia . Es la primera oportunidad
histórica que tenemos de subir a un tren que está
comenzando a arrancar, que es el tren que perdimos en la
Unión Europea o en la OTAN , a los que nos incorporamos
en marcha y en las plazas libres que quedaban. Es la primera
ocasión que tenemos de participar en un proyecto
europeo, en un proyecto internacional entre los países
europeos, demócratas y más desarrollados social
y económicamente, entre los que debemos contar, siendo
protagonistas; y es una oportunidad histórica, política,
cultural y económica que no podemos perder.
Para subir a ese eren se han
tomado las decisiones políticas oportunas, pero deben
ir complementadas por acciones que permitan participar de
forma activa, y entre ellas dos deben destacarse.
Al igual que han hecho otros
países, como Francia con su Libro Blanco o el Reino
Unido con la Strategic Defense Rerieu. es necesario establecer
un plan a medio y largo plazo que delimite un horizonte
presupuestario y fije aquellos objetivos de fuerza que,
como consecuencia de la participación en los organismos
internacionales de defensa, se ajusten al peso político
y económico de nuestro país.
En segundo lugar, España
viene dedicando a la defensa, -un concepto que excede al
tradicional, para incluir una presencia activa en la pacificación
de conflictos o en tareas de ayuda humanitaria - unos recursos
que no sólo han disminuido drásticamente,
sobre todo en la primera mitad de esta década, sino
que incluso son todavía inferiores a lo que reflejan
las estructuras presupuestarias. En este sentido, no podemos
olvidar que los costes de una reducción brutal en
el número de efectivos de los ejércitos españoles,
que se ha producido en los últimos quince años,
son soportados directamente, a diferencia de lo que ocurre
con otras reconversiones, por la propia cuenta de resultados
del Ministerio de Defensa, de tal forma que para el año
2000, 118.000 millones de pesetas (un 12% del total) se
dedicarán a pagar sueldos de personal militar que
ya no presta servicios en las Fuerzas Armadas, mientras
que el gasto de modernización será de 132.000
millones de pesetas.
En definitiva, si bien los incrementos
presupuestarios son esenciales para la participación
activa en el proceso de defensa, y este aspecto exige concienciar
a la sociedad de esta necesidad, es primordial eliminar
incertidumbres fijando unas dotaciones futuras, y ahí
está pendiente la Ley Programa, y suprimir ineficiencias
que, en una organización sometida a grandes cambios,
son inevitables, pero que deben ser solventadas para un
funcionamiento más eficaz de la Institución.
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