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TERCEROS ENCUENTROS ESTRATÉGICOS FRANCO-ESPAÑOLES


25 de octubre de 1999


• Eduardo Serra, Ministro de Defensa. Discurso de apertura.


Nos encontramos en un momento extraordinariamente rico para la reflexión y también para la acción. Francia y España se encuentran juntas en la misma encrucijada estratégica. Somos dos países con decidida vocación europeísta; mantenemos similares preocupaciones sobre nuestro común entorno mediterráneo; gozamos de una posición lingüística autónoma del anglosajón y, en esa medida, privilegiada; en fin, hasta en lo más concreto parecemos coincidir, como pueda ser la profesionalización, prácticamente simultánea, de nuestra tropa y marinería.

El intercambio de ideas que aquí se produzca será sin duda positivo, no sólo para entendernos mejor, sino, sobre todo, para establecer las áreas y las acciones que podamos emprender conjuntamente.

Ahora bien, a mi juicio, no venimos exactamente del mismo sitio. España sufrió un siglo XIX muy duro; entró en el siglo XIX como una potencia, decadente, pero potencia al fin y al cabo, y ese concepto desapareció absolutamente a lo largo del XIX y en la primera mitad del siglo XX. Y digo la primera mitad y no durante todo el siglo XX porque quiero creer, y creo, que a partir del año 1975 está volviendo a recobrar el pulso que le fue habitual: España ha vuelto a participar en el concierto de las naciones y, desde luego, tiene vocación de recuperar esa posición, que a juicio de los españoles no debió perder nunca.

No seré yo quien me atreva a juzgar cuál es la situación de Francia, de dónde viene para estar hoy situada en esa encrucijada paralela a la que hoy tiene España, pero permítanme un par de pinceladas. En primer lugar, la política exterior francesa desde hace mucho tiempo, desde tiempos del general De Gaulle, mantuvo un extraordinariamente exquisito equilibrio entre dos bloques, lo cual le permitió gozar de una posición singularmente privilegiada. A partir del año 89, con la caída del muro de Berlín, la extinción del Pacto de Varsovia, el panorama intelectual, la situación internacional, la situación estratégica ha cambiado radicalmente, y por tanto parece que es necesario, conveniente y aconsejable una revisión de ese planteamiento internacional, por que probablemente no se esté en la misma situación estratégica.

En segundo lugar, déjenme que como antiguo funcionario público haga un canto de la administración francesa. Creo que, sin duda, durante el siglo XX, si Europa ha tenido una administración competente, eficaz, ha sido la administración francesa. Los cuerpos de élite, la sabía distribución competencial, han hecho de Francia, del Estado francés, de la administración francesa, un verdadero modelo para todos lo Estados europeos.

Hace pocos años (quizá el dato que pueda servir es el año 80, y quizá las personas que pudieran representarlo son el presidente Reagan y la primer ministro Thatcher), Europa da un giro radical, establece un punto de inflexión con el estado del bienestar, que se genera a partir de la segunda guerra mundial. Ese welfare state.del que acaso su mejor patrocinador económico fueJohn Maynard Keynes, asignaba al Estado la consecución de dos fines sustancialmente diferentes: en primer lugar, el logro de la cohesión social, pero también le encargaba la consecución de metas económicas: no se trataba tan sólo de la distribución de riquezas, sino de la creación de riqueza. Eso hacia que al fin de la cohesión, el Estado debía unir el fin de la prosperidad. Probablemente, la subida de los crudos, la primera en 1973, la segunda en 1980, hace que se revele absolutamente imposible para los Estados cumplir simultáneamente esos dos objetivos, y empieza un giro copernicano en la conducción de los asuntos políticos económicos en Europa Occidental: va a estar presidido por el signo de la privatización, que con más o menos rapidez hemos ido acometiendo, abordado los distintos Estados europeos. Es decir, nos encontramos en una situación donde la que hoy se le llama la sociedad civil asume el papel de protagonista, arrebatándoselo a las administraciones públicas, y no hace falta que diga que todo esto son modulaciones y no distinciones tajantes. Ahora mismo -luego me referiré a la industria aeronáutica europea- tenemos un ejemplo no sólo de tratar de conseguir metas europeas, sino también de lograrlo por la vía de la privatización de los esfuerzos.

En cualquier caso, Francia y España, en la encrucijada en la que nos encontramos, deben enfrentarse a problemas, a realidades similares, y una de ellas es la defensa europea.

Creo que hay algunos puntos que resultan claves para la acción estratégica hoy en día: en primer lugar, el debate sobre la defensa europea. Como ustedes saben, las antiguas Comunidades mantuvieron al margen los temas de defensa para concentrarse en los aspectos económicos de la unión. Este 'pacifismo institucional, como ha escrito alguien, ha ido cambiando poco a poco a lo largo de los años. Primero con el Acta Única, después con el Tratado de Maastricht, su revisión de Amsterdam y, finalmente, con las decisiones adoptadas en el Consejo de Colonia del pasado mes de junio.

Por primera vez en toda su historia, la UE empieza a pensar en unas competencias de defensa con visos de realidad. ¿Y por qué ahora? Hay dos causas, a mi juicio. En primer lugar, una causa estructural: Europa tiene su moneda, y la moneda -a veces lo olvidamos- no es más que un título de crédito. La moneda es un título de crédito, por lo tanto, detrás de la moneda tiene que haber alguien con crédito, con credibilidad, y alguien con credibilidad tiene que ser fuerte. Creo que son escasísimos los ejemplos en la historia en los que ha habido una moneda fuerte sin respaldo militar, si es que los hay. Cuando nace el Estado nacional, allá por el siglo XV, el poder real, por oposición al de los señores feudales, se decía que tenía cuatro características, las cuales enmarcaban, caracterizaban a la soberanía: el poder de administrar justicia, el poder de exigir tributos, el poder de acuñar moneda (el right to print que dicen los sajones) y el derecho de tener un ejército.

Europa tiene ya su moneda y vamos viendo cómo va enriqueciéndose con las notas clásicas de la soberanía. Acabamos de oír hablar del pilar de justicia y de seguridad, tenemos el right to print... ¿qué pasa ahora con la defensa? Estructuralmente, ahora es la hora de la defensa.

Pero coyunturalmente, también es la hora de la defensa. Quizá hemos hablado demasiado tiempo de identidad y lo hemos hecho muy poco de capacidad, y el espectáculo de Kosovo ha sido, si me permiten la expresión, lamentable para Europa. En efecto, el giro que se había iniciado desde ese desdén tradicional a partir de la declaración de Saint-Malo, a finales del año pasado, cobra un nuevo ritmo completamente nuevo con la guerra de Kosovo. En esta campaña, Europa como tal, como conjunto colectivo de nuestros países, ha dado indudables pruebas de debilidad. Las fuerzas que los europeos hemos podido poner a disposición de una acción conjunta no han sido más que una pequeña fracción del agregado total de nuestras fuerzas armadas.

Kosovo, por tanto, ha puesto ante nuestros ojos una disparidad patente entre una Europa rica y dinámica, exultante tras el logro histórico del euro y una Europa militar fragmentada e incapaz de levantarse por sí sola ante los retos de las misiones de apoyo a la paz. Una Europa militar enana, además, en comparación a los Estados Unidos.

En Colonia , hay que reconocerlo, la UE ha adoptado decisiones trascendentales. En el plano institucional, por ejemplo, la designación de Javier Solana como el primer Sr. Pese; la creación de un comité político-militar capaz de prestar el asesoramiento necesario; la posibilidad de contar también con un Estado Mayor europeo; la preconizada absorción de la UEO y, en fin, que el Consejo de Asuntos Generales pueda reunirse de manera ampliada a los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, si así se considera conveniente.

Pero para mí, el hecho más decisivo de Colonia no es tanto lo adoptado, que, como digo, es muy importante, sino que dichas decisiones no representan más que el punto de partida en esta nueva etapa de reflexión sobre la defensa europea. Quien vio en Colonia la culminación de una etapa se equivocó y las propuestas para avanzar construyendo capacidades de defensa en el seno de la UE no han parado desde entonces: ahí está el Plan de Acción del Presidente Chirac; o la propuesta conjunta Blair-D'Alema; o la carta del canciller alemán Schróder y Chirac.

Personalmente, estoy convencido de que en el terreno de los mecanismos de decisiones, la UE debería pensar seriamente en contar con un Consejo de Ministros de Defensa cuando las circunstancias lo aconsejen. Y no pienso en situaciones bélicas, sino en decisiones que afecten a la racionalización de nuestros ejércitos y que deberían ser adoptadas y desarrolladas de forma coordinada o colectiva. Es una idea que dejo abierta al debate. Es casi seguro que no podrá funcionar ni un Comité Militar ni un Estado Mayor europeo si no están en ese engranaje los responsables de los funcionamientos de las defensas nacionales. Para que eso funcione, será, a mi juicio, imprescindible que se involucren personalmente los ministros de Defensa en el ámbito europeo.

Kosovo ha puesto sobre el tapete las disparidades en capacidades militares entre Europa y América y entre los mismo europeos, quienes gastamos poco y mal, en el sentido de que duplicamos innecesariamente los esfuerzos en ciertas áreas y dejamos sin desarrollar otros aspectos. De ahí esa idea que se baraja repetidamente, aunque no ha cobrado aún cuerpo: el establecimiento de un plan de convergencia en materia de defensa. Se trata de una idea-fuerza que intenta copiar el espíritu y el método de la unión monetaria, pero que en defensa debe ser algo distinto. No es lo mismo obligar a gastar menos para reducir el déficit que impulsar a gastar más en armamento y material.

Es más, el esfuerzo que se haga para obtener unas capacidades colectivas nunca puede ir en detrimento de los planes nacionales y de las condiciones de seguridad de cada uno. Por eso, cualquier iniciativa de convergencia debería llevar a definir unos objetivos colectivos y las contribuciones nacionales a los mismos, dejando abierto cómo lograrlo en el terreno nacional. No se trataría, por tanto, de delimitar un umbral del gasto en defensa con relación al PIB, por muy importante que sea dicho indicador, cuanto de asignar una proporción de recursos nacionales al esfuerzo colectivo. Por poner un ejemplo, que cada país se comprometa a tener disponible para una acción conjunta un tanto por ciento de sus fuerzas. Obviamente, dicho compromiso nacional debe contribuir a que Europa cuente con un porcentaje del total de fuerzas de los europeos en un momento dado.

Por otra parte, qué duda cabe que se deben utilizar otros parámetros. Los ejércitos modernos tienen que contar con una preparación y unos medios materiales que obligan a una constante modernización. De ahí que la tasa de in- versiones sea muy relevante. Como también lo es que sus tropas sean profesionales.

Desde luego, adquirir los medios tecnológicamente avanzados no re- quiere un plan de convergencia, pero al menos sí una acción común como se ha puesto de relieve en el seno de la OTAN con la Iniciativa de Capacidades de Defensa, plan del que los europeos podemos aprovecharnos, y mucho. Aun así, la idea de un plan de convergencia sigue siendo políticamente atractiva. También lo dejo para sus discusiones.

Por último, nos queda el ámbito industrial, pues así como no puede concebirse una Unión plena sin defensa, tampoco puede comprenderse una defensa y unas fuerzas armadas sin el sustento de una base industrial que las dote de los medios necesarios.

En los últimos tres años, los gobiernos europeos hemos tratado de servir de facilitadores para que las empresas europeas aunaran sus esfuerzos y consolidaran el sector. También hemos dado los pasos precisos para cambiar no sólo el volumen empresarial, sino su modelo de gestión, pues al fin y al cabo, numerosas empresas europeas eran propiedades estatales hace muy poco. El proceso de privatización experimentado en Europa en estos últimos años será el mejor exponente del liberalismo político en el terreno de la defensa.

Las empresas han iniciado la senda de sus reestructuraciones, lo que dará un cambio sustancial del lado de la oferta a escala europea. Desde el lado de la demanda, los gobiernos tenemos ahora que ofrecer el horizonte de estabilidad, de claridad y de transparencia, a fin de que los proyectos de colaboración y fusiones puedan ser fructíferos.

Pero no se puede hacer en Europa una industria de la defensa si la van a hacer entre dos o tres países. Es evidente que habrá que tener en cuenta el diferente punto de partida industrial y tecnológico que tiene cada país. La realidad es siempre tozuda y se rebela si no se la tiene en cuenta; pero, a mi juicio, es igual de evidente que si se quiere hacer algo en Europa hay que contar con todos los países europeos: con los que tienen una industria de defensa grande y potente, con los que la tienen mediana y con los que la tienen pequeña, porque, si no, es darles una invitación a que vayan a comprar a otro lado. No podemos, y menos en los momentos fundacionales, ser egoístas y pretender tan sólo conservar nuestras propias capacidades, sino que merece la pena ser un poco generosos, involucrar en esta base industrial y tecnológica de la defensa a todos los países de Europa, crear los mecanismos adecuados para que Europa pueda competir (y la competencia sana exige que puedan tener todos los instrumentos todos los competidores), pueda tener una propia base industrial y, por tanto, pueda ser a medio plazo una realidad la capacidad europea de defenderse.

Termino con la tercera razón: la temporal. Si no hacemos ahora la Europa de la defensa, no se hará nunca. Quizá basta un ejemplo referido a la industria que crea más empleo y genera mayor riqueza, la del automóvil, en la que, por supuesto también manda la economía de escala: EE.UU., con un millón y medio de hombres tiene un vehículo de combate, mientras que Europa está desarrollando once vehículos de combate diferentes. Si seguimos así, en la próxima generación, una cosa es segura: todos compraremos el vehículo de combate norteamericano. Luego a la razón estructural y a la razón coyuntural, se impone una razón temporal: si no hacemos la industria de la defensa europea y la defensa de Europa ahora, no se hará nunca.

Como comencé diciendo que es infantil considerar que las circunstancias en que vive uno son singulares (alguien decía que uno de los síntomas de la estupidez humana es el concepto mesiánico de la propia generación -esto se solía decir mucho a raíz de mayo del 68-), tampoco hay que pensar que las oportunidades no puedan volver; por tanto, a lo mejor esta última afirmación que he hecho de que si no se hace ahora, no se hace nunca, hay que ponerla en sordina. Pero, en todo caso, parafraseando a nuestro querido Ortega y Gasset, creo que, sin exageración, se podría decir que la defensa de Europa es uno de los temas de nuestro tiempo.

 

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