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TERCEROS ENCUENTROS ESTRATÉGICOS FRANCO-ESPAÑOLES
25 de octubre de 1999

• Javier Rupérez, Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados. Mesa redonda:

"El futuro de la PESC."

Voy a intentar dar algunas pinceladas sobre lo que me parece fundamental que tengamos en cuenta, no tanto (a veces nos movemos en terrenos excesivamente conceptuales, pero ya que lo hacemos, también querría yo pisar ese terreno) en el terreno de la política exterior y de seguridad común, como en el terreno de la identidad europea de seguridad y de defensa. Podrá parecer una sutileza innecesaria, pero pienso que no lo es, porque creo que donde estamos realmente ahora es en el segundo de los terrenos antes que en el primero. Y no porque hayamos llegado a la política exterior de seguridad y de defensa, porque desde el punto de vista del convencionalismo del vaso medio lleno o medio vacío, me quedo, por razones intelectuales, con la fórmula gramsciana del pesimismo de la razón, puesto que la verdad es que eso como tal no existe, aunque es evidente que se han ido dando tantos pasos que en este momento, con razón también, podemos decir que alguna justificación para el optimismo de la voluntad ya tenemos.

Pero también quería decir que en toda esa discursión tendríamos que aplicamos algo básico, y es que si no existe política exterior y de seguridad común o identidad europea de seguridad y de defensa no es porque los americanos nos lo hayan impedido, sino porque nosotros no hemos sido capaces de hacerlo. Y a mí me parece que eso es un dato que hemos de tener permanentemente en cuenta por lo que en seguida diré.

Otra evidencia: no podemos permitirnos el lujo de ir avanzando sobre una geometría cada vez más identificada y cada vez más unida, y al mismo tiempo no conseguirlo sobre el terreno de la política exterior y de segundad común o sobre el tema de la identidad europea de defensa. Pero no tanto porque los americanos nos sirvan de elemento de reflexión, sino porque creo que tenemos que acostumbrarnos a reclamar la autonomía de nuestras propias reflexiones y la autonomía de nuestras propias capacidades. Todo esto, que es una de las primeras cosas que quería decirles, debe ser un ejercicio europeo autónomo, no sólo, y no principalmente inspirado o realizado en función de que los americanos existen, cosa que ya sabemos suficientemente, sino porque si Europa quiere ir cumpliendo toda una serie de los objetivos que para nosotros (quizá con la excepción de algún conservador británico y algún neonazi austríaco o alemán) son evidentes: tenemos que evitar la existencia de una geometría variable en términos de seguridad, en términos de política exterior y en términos de defensa. De manera que la identidad europea de seguridad y defensa tiene su propia lógica, no es una lógica que esté únicamente relacionada con lo que hagan o dejen de hacer los americanos; está relacionada con nosotros, con lo que nosotros queremos hacer, con lo que nosotros queremos alcanzar, teniendo en cuenta también que en determinada situaciones, es evidente, se pueden producir percepciones de seguridad o percepciones de intereses que no coincidan exactamente con las de los EE.UU.

En segundo lugar, creo, y hay que decirlo también muy claramente (en cualquier caso, es mi convicción y entiendo que es también la de una gran parte de la opinión pública española), que el desarrollo de la identidad europea de seguridad y defensa, no debe crear un foso entre Europa y los EE.UU. Y al mismo tiempo también, no debe tener consecuencias negativas para la OTAN. Tomo nota de la preocupación eventual que manifiesta Andrés Ortega, que está bien desde el punto de vista reflexivo, y también desde el punto de vista de la voluntad, desde el punto de vista de la determinación política, pero creo que sería enormemente dañino para nosotros que esa reflexión fuera al final concebida como una reflexión exclusivamente frente o contra los americanos. Creo por el contrario que esa reflexión al final debería reforzar la Alianza Atlántica.


En tercer lugar, creo que la identidad europea de seguridad y defensa, si se quiere también la misma PESC, debería ser vista como un proceso evolutivo. En el que comenzáramos por lo que en algún sentido ya se ha comenzado,

que es estrictamente por los terrenos de política exterior; que siguiéramos por lo que se podría llamar política común de seguridad, en donde, efectivamente, hay ya algunas intuiciones o algunas identificaciones, (cuando se habla, por ejemplo, de las tareas Petersberg o de la gestión de crisis o de la capacidad de gestión de crisis, estamos hablando de esa seguridad común). Y en tercer lugar, naturalmente, y hay que decirlo también para todos aquellos que se quedan en las tareas Petersberg, también en la defensa. Desgraciadamente, la política común de defensa todavía no esta plenamente en la agenda de nuestras acciones y creo también que desde ese punto de vista deberíamos recordarnos que, por el momento y quizá por un futuro bastante largo, la misión de la defensa colectiva sigue estando en las manos de la OTAN.

En cualquier situación, creo que también, en cuarto lugar, nos tendríamos que plantear cuáles son los escenarios en donde la identidad europea de seguridad y defensa se debería ver proyectada. Es decir, gestamos hablando del Norte de África, de los Balcanes, del Este de Europa, de Oriente Medio...:; y en función también de esos escenarios que eventualmente pudieran aparecer, nos tendríamos que preguntar asimismo una de las preguntas básicas, que pocas veces nos hacemos, que es: qué capacidades tenemos en función de lo que queremos hacer? Sabiendo, primeramente, qué es lo que queremos hacer.

En quinto lugar, creo que tendríamos que ir imaginando cuál es el final del proceso, porque de eso se habla relativamente poco. Mi convicción personal, y con ella no intento arrastrar a nadie, es que si quisiéramos ser plenamente conformes y coherentes con lo que estamos predicando, deberíamos imaginar un mundo en donde todos lo miembros de la Unión Europea fueran miembros de la Unión Europea Occidental y donde todos los miembros de la Unión Europea Occidental fueran al mismo tiempo también miembros de la OTAN. Creo que incluso en la situación en la que estamos en este momento tenemos tal cantidad de status variables, que sería muy difícil que esa proyección de la situación actual pudiera imaginar algo que se pudiese asemejar a una política común de defensa.

Creo que, en sexto lugar, también esa identidad europea de seguridad y defensa debe ser situada en el contexto general de las relaciones globales entre Europa y los EE.UU. Teniendo en cuenta también otros intereses que más que separarnos, con independencia de los rifirrafes, de los problemas o de las tensiones que eventualmente puedan aparecer, y que de hecho aparecen, nos unen: son las relaciones económicas entre Europa y los EE.UU., son otros grupos de actividad, en donde europeos y americanos, aunque no todos los europeos, se ponen en relación muy estrecha; como, por ejemplo, el grupo de los ocho.

Y en séptimo lugar, diría que deberíamos también imaginar cuáles son los países y, eventualmente, hacer una lista, de aquellos países que tienen que sentirse o que deberían verse afectados por la existencia de una identidad de seguridad y de defensa. Tenemos que hablar de los miembros de la Unión Europea que son actualmente miembros de la OTAN ; tenemos que hablar, naturalmente, de los miembros de la Unión Europea que no son miembros de la OTAN , de los miembros asociados de la Unión Europea Occidental, también de aquellos países que se están ya definiendo como candidatos o como potenciales miembros de la Unión Europea y de la OTAN.

Quedan muchos temas por discutir y están algunos de ellos indicados: uno de ellos, por ejemplo, es plantearnos exactamente cuál es el papel de la neutralidad dentro de la Unión Europea, si es posible el mantenimiento de un status de neutralidad dentro de la Unión Europea, qué es lo que van hacer los neutrales con respecto a la Unión Europea. Y en ese sentido, de momento al menos, no tengo gran optimismo; observo las declaraciones recientes de los finlandeses -cón independencia de lo que está haciendo Finlandía en la presidencia de turno de la Unión-, de los suecos y de los austríacos, incluso de los daneses, dicho sea de paso, y me hacen pensar que eso de la identidad europea de seguridad y defensa todavía tiene un cierto camino que recorrer.

Debemos pensar también qué hacemos con Turquía, qué hacemos con Noruega, qué hacemos con Irlanda, miembros de la OTAN que no son miembros de la Unión Europea. Hemos de plantearnos seriamente, y este es un problema para ahora mismo, sobre cómo imaginar la fusión, la entrada de la Unión Europea Occidental en la Unión Europea, que es uno de los temas vitales del momento y a los cuales tenemos que dar pronta respuesta.

Tenemos que hablar también de la dimensión mediterránea en esa perspectiva, y, desde luego, también tenemos que pensar en un tema que es absolutamente esencial, como es imaginar cuál es el control parlamentario de las nuevas geometrías. Van a ser los parlamentos nacionales los que tengan esa finalidad de control? f Vamos a mantener la Asamblea Parlamentaria de la Unión Europea Occidental para analizar esas tareas? Va a ser el Parlamento Europeo, institución que tiene entre otros componentes miembros y representantes de países neutrales y no alineados que no quieren saber nada de momento de la política de defensa? Es decir, entre lo que tenemos y lo que deberíamos tener existe todavía un importante vacío que hemos de procurar llenar con la referencia a nuestras propias creencias, lo cual es evidente (creo que la referencia a una Europa unida es absolutamente sustancial), y también a una descripción muy fría, muy austera y nada pasional, pero al mismo tiempo muy precisa, de cuáles son los intereses europeos. Creo que entre esos intereses europeos está el que reforcemos como visión autónoma nuestra capacidad de seguridad y de defensa, que lo hagamos en estricta colaboración, en la medida de lo posible, con los Estados Unidos de América, y que mantengamos, de una manera eficaz y con la mayor participación que sea factible en la Alianza Atlántica, el elemento más precioso, al fin y al cabo, que los europeos han sabido crear en el curso de los últimos cincuenta años para defender su integridad y su libertad.

 

 

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