LA
COMUNIDAD EUROPEA, EL MAGREB Y ESPAÑA
2.La necesidad de anclar
al magreb en Europa
A lo largo del primer capítulo hemos
pasado revista a los factores condicionantes del desarrollo
de las economías magrebíes, desde el crecimiento
demográfico hasta la deuda exterior o los excesivos
niveles de desempleo.
Hemos subrayado asimismo los objetivos que
se han fijado desde hace unos años las autoridades
de estos países para mejorar la situación
económica y las reformas fiscales, monetarias,
comerciales, etc., que están poniendo en marcha
a fin de establecer una auténtica economía
de libre mercado.
Vamos ahora a estudiar la interdependencia
económica y comercial entre ambas riberas del Mediterráneo
pues nos ayudará a com- prender mejor la necesidad
de "anclar" aún más al Magreb
en Europa y la especial responsabilidad de la Comunidad
Europea y de sus Estados miembros en el desarrollo de
la región. Posteriormente podremos analizar qué
es lo que ha hecho y está haciendo la Comunidad
y sobre todo qué es lo que debería hacer
para estimular la prosperidad y la estabilidad en el Mediterráneo
Occidental.
La creciente interdependencia
Nunca antes en la historia de la humanidad
se había producido un incremento tan espectacular
de los intercambios comerciales como el que hemos conocido
en las tres últimas decadas. Puede afirmarse que
se ha "globalizado" el mercado y es evidente
que los bancos y empresas ignoran cada vez más
las fronteras en sus decisiones de inversión, producción
y exportación.
Aquellos países que son capaces de
aprovechar estas transformaciones y utilizar sus ventajas
comparativas específicas (mano de obra, desgravaciones
fiscales, situación geográfica, materias
primas. ..) son los que mayor éxito están
teniendo en su proceso de desarrollo económico.
Se trata, en definitiva, de insertarse de la mejor manera
posible en la economía incemacional, como lo han
demostrado de forma ejemplar los países del sureste
asiático.
Ahora bien, esta necesidad de apertura al
exterior y de inserción dinámica en el comercio
internacional no significa que deban dejarle a un 1040
los procesos de integración regional. Ambos objetivos,
la integración regional y la apertura al mercado
mundial, son imprescindibles para asegurar el desarrollo
económico; así se ha puesto de relieve no
sólo en el sureste asiático sino también
con el Acuerdo Estados Ünidos-Canadá-México
o en la propia Comunidad Europea.
El grado de apertura al exterior de los países
del Magreb es aún muy reducido como lo demuestran
estas cifras:

Las economías del Magreb se encuentran actualmente
replegadas sobre sí mismas y no puede realmente
hablarse de una economía magrebí propiamente
dicha cuando los intercambios comerciales intramagrebíes
no alcanzan el cinco por ciento del total.
Las razones que han justificado esta fragmentación
son múltiples: un alto nivel de protección
arancelaría, numerosas barreras al comercio, economías
orientadas casi exclusivamente hacia la exportación
para asegurar ingresos en divisas, ausencia de suficientes
infraestructuras, el peso de la tradición, etc.
Ya hemos visto en el capítulo anterior
que muchos de estos obstáculos se están
progresivamente suprimiendo y con el fin de facilitar
su identificación la Comisión de las Comunidades
Europeas está financiando actualmente un estudio
que -de modo similar al que se publicó sobre "el
coste de la no Europa" con vistas al Mercado Interior-
evalúe también "el coste del no Magreb".
Pero del mismo modo que el nivel de integración
regional en el Magreb es muy escaso (pese a las recientes
iniciativas de la Unión del Magreb Árabe
que agrupa también a Libia y Mauritanía ) la dependencia
del mercado europeo, y especialmente del comunitario,
es elevadísima:

La Comunidad Europea absorbe, pues, más del 70%
de las exportaciones de estos países y les facilita
más del 60% de sus importaciones. Y sólo
los cuatro países europeos de la orilla norte del
Mediterráneo (España, Francia, Italia y
Portugal) representan casi dos tercios de estas cifras.
De ahí la importancia, casi vital,
que para los países del Zagreb tiene la evolución
de los mercados europeos. Es conocido que la Comunidad
Europea como primera potencia comercial del mundo en U
que uno de cada cuatro puestos de trabajo depende del
comercio exterior- tiene un reducido nivel de protección
comercial (salvo en algunos productos agrícolas
continentales como consecuencia de la Política
Agrícola Común), inferior en todo caso al
de Estados Unidos o Japón.
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Y en segundo lugar, porque las empresas, los
bancos y en general los sectores económicos de
los países comunitarios del Sur, especialmente
de España, no pueden fijarse únicamente
en los datos del presente sino sobre todo en las posibilidades
de desarrollo a largo plazo de estos mercados cuya población
se duplicará en los; proximos 35 años hasta
alcanzar los 114 millones de personas en el año
2025.
Una adecuada presencia europea en estas economías,
aprovechando sus ventajas comparativas, su proximidad
geográfica y contribuyendo al mismo tiempo a su
desarrollo económico puede ser decisiva para la
futura creación de un espacio económico
euro-magrebí.
Y en esta estrategia las empresas y bancos
españoles deberían desempeñar un
papel de primer orden, porque la conclusión que
podríamos obtener de este segundo capitulo es la
de que es necesario anclar aún más al Magreb
en Europa, para lo que es imprescindible la cooperación
de estos países y de la Comunidad. Pero sin olvidar
que son los propios países del Magreb los primeros
responsables de su desarrollo, pudiendo la Comunidad Europea
únicamente complementar estas políticas
nacionales con estímulos y cooperación que
contribuya a consolidar un espacio económico euro-magrebí
cada vez más interdependiente y estable.