LA COMUNIDAD
EUROPEA, EL MAGREB Y ESPAÑA
VI. Conclusión
En la introducción a este estudio afirmábamos
que la Comunidad Europea es hoy en día, no solo
él principal factor de estabilidad política
y de prosperidad económica de nuestro continente,
sino también un centro de atracción —en
términos de paz, democracia y desarrollo—
para todos sus vecinos.
Este poder de atracción se ha puesto
claramente de relieve con las solicitudes de adhesión
presentadas por países mediterráneos y de
la EFTA, con la negociación del Espacio Económico
Europeo por el que se crea la mayor zona de libre cambio
del mundo y con los nuevos Acuerdos de Asociación
firmados por los países de Europa central y oriental.
Pero también se ha demostrado el atractivo
de la Comunidad con las peticiones de acercamiento y asociación
que han hecho varios países mediterráneos
y en especial Marruecos, Túnez e Israel.
Y es evidente que la consolidación
de este centro de atracción es indispensable si
queremos incrementar la presencia e influencia de la Comunidad
Europea en un mundo cada vez más interdependiente
y, por ello, más vulnerable.
Aunque en nuestro estudio no hemos podido
ocuparnos de este proceso de integración comunitaria,
que se ha concretado por ejemplo en el Tratado de la Unión
Europea, es evidente qué constituye el transfondo
de esta Comunidad abierta al exterior como primera potencia
comercial del mundo. Que al tener una mayor dependencia
del exterior que otros socios industrializados (uno de
cada cuatro empleos en la Comunidad está condicionado
por él comercio exterior) está también
más expuesta a las. Consecuencias económicas,
sociales y demográficas de un desarrollo insuficiente
de §,us vecinos más inmediatos, tanto del
Este como del Sur.
Precisamente el análisis de las relaciones
entré la Comunidad y estos vecinos del Sur, el
Magreb, es lo que hemos tratado de exponer a lo largo
de las páginas anteriores.
Hemos visto en el primer capitulo algunos
de los factores que están condicionando el desarrollo
económico del Magreb (el crecimiento demográfico,
los altos niveles de desempleo, la deuda exte- rior) y
la situación en la que se encuentran los distintos
procesos de reforma emprendidos en los tres países.
La conclusión que hemos extraído es que
Marruecos, Argelia y Túnez deben seguir impulsando
con decisión la modernización y liberalización
de sus economías, aunque sin perder de vista la
dimensión social y humana del proceso de ajuste
estructural.
En el segundo capítulo hemos constatado
la enorme dependencia del Magreb respecto de la Comunidad,
que absorbe más del 70% de sus exportaciones y
facilita más del 60% de sus importaciones. Y aunque
esta dependencia comercial no es simétrica desde
el punto de vista comunitario —pues el Magreb no
representa él 1 por ciento de nuestro comercio
exterior— hemos alcanzado la conclusión de
que es necesario, en nuestro propio interés, anclar
aún más al Magreb en Europa y fortalecer
al mismo tiempo su escasa integración regional.
A lo largo de todo el tercer capítulo
hemos analizado la política mediterránea
impulsada por la Comunidad desde los años 70, la
valoración que de la misma hicieron en 1989 la
Comisión y el Tribunal de Cuentas comunitario y
la situación y perspectivas económicas de
Marruecos, Argelia y Túnez. En cada uno de estos
países hemos expuesto también brevemente
el ritmo de ejecución y la distribución
por sectores de la cooperación financiera comunitaria.
El balance de este capítulo ha demostrado
que, sin menoscabo de los importantes logros conseguidos
por la política mediterránea a lo largo
de l4 años (por ejemplo, un crecimiento superior
al 500% de las exportaciones industriales del Magreb),
la cooperación comunitaria no estaba en 1989 a
la altura de los desafíos y necesidades a las que
debía hacer frente.
Por ello ha sido necesario impulsar un salto
cualitativo (cón nuevos instrumentos comunitarios
como el apoyo al ajuste estructural o la cooperación
financiera horizontal) y cuantitativo (el volumen previsto
para la cooperación financiera en los años
1992-1996 ascenderá a 4.405 millones de ecus, multiplicando
por tres el del quinquenio anterior), a través
de la Política Mediterránea Renovada que
expusimos a lo largo del quinto capitulo.
La conclusión que alcanzamos en ese
capítulo ha sido la de reconocer, por un lado,
las mejoras evidentes que aportará la Política
Mediterránea Renovada para reforzar la cooperación
y la interdependencia entre las dos riberas del Mediterráneo
y, por otro lado, la necesidad de impulsar un nuevo enfoque
en estas relaciones euro- magrebíes ante las profundas
transformaciones que están teniendo lugar en nuestro
continente y en su entorno (culminación del Mercado
Interiof, creación de la Unión Europea y
del Espacio Económico Europeo, creciente atención
al Este, etc.).
Por último, en el capítulo sexto
hemos analizado los últimos acontecimientos que
han tenido lugar en las relaciones entre la Comunidad
y el Magreb, especialmente la nueva sugerencia de establecer
"un partenariado euro-magrebíH. Este nuevo
enfoque lo propuso el Consejo Europeo de Lisboa en junio
de 1992 y debería concretarse en un Acuerdo de
partenariado o asociación CEE- Marruecos, para
posteriormente ampliarse a Túnez y, cuando las
condiciones políticas lo permitan, a Argelia.
La conclusión que finalmente hemos
alcanzado es la de que, como en el caso de Europa central
y oriental la Comunidad Europea tiene una especial responsabilidad,
por razones históricas, geográficas, económicas,
políticas y culturales, en la región mediterránea
y más concretamente en el Magreb.
Marruecos, Argelia y Túnez debed hacer
frente actualmente a problemas de inestabilidad política,
crecimiento demográfico excesivo, elevadas tasas
de desempleo y necesidad de asegurar el éxito de
las reformas económicas. Estos problemas del Magreb
nos afectan muy directamente porque, como afirmábamos
al principio de este trabajo, la estabilidad, la prosperidad
y la seguridad de estos países es también
en gran medida la nuestra.
Y parece que ha llegado el momento de dar
a esta política de vecindad la coherencia y los
instrumentos necesarios que nos permitan asegurar un futuro
coman a ambos lados del Mediterráneo. Porque, como
hemos visto, al hablar del futuro del Magreb lo que está
en juego, especialmente en el caso de España, es
también nuestro propio porvenir.
Madrid 16 de Octubre de 1992