III.
La Comunidad Europea
B. La
inmigración como cuestión de alta política
1. Partidos y políticas
nacionales
Ensayos INCIPE No 5
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Desde hace años, los partidos xenófobos
han atraído a un electorado de derechas con propuestas
como el cierre de fronteras y la expulsión de los
no europeos. El Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen ha
conseguido en Francia la mayor notoriedad y los mejores
resultados electorales en este sentido, pero existen movimientos
similares en Austria (el Partido Austríaco de la
Libertad, de Jorg Hider), en Alemania (el Partido Republicano)
y en otros países.
Abiertamente xenófobos, estos partidos
han expuesto públicamente su posición respecto
a la cuestión extranjera, mientras los partidos
moderados no han conseguido aportar al debate una opinión
alternativa y congruente. La incapacidad de los principales
partidos para explicar los cambios que están produciendo
las migraciones y para ofrecer propuestas prácticas
ha hecho que los Gobiernos parezcan impotentes e ineficaces.
La autoridad de los líderes políticos se
ha resentido por ello, contribuyendo al avance de los
partidos derechistas y xenófobos.
Las insuficiencias de las respuestas oficiales
han sido particularmente evidentes en lo que se refiere
a la violencia contra los extranjeros. El caso alemán
proporciona el ejemplo más claro. Muchos de los
jóvenes derechistas que han provocado la violencia
en Alemania han padecido los trastornos sociales de la
reunificación. La economía, la familia,
la educación, el sistema legal: todo está
en crisis a sus ojos. El ultranacionalismo está
surgiendo en todos los Estados del antiguo bloque comunista;
aunque el poder extranjero ha desaparecido, los extranjeros
son denigrados y se les hace responsables de los problemas
de la sociedad.
Sin embargo, ésta es una explicación
insuficiente. Aunque los incidentes más difundidos,
como el de Rostock, han tenido lugar en Alemania del Este,
un gran número de ellos han sucedido en Alemania
occidental. Caracterizar estos incidentes como un problema
de exceso de exilados, contra el que los jóvenes
desafectos están destinados a rebelarse, evita
enfrentarse al problema fundamental, que es el racismo
y la xenofobia. Su resurgimiento pone en peligro la reputación
democrática que Alemania se ha esforzado en edificar
durante más de cuatro décadas.
El momento de la revelación a este
respecto se produjo con los asesinatos de Molln, cuyas
víctimas no eran ni solicitantes de asilo ni marginados.
Finalmente, una figura pública se puso a la altura
de las circunstancias. El presidente Richard von Weizsácker,
en su mensaje navideño, habló del papel
crucial de los extranjeros en la economía alemana
(60). Elogió a los cientos de
miles de personas que tomaron las calles con velas para
manifestarse contra la violencia extremista. Hizo un llamamiento
a los alemanes para que amplíen su definición
de ciudadanía y acep- ten a los seis millones de
turcos y demás extranjeros residentes en Alemania.
E ilustró con un ejemplo cómo hasta el idioma
excluye de la sociedad a los extranjeros.
" Yeliz Arsian, de diez años
de edad, nació entre nosotros, y nunca vivió
en ningún otro lugar. Nuestros medios de comunicación
los calificaron, simplemente, como tres turcos. Esa expresión,
basada exclusivamente en sus pasaportes, ya sugiere de
antemano que debían permanecer siempre como extranjeros.
Pero esas tres personas de Molln eran de los nuestros"
(61).
É ste fue uno de los primeros alegatos
directos hechos por un líder destacado para explicar
los hechos y sugerir el clima moral adecuado para evaluarlos.
En contraste, el discurso político predominante
ha alimentado el temor y la confusión generales
al criticar los "sonidos" y "olores"
de los inmigrantes, al defender la homogeneidad sobre
la base de que los europeos "no están acostumbrados
a que vengan los negros", o al utilizar expresiones
como "el barco ya está lleno" (62).
Desgraciadamente, ante las consecuencias de las muertes
de Solingen otra vez el Gobierno ha definido la nueva
crisis como una cuestión policial, no política.
Respondiendo a las peticiones de ciudadanía y de
mayores derechos para los germano-turcos, el ministro
del Interior dijo: "Me opongo a cualquier mezcla
de asuntos que no tienen nada que ver" (63).
La experiencia alemana ha sido la más
dolorosa, pero es sintomática de lo que sucede
en el conjunto de Europa. La dificultad central estriba
en que Europa se ha convertido en una región de
inmigración, sin haberlo planificado ni elegido
serlo. Los dirigentes han tardado en comprender la nueva
situación y sus implicaciones y no han podido o
querido ocuparse del modo de regular los flujos migratorios
ni de administrar la diversidad cultural. Incluso Estados
con importantes proporciones de inmigrantes, como Francia
y Reino Unido, insisten constantemente en que no son naciones
de inmigración. En consecuencia, es en las calles
donde está teniendo lugar el necesario debate político
sobre la forma en que la inmigración está
cam- biando los países europeos y los retos que
planteará en el futuro.
60 Señaló que más
de un tercio de los trabajadores de la hostelería,
la mitad de los del metal y el 70 por ciento de los barrenderos
son extranjeros.
61 "Acceptance Urged of Germans:
President Criticizes Anti-Foreigner Acts", Washington
Post, 25 de diciembre de 1992.
62 Edith Cresson en Francia, y un lider
de un partido bisagra danés hablando del voto contra
el Tratado de Maastricht. Véase "Schiuter
in Fight to Beat "Tamilgate"", financia;
Times. 13 de enero de 1993; y "What Germán
Crisis?", The New Republic, 21 de diciembre de 1992.
63 "Germany's Turks Erupt with Pent-up
Anger", Washington Post, 2 de junio de 1993.
En lugar de contemplar la crisis del asilo como una señal
de nuevos imperativos más amplios, los líderes
políticos la han utilizado como elemento de dis-
tracción de orras dolencias nacionales, evitando
hablar abiertamente acerca de cómo está
cambiando Europa. En ausencia de una política realista,
los debates nacionales no se han enfrentado a temas como
las consecuencias de la inmigración en el bienestar
económico de Europa (a pesar del alto nivel de
desempleo), el problema de los refugiados desarraigados
por conflictos étnicos, el valor social de la unificación
de la familia del inmigrante, o las verdaderas limitaciones
a las que se enfrentan los gobiernos democráticos
para intentar frenar las migraciones no deseadas.
A menos que los políticos europeos
sean capaces de poner sobre el tapete la complejidad de
las cuestiones migratorias y de proponer y debatir soluciones
globales, la brecha abierta entre la política y
la experiencia popular continuará agrandándose.
Cerrar esta brecha es una exigencia fundamental que deben
asumir los líderes políticos. Aunque individualmente
las naciones no hayan desem- peñado un papel muy
airoso, los esfuerzos colectivos de Europa, a través
de la Comunidad Europea y otras iniciativas en colaboración,
han comenzado a poner en marcha la clase de respuestas
y consensos necesarios para afrontar el reto.
B.
La inmigración como cuestión de alta política
1.
Partidos y políticas nacionales
2.
Estructuras y políticas comunitarias