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III. La Comunidad Europea

C. Europa y la inmigración, mañana

3. La fortaleza Europa

Ensayos INCIPE No 5

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Precisamente cuando las barreras comunistas caen y permiten que la gente salga, se acusa a Occidente de erigir nuevos muros para dejar fuera a los recién liberados. El establecimiento de sistemas y políticas de inmigración en Europa debería ser el camino para facilitar y regular eficazmente los inevitables flujos de migración, y para incorporar la inmigración de manera efectiva en los objetivos económicos y sociales de las naciones. No obstante, si la aplicación de la política no es generosa y está marcada por la xenofobia, el resultado podría ser también la Fortaleza Europa.

La respuesta de Europa a las personas desplazadas de la ex Yugoeslavia es un caso preocupante. Una abrumadora mayoría de las personas desplazadas por los combates y la violencia permanecen dentro de sus repúblicas o cerca de ellas. Sin embargo, los que han tenido que huir a Europa occidental han encontrado rígidas exigencias de visados y actitudes como la de no considerarles refugiados y si fueran admitidos simplemente engrosarían la sobresaturada nómina de asilados. La guerra yugoeslava es un ejemplo clásico de por qué existen los principios básicos de asilo y de por qué deben ser defendidos. Más aún, las víctimas de la lim- pieza étnica de la ex Yugoeslavia son ejemplos clásicos de personas sometidas a persecución a causa de su religión u origen nacional, que son los motivos que determinan en el derecho internacional la condición de refugiado. La rígida y estrecha aplicación de los preceptos relativos a la inmigración será especialmente perjudicial cuando se trate del Convenio sobre el asilo. Si los Estados europeos son demasiado literales en su interpretación de las disposiciones de la situación "en tránsito" establecidas en una política común de asilo, existe el riesgo no sólo de retrasar las decisiones, sino también de que surjan serias disputas entre Estados vecinos sobre la responsabilidad de determinados casos o grupos. Así, paí- ses como Alemania e Italia en el ámbito de la Comunidad, y otros como Austria y Suecia, podrían estar sujetos a cargas desproporcionadas.

De forma similar, la idea de "país seguro" que está siendo incorporada a la doctrina de asilo podría tener graves repercusiones para los Estados de Europa del Este. Si las naciones de Europa occidental no interpretan generosamente las leyes de asilo, un gran número de peticionarios podría ser devuelto a los ahora seguros Estados del este europeo por los que pasaron en su ruta desde Rumania, la ex Unión Soviética o cualquier otro lugar.

A este respecto, Alemania acaba de Firmar un acuerdo con Polonia por el cual ésta se compromete a recibir a los peticionarios de asilo que utilizan Polonia para llegar a Alemania (77). Sin embargo, Polonia no tiene ni capacidad ni experiencia para juzgar las peticiones de refugio y tendrá que soportar, con muy pocos recursos, las grandes cargas que supone el mantenimiento del elevado número de peticionarios. El acuerdo prevé asistencia financiera a Polonia (120 millones de marcos alemanes en 1993-94). No obstante, la perspectiva de que las naciones europeas occidentales respondan a las presiones políticas internas mediante esta reubicación de parte de sus poblaciones asiladas (se está discutiendo un acuerdo similar entre la República Checa y Alemania), podría tener graves consecuencias para los Estados que no están todavía en condiciones de oponerse y además tienen economías y democracias aún frágiles. Y aunque los Estados del antiguo bloque comunista pueden ser ahora seguros, siguen existiendo senas dudas acerca de si serán capaces de proporcionar una protección adecuada a aquellos refugiados que la necesiten.

La tendencia a convertir a Europa en una fortaleza perjudicará también al reparto de cargas intracomunkario si surgen nuevas emergencias. Un posible escenario de este tipo es Albania. Estimaciones recientes muestran que en el plazo de un año habrá tan poca comida en Albania que la desnutrición podría generalizarse. El flujo de refugiados que van a Italia en barco podría continuar. Si esto ocurre, (.-debería ser Italia la única responsable? Actualmente, no hay ningún mecanismo o debate orientado a enfrentarse colectivamente a este tipo de eventualidades, a pesar de los esfuerzos para aparejar una política de inmigración común. Las emergencias son inevitables, y las actitudes restrictivas no harán sino minar la capacidad de Europa para compartir las cargas cuando sea necesario.

77 Alemania también negoció un acuerdo con Rumania en septiembre de 1992 que facilita el regreso de los gitanos. Pero también hay indicios que alejan el temor a la Fortaleza Europa. De hecho, un gran número de no europeos reside actualmente en países de la Comunidad Europea, y las expulsiones en masa no se han producido a pesar de los impulsos antiextranjeros. Aunque existen dificultades, países como Alemania están sopor- tando la carga que representa una población significativa de inmigrantes compues- ta por individuos de etnia alemana, solicitantes de asilo y otros extranjeros. El compromiso de acoger a la población aussiedler (personas de origen alemán procedentes de la Europa del Este y la ex Unión Soviética) no se entiende como inmigración, aunque de hecho lo es, sea cual sea la etiqueta que se le adjudique.

Como parte de su acuerdo pluriparridista de reforma constitucional sobre el asilo, Alemania ha propuesto también una política general de inmigración, de algún modo análoga al sistema de cuotas empleado por Estados Unidos. Sus objetivos son: seguir admitiendo a los familiares de residentes legales; acoger a una cuota de "refugiados de guerra" —a determinar en consulta con los gobier- nos de los estados— mientras persista el conflicto; fijar un ritmo para la admisión de aussiedler mediante un aumento del número de admisiones que no supere el 10 por ciento del número total del año anterior (78); y autorizar contratos de trabajo temporales de hasta 100.000 trabajadores al año.

El acuerdo también rebaja las barreras de acceso a la ciudadanía para algunos residentes extranjeros que llevan mucho tiempo en el país. Ante las consecuencias de la crisis de Solingen, el canciller Kohl ha dicho que pronto allanará las restricciones a la ciudadanía a los jóvenes turcos nacidos en Alemania, y que apoyará la revisión de la ley alemana de ciudadanía (79). Estos son importantes pasos psicológicos que muestran una nueva actitud sobre el tradicional concepto ger- mánico de nación basado en la sangre y no en el suelo (80).

Los niveles de admisión de inmigrantes, o cuotas, están también implícitos en un borrador del Convenio de Migración europeo que Austria acaba de proponer. El borrador establece un código de conducta y otras normas de actuación del Estado en el ámbito de la migración. Deja sin responder muchas cuestiones importantes, por ejemplo cómo podrían distribuirse las cifras de admisiones entre los países.

78 Esto también requiere un cambio constitucional. El articulo 116 establece el derecho a inmigrar sin limitaciones numéricas. La cifra correspondiente a 1991 fue de 220.000; la fórmula del 10 por ciento significa que se podrían hacer cada año hasta 242.000 admisiones de esta clase.

79 Kohl Explains Absence from Turks' Funeral, Washington Post, S ¡unió 1993.

80 La ley alemana de ciudadanía se aprobó en 1913 en un período de profundo nacionalismo en el que las ideas de pureza racial estaban generalmente aceptadas. Los niños nacidos en Alemania no son automáticamente ciudadanos, aunque el padre y la madre hayan nacido también alli. De este modo, hay extranjeros de segunda y tercera generación, verdadera contradicción en los términos para, por ejemplo, los norteamericanos. Para los admisibles, la naturalización es un proceso complejo y costoso. Las tasas pueden superar los 3.000 dólares. El requisito de residencia exigido para solicitarla es de quince años, ocho (incluidos seis años de asistencia a una escuela alemana) para los menores de 23 años. La criba realizada por los funcionarios de policia se traduce en una mayoría de las peticiones rechazadas por razones como infracciones de tráfico. Frecuentemente las razones no se especifican, lo que conduce a la sospecha generalizada de que existen prejuicios contra la actividad política. Tales prácticas están en franco contraste con el tratamiento a los inmigrantes de origen alemán, que obtienen la ciudadanía virtualmente automática, sin gastos ni exhaustivos controles de su pasado. Véase "Germán Law Won't End Immigration Problems", New York Times, 9 de enero de 1993; y " Germans Plan to Make it Easier for Some to Obtain Citizenship", New York Times, 25 de enero de 1993.

Pero, si toma cuerpo la idea de un sistema de cuotas, los niveles anuales de admisión de inmigrantes podrían ser propuestos por la Comisión Europea, tras las correspondientes consultas con el Parlamento Europeo, al Consejo de Minis- tros de la CE. O bien la CE podría establecer un nuevo puesto de Alto Comisario para la Inmigración, entre cuyos deberes se incluiría hacer recomendaciones para atender las necesidades de inmigración. Tales recomendaciones se basarían en la demanda de trabajadores y profesiones, la reunificación familiar y otras necesidades determinadas por los países miembros. Los peticionarios de asilo quedarían fuera de las cuotas anuales. Un Convenio de Migración podría también permitir a los no nacionales de la CE residir legalmente en un Estado miembro pero trabajar en otro, aumentando de este modo la población laboral de la CE capaz de responder a las demandas regionales de trabajo.

Tales progresos son importantes contrapuntos a la Fortaleza Europea. Sugieren que se está empezando a comprender el papel positivo que puede jugar la inmigración. Los controles de inmigración y los procedimientos estrictos para regular las corrientes migratorias son legítimos y necesarios, pero para establecer una política común efectiva deben combinarse con una interpretación generosa de los compromisos de asilo y refugio, y con diversos métodos para admitir un número razonable de nuevos inmigrantes con vistas a la unidad familiar y al mercado de trabajo.

Las apremiantes corrientes migratorias del Este y la presión creciente en el Sur se han combinado con una crisis de asilo y de violencia xenófoba para elevar la inmigración a lo más alto de la agenda política europea. Después de intentar sin éxito poner en marcha soluciones unilaterales, los Estados miran cada vez más hacia las instituciones y procesos europeos para encontrar respuestas y una política común. Como resultado, las migraciones se están convirtiendo en una nueva e importante cuestión política europea. Al mismo tiempo, la dificultad de ceder soberanía en un atributo tan esencial de la nación-estado tradicional ha creado procesos de decisión muy dispares. A menos que se consoliden rápidamente en el á mbito de la CE, y no en el intergubernamental, los procesos de toma de decisiones y las prometedoras iniciativas recientes podrían malograrse.

Las autoridades e instituciones europeas parecen haber adoptado la noción de Europa como región de inmigración, y se han mostrado muy activos en la preparación de sistemas de inmigración viables. Su visión, sin embargo, difiere mucho de la percepción pública sobre los inmigrantes, a menudo influida por voces xenófobas a las que nadie contesta. Este es un peligroso abismo que podría llevar a prácticas en exceso restrictivas, forzadas por la xenofobia. Semejante desenlace sería muy dañino para el bienestar económico de Europa, las relaciones entre sus Estados y su influencia global, así como para su propia imagen de apertura al mundo, construida a lo largo de siglos.

 

C. Europa y la inmigración, mañana

1. Un debate cerrado

2. La plétora de foros

3. La fortaleza Europa

 

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