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VI. ¿Hacia dónde nos dirigimos?:un marco de actuación

Ensayos INCIPE No 5

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Las causas de las migraciones contemporáneas están profundamente relacionadas con las condiciones políticas, económicas y sociales de la época en que vivimos. Pero, desde el momento en que las naciones tienen políticas de migración, la mayoría de ellas las utilizan como funciones restringidas y particularistas. Para que sea efectiva, una política de migración debe ir forzosamente más allá de unas medidas humanitarias y de control convencionales, de forma que el tratamiento de las presiones migratorias se convierta en parte fundamental de los objetivos económicos, políticos y de seguridad de las naciones.

La adopción de una política comprensiva que incluya las causas de las migraciones políticas y económicas requerirá un cambio fundamental en las perspectivas y actuaciones de los Estados que forman parte de la Trilateral. Este cambio debería cimentarse en un nuevo imperativo internacional: el derecho de los individuos a per- manecer en el lugar donde se encuentran. La mayor parte de las migraciones internacionales actuales responde a un acto de desesperación, no a una elección. La inmensa mayoría de los individuos prefieren su hogar, y permanecerán en él incluso cuando las condiciones sean escasamente tolerables. La política se debe basar, por tanto, en este impulso. La libertad de movimiento debería reflejar la existencia de opciones y la posibilidad de elegir; no debería ser la única vía para la supervivencia.

Incluso en el caso de que "el derecho a quedarse" guíe la acción internacional, los países desarrollados se enfrentan en un previsible futuro a un aumento de las presiones migratorias, por lo que deben actuar con más determinación para controlarlas con eficacia. Los responsables de la opinión pública deberían evitar la gestación de estados de histeria catalogando la migración de "invasión" o " inundación". Hay que preservar y defender las políticas compasivas hacia los refugiados; debe buscarse con mayor afán la transparencia en la elaboración de la política migratoria, con objeto tanto de mantener informada a la opinión pública como de combatir el racismo y la xenofobia, problemas endémicos que sólo pueden ser superados mediante la educación y la insistencia en la práctica de los principios democráticos de tolerancia e igualdad en el trato.

Se está desarrollando un amplio consenso en las naciones de la Trilateral en el sentido de que los países receptores deben estar atentos a las circunstancias que rodean en los países de origen a potenciales refugiados y emigrantes. Hay que tomar pronta y rápidamente iniciativas para la prevención de conflictos, y otras de tipo político y asistencial, a fin de impedir que determinadas situaciones se conviertan en crisis. En determinadas circunstancias, una cuantiosa emigración de emergencia puede llegar a poner en peligro legítimos intereses de seguridad cuando socava el bienestar del país receptor. Por consiguiente, la prevención de la migración es un objetivo legítimo de la política nacional y de la diplomacia inter- nacional.

Este consenso debería dar pie también a políticas que atiendan a las razones que mueven a los individuos a emigrar, lo que requiere una amplia combinación de medidas nacionales, regionales e internacionales que comprendan objetivos políticos y económicos. A tales efectos, recomendamos lo siguiente:

Las naciones deben desarrollar políticas y sistemas para la integración efectiva de los recién llegados, así como para la admisión ordenada de inmigrantes y refugiados cuya contribución cumple importantes objetivos nacionales.

El reto más apremiante planteado por la migración a los países de la Trilateral comienza a nivel interno. Como potencias mundiales, estas naciones están obligadas a tener sociedades prósperas y seguras de sí mismas a fin de aportar el liderazgo, la innovación y la financiación necesarios para hacer frente a las presiones de la migración internacional. Alcanzar el éxito en la integración de los recién llegados es un requisito necesario para responder con mayor fuerza y amplitud a las demandas a largo plazo planteadas por las tendencias migratorias internacionales.

La medida más importante para una afortunada integración de los inmigrantes es el progreso económico intergeneracional. Este progreso adquiere una importante dimensión política al convertirse los inmigrantes en una parte proporcionalmente elevada de la población trabajadora más joven en unas sociedades cuya población nativa, con un alto índice de envejecimiento, dependerá en gran medida de los programas de bienestar social financiados públicamente. Por consiguiente, es de particular importancia prestar atención a los hijos de los inmigrantes.

Los Estados tienen la obligación de controlar la entrada en sus sociedades. Para llevarlo a cabo deberían establecer políticas de admisión racionales para trabajadores, refugiados y familiares de inmigrantes, junto con regímenes de coer- ción sensatos y enérgicos, capaces de denegar la entrada a quienes carecen de título para ello. La mayoría de las naciones desarrolladas tienen sólidas razones para invitar a algunos extranjeros a formar parte de su sociedad. Examinar y debatir tales razones, y desarrollar una política en consecuencia, contribuiría en gran medida a mejorar el control y la regulación del fenómeno migratorio.

La reforma de los procedimientos de concesión de asilo político es de especial importancia. Las decisiones sobre el asilo deben ser puntuales y manifiestamente justas. El volumen de casos disminuirá si existen otras vías legítimas para entrar en un país. Aunque tanto las fuentes como las circunstancias de los flujos de refugiados están cambiando, buena parte de ellos seguirá precisando protec- ción, trato humano y, en algunos casos, reasentamiento en otros países. Las naciones desarrolladas se han hecho excesivamente legalistas y restrictivas en el uso e interpretación de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967, el único instrumento legal internacional vinculante en materia de migración. La crisis del asilo ha mutilado aún más la capacidad de respuesta compasiva de algunos países. Las naciones deben adoptar una postura más generosa en materia de asilo y refugiados, incluyendo la búsqueda de vías adecuadas para proporcionar refugio temporal en dererminadas circunstancias, si se pretende que perdure y tenga sentido un régimen internacional efectivo de protección al refugiado.

• Debe desarrollarse y fomentarse un régimen de migración internacional.

El ACNUR es la fuerza de choque de la comunidad internacional en sus esfuerzos para enfrentarse a los problemas de la migración, pero no hay muchas más entidades con las apropiadas comprensión y coordinación. El régimen de migración internacional tendría que contar con nuevos instrumentos legales y la capacidad operativa necesaria para responder a la amplia variedad de situaciones migratorias. Esta capacidad debería institucionalizarse con arreglo al sistema que utilizan el Fondo Monetario Internacional (PMI) o el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (GATT) en lo que a la política monetaria y comercial se refiere. Tal régimen de principios e instituciones internacionales tendría competencia sobre diversas áreas, entre las que se incluyen las siguientes:

Los solicitantes de asilo deberían recibir similar trato en las distintas fronteras nacionales. Debe promoverse y extenderse el concepto —ya incorporado al Convenio de Dublín y debatido actualmente por Canadá y Estados Unidos— de acuerdos vinculantes por los que cada nación acepta las decisiones de asilo de otras naciones. Un rasgo fundamental en el futuro de tales acuerdos será que las autoridades nacionales tengan en cuenta normas y registros internacionales en su toma de decisiones.

El desplazamiento interno de poblaciones suscita espinosas cuestiones de juris- dicción para la comunidad internacional cuando los gobiernos ya no pueden, o no están dispuestos, a cumplir los requisitos más elementales de protección de sus ciudadanos. Se debe extremar el cuidado en la definición de tales cuestiones. Sin embargo, el desplazamiento generado por situaciones conflictivas en las que la población se encuentra a ambos lados de fronteras internacionales podría desencadenar una legítima acción internacional. Hasta la fecha, las respuestas internacionales se han producido caso por caso, basadas en resoluciones específicas del Consejo de Seguridad autorizando la intervención internacional. La revisión del mandato del ACNUR, que tendrá lugar en 1994, proporcionará una oportunidad única para examinar esta cuestión y desarrollar un punto de vista colectivo sobre la forma de tratar futuros casos.

La intervención humanitaria se está convirtiendo en un nuevo principio legal internacional que está transformando de manera drástica los conceptos tradicionales de soberanía. Los países de la Trilateral deberían respaldar la idea de que la violencia dentro de una nación por parte de grupos dedicados a destruirse o des- plazarse mutuamente puede constituir una amenaza para la paz y la seguridad internacionales. No obstante, las bases para una intervención internacional en tales casos han de apoyarse en normas y criterios cuidadosamente desarrollados, elaborados de forma colectiva y teniendo en cuenta los umbrales de violencia civil y respeto a los derechos humanos cuya transgresión desencadenaría las diversas formas de intervención.

La coordinación y reforzamiento de las funciones de la ONU deben enfocarse de forma más efectiva en la mitigación de las causas que provocan las migraciones. La recién creada oficina del Subsecretario de Asuntos Humanitarios puede ser un buen punto de referencia para racionalizar la dispersa labor de aquellas agencias de la ONU cuyos mandatos comprenden cuestiones migratorias. Es de capital importancia delimitar los vínculos políticos y organizativos existentes entre los derechos humanos, la asistencia humanitaria, y las competencias y funciones de desarrollo económico del sistema de la ONU. Habiendo solicitado la existencia de fuerzas de intervención inmediata para fines de mantenimiento de la paz — propuesta que los gobiernos deberían apoyar—, el Secretario General tiene que establecer también la capacidad logística y de mando requerida para el despliegue de tales fuerzas.

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Trabajadores Emigrantes y sus Familias debe ser debatida y ratificada por los Estados. Si no es posible superar las objeciones a la Convención hechas por los países desarrollados, debe elaborarse otro instrumento que regule las cuestiones de los derechos humanos y otras protecciones análogas para aquellos trabajadores y sus familias que se encuentren fuera de sus países de origen. Dado lo prolongado de estos procesos, deben estudiarse medidas intermedias, tales como el establecimiento de normas laborales en el contexto de acuerdos comerciales del tipo del NAFTA.

Todas las áreas de actuación mencionadas son ingredientes de un régimen deseable de migración internacional. Hay muchas otras que, o bien están en diversas fases de desarrollo, o bien sería necesario crear para proporcionar un marco internacional viable en el que tratar de forma efectiva las presiones producidas por la migración.

Las políticas exteriores y las prioridades internacionales deben poner é nfasis en amplias mejoras de las condiciones democráticas y de derechos humanos.

El número de personas que carecen de las garantías de protección más elementales en sus sociedades es inmenso. Las iniciativas en materia de derechos humanos han tendido a concentrarse en abusos individuales y casos de disidentes o grupos perseguidos. Debe ampliarse este enfoque para incluir condiciones generales de justicia y libre participación política con independencia de que los gobiernos en cuestión sean amigos o enemigos, a fin de cambiar las condiciones que privan a gran número de personas de sus derechos y libertades fundamentales. Esto es de particular importancia para la protección de las minorías y sus derechos, que debe considerarse como un principio fundamental en la evolución de los estados democráticos.

Las instituciones internacionales para la salvaguardia de los derechos humanos deben ser también considerablemente fortalecidas para que se cumplan las metas del desarrollo democrático. En la actualidad, los organismos de derechos humanos de la ONU se limitan a la actividad normativa, y no tienen capacidad operativa para ayudar a los países a aplicar las normas internacionales. La propuesta de creación de un Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, anticipada en la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos celebrada en 1993 en Viena, podría representar un avance significativo hacia este necesario fortalecimiento.

El final de la Guerra Fría ha dado paso a la celebración de elecciones democrá- ticas o acuerdos de paz en países que van desde Estonia a El Salvador. Estos países necesitan ayuda para el establecimiento de procedimientos judiciales imparciales, fuerzas militares y policiales profesionales, y sectores no gubernamentales pujantes. La ayuda internacional para crear los hábitos e instituciones de la democracia en Estados recién liberados es fundamental para prevenir migraciones ruinosas.

• Los países que hoy albergan a la mayoría de la población mundial deben actuar enérgicamente para alcanzar la estabilización de la población y un desarrollo sostenido.

El primer reto para la comunidad internacional es el establecimiento de políticas de desarrollo que proporcionen alguna medida de esperanza económica para los individuos y las naciones sin estimular al mismo tiempo nuevas corrientes migratorias.

La política demográfica es una prioridad absoluta. La década de los 90 presenta la última oportunidad de actuación para estabilizar la población mundial a mediados del próximo siglo. El cambio de Administración en Estados Unidos ha supuesto un giro sumamente importante en la actitud oficial, que debería ser la base para un renovado liderazgo americano. Con sólo doblar las dotaciones actuales, pasando de 4.000-5.000 millones de dólares a 9.000 millones, los servicios de planificación familiar de los países en desarrollo podrían proporcionar en el año 2000 anticonceptivos a casi el 60 por ciento de las mujeres en edad fértil (104). Estas no son grandes sumas, y los beneficios serían realmente incalculables.

104 Changing Our Ways: América and the New Worid, Carnegie Endowment National Commission on Amé- rica and the New Worid (Carnegie Endowment for Irrternational Peace, Washington, julio de 1992).

En muchos países, tanto desarrollados como en vías de desarrollo, el porcentaje del presupuesto nacional dedicado a gastos militares ha substraído recursos de los necesarios gastos sociales. Sin embargo, el equilibrio entre gasto militar y no militar se ha distorsionado particularmente en los países con un elevado índice de emigración. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que una reducción del uno por ciento en los gastos de defensa supondría internacional- mente un ahorro de hasta 140.000 millones de dólares. Esto compensaría más que de sobra la escasez de capital destinado a inversiones en desarrollo y recursos humanos.

Los países de la Trilateral deben comprometerse también en un regionalismo constructivo para salvar la brecha migratoria que bordea sus perímetros regionales o nacionales. Políticas de desarrollo tendentes a elevar el nivel de vida en México —a este respecto es de particular importancia poner en marcha el NAFTA— y el Caribe, en el Magreb y en la Europa del Este, contribuirían en gran medida al establecimiento de zonas viables que ayudarían a dominar las presiones migratorias. Ahora bien, tales políticas requieren importantes concesiones mutuas. Los productos de países menos desarrollados con más posibilidades de competir son con frecuencia los mismos productos que los países avanzados protegen. Esta situación afecta de modo capital a las presiones migratorias. Concluir con éxito la Ronda Uruguay del GATT sería un paso importante hacia la superación de algunas de las barreras que inhiben la creación de empleo en los países en desarrollo.

Estos ejemplos ilustran que es factible alcanzar sólidas meras de desarrollo. Tanto las naciones como la comunidad internacional deben establecer unos objetivos concretos de actuación y comprometerse a cumplirlos. Sólo mediante esfuerzos multilaterales y de cooperación que engloben la ayuda, el comercio y las inversiones puede ejercerse algún impacto sobre la pobreza, que no sólo conduce a migraciones dañinas, sino también a trastornos sociales y políticos.

Los movimientos humanos están desafiando principios fundamentales del Estado que datan de muchos siglos atrás. Los dilemas que plantean no pueden considerarse por más tiempo como un problema exclusivo de unas pocas naciones, porque las democracias se están aproximando cada vez más debido a las cir- cunstancias externas comunes a que se enfrentan. Tampoco pueden permitirse las naciones actuar en solitario como centinelas que tratan de levantar barreras cada vez más altas. Las migraciones internacionales —junto con el comercio mundial, la degradación del medio ambiente, las drogas, el terrorismo y la proliferación de armamentos— son una nueva realidad de la vida nacional e internacional que requiere nuevas modalidades de cooperación entre las naciones.

 

 

 

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