LA
POLÍTICA EXTERIOR DE ESPAÑA: LAS PRIORIDADES
PERMANENTES Y LOS NUEVOS DESAFÍOS
Carlos Westendorp VERSIÓN
PROVISIONAL
ENSAYO Nº 9 EN IMPRENTA
La política exterior de España:
las prioridades permanentes y los nuevos desafíos
es el texto de la conferencia pronunciada por Carlos Westendorp
y Cabeza, Ministro de Asuntos Exteriores, el 23 de Febrero
de 1996 en el INCIPE, dentro del ciclo Los partidos políticos
y la política exterior de España Las publicaciones
del INCIPE no reflejan necesariamente los puntos de vista
del Instituto de Cuestiones Internacionales y Política
Exterior ni de sus patrocinadores Carlos Westendorp
La política
exterior de España: las prioridades permanentes
y los nuevos desafíos
I. Introducción: el
gran cambio Ustedes recordarán que en la campaña
electoral de 1988 al candidato Bush le reprochaban una
carencia importante: la ausencia de una visión
de futuro. Los medios de comunicación hacían
bromas y caricaturas sobre "the visión thing"
(esa cosa de la visión).
Como estamos en el fragor de la batalla electoral,
podría caer en la tentación de colgar este
sambenito a los partidos de la oposición. Pero
no lo voy a hacer, porque la política exterior
no debe convertirse en arma arrojadiza en esa contienda
sino ser objeto de un consenso básico que mi Gobierno
siempre se ha esforzado en preservar. Los pueblos que
se apartan de esta regla son pueblos débiles.
En todo caso, para los socialistas la visión
estuvo siempre muy clara: la modernización -la
regeneración, por usar la expresión de Costa-
de España que, a su vez, implicaba, como uno de
sus aspectos esenciales, su incorporación a las
instituciones de Europa y de Occidente.
Este ha sido, sin duda, el gran horizonte
de nuestra generación. A pocos años de finalizar
el siglo, creo que podemos afirmar que hemos cumplido
con esta responsabilidad histórica.
Falta poco tiempo para que conmemoremos el
primer centenario del 98. Si volvemos la vista atrás,
recordaremos la España de principios de siglo,
que se contemplaba desde fuera como un país perdedor,
el enfermo de Europa. De puertas para dentro todo eran
interrogantes sobre lo que habríamos de hacer para
recuperar el pulso como nación, para incorporarnos
a la modernidad que se nos escapaba sin renunciar a nuestra
identidad.
A finales de siglo, es muy otra la percepción
que se tiene de España. Hoy, después de
trece años de gobierno socialista podemos afirmar
con orgullo que hemos conseguido volver a poner a España
en su sitio. Un sitio más que digno en el ámbito
internacional. Atrás han quedado los tiempos de
los desaires a la joven democracia española en
el exterior, o de los chistes sobre españolitos
que llamaban impacientemente a las puertas cerradas de
una Europa engreída y distante. España ya
no es diferente y se encuentra plenamente integrada en
los organismos e instituciones europeos e internacionales.
Y ello no es más que un reflejo de la profunda
transformación y de la modernización del
país en todos los aspectos. España cuenta
ya hoy con una asistencia sanitaría universal, un sistema
de enseñanza igualitario, un alto nivel de prestaciones
sociales y una buena red de infraestructuras y telecomunicaciones.
Este es el marco en el que se encuadra nuestra política
exterior, dentro de un proyecto político global
en el que todos los elementos están interconectados
y que ha permitido un desarrollo espectacular de nuestro
país durante los últimos años.
Es en este desarrollo general de España
donde debemos enmarcar los logros alcanzados también
en la política exterior. Como nuestro ingreso en
la Unión Europea, conseguido mediante un Acta de
adhesión equilibrada y prudente, con largos períodos
transitorios que nos han permitido adaptarnos poco a poco
al acervo comunitario y diluir en el tiempo su impacto
social y económico. Y que sin duda servirá
de modelo a la próxima ampliación al Este
y al Sur. O nuestra integración en la Alianza Atlántica,
que constituyó un equilibrado compromiso entre
posturas difícilmente conciliables, logrando un
modelo que pudo ser respaldado por la mayoría de
la sociedad española.
A todo esto podemos añadir el papel
preponderante que ha interpretado España en las
relaciones de la Unión Europea con Iberoamérica,
con los países mediterráneos y con Estados
Unidos; su protagonismo en el proceso de paz en Oriente
Medio; su impronta en el Tratado de Maastricht, fundamental
en cuestiones de ciudadanía o de cohesión
económica y social; su dirección en los
trabajos que han sentado las bases del futuro de Europa.
Todo ello culminado en nuestra segunda presidencia europea,
que ha reactivado en gran medida el proceso de integración
devolviendo a Europa la fe en sí misma tras un
período de paralización y escepticismo.
Así pues, no sólo nos hemos
integrado en las instituciones de Europa y Occidente.
Nos hemos implicado a fondo con la sana ambición
de no ser un socio más, sino de dejar nuestra huella,
de participar activamente y de destacar en las mismas.
Baste citar que el actual Secretario General de la OTAN
es un español, el Director General de la UNESCO
es un español, el Presidente del Comité
Económico y Social de la Unión Europea es
un español, igual que también lo son el
Presidente del Tribunal de justicia de las Comunidades
Europeas o el del Comité de las Regiones.
Quiero recordar aquí el importante
papel que nuestra monarquía ha tenido en el desarrollo
de las relaciones internacionales de España. El
Rey ha sido siempre nuestro mejor embajador. Su sentido
de la Diplomacia, su defensa de los valores democráticos
y su buen hacer no son ajenos a los éxitos de la
política exterior española.
No hace falta insistir más en esta
realidad palpable. Creo que a todos nos debe enorgullecer
este prestigio conseguido. Pero tenemos que ser conscientes
que no es un logro irreversible. Nadie regala nada en
política y menos en política internacional.
Al contrario, podemos perder en muy poco tiempo los importantes
avances de la última década. Pero no es
este el único motivo para no caer en la autocomplacencia.
El más importante es que el mundo ha cambiado en
pocos años. Hemos pasado de un sistema de bloques
militares, de un sistema bloqueado, por tanto, a un sistema
fluido. La globalización se convierte en una realidad.
Necesitamos ser ágiles y flexibles para adaptarnos
a los nuevos desafíos que se nos presentan.
Les he tratado de exponer hasta aquí
sucintamente hasta donde hemos llegado. Pero queda mucho
por hacer. Voy a referirme a continuación a los
retos del futuro: las prioridades permanentes de España
y los nuevos desafíos que debemos afrontar en los
próximos años.
II. Las prioridades permanentes de
España
Europa El sentido profundo de la construcción
europea se percibe de manera diferente visto desde España
y visto desde otros socios como Francia o Alemania. Para
nosotros la idea de Europa está identificada, como
he dicho antes, con la de modernización. Para Alemania,
como ha recordado el Canciller Kohl de manera dramática,
Europa es una cuestión de guerra o paz. No podemos
perder de vista esta perspectiva. El nacionalismo llevado
hasta sus últimas consecuencias sigue siendo en
Europa una fuerza potencialmente destructiva. Lo hemos
vuelto a recordar ahora con motivo de la guerra en Bosnia.
Ese nacionalismo excluyente sigue produciendo víctimas
inocentes, refugiados, campos de concentración
y criminales de guerra. Así lo dejó escrito
Francisco Tomás y Valiente: "todo nacionalismo
esencialista es funesto. Las esencias son terribles porque
no es fácil saber racionalmente en qué consisten,
pues no son objetos de experiencia sino de creencia y
exigen fidelidades en cuyo nombre es válida la
coacción, la violencia, la guerra. Las naciones
concebidas de este modo se convierten en divinidades en
cuyos altares vale el sacrificio de quienes no les adoran,
en ídolos que no toleran la tolerancía ".
La construcción europea es el mejor
antídoto que tenemos contra estos demonios familiares.
Europa es, por tanto, algo más que la suma de los
intereses nacionales de sus miembros. Se ha querido contraponer
en ocasiones la defensa de los intereses de España
y la defensa de los intereses de Europa. Pienso que en
la mayoría de los casos no están contrapuestos
y que los intereses de España se defienden mucho
mejor en el marco de los intereses europeos.
España tiene en Europa un peso nada
desdeñable y debemos ser capaces de usar la palanca
europea para promover nuestros intereses nacionales. Si
en Bruselas se tiene la percepción de que estamos
defendiendo intereses europeos, los demás socios
aceptarán mejor que en ese marco se defiendan también
los intereses de España.
No es cierto, por tanto, que hayamos abandonado
la defensa de nuestros intereses por un papanatismo europeista,
como a veces hemos oido. Baste recordar: Carlos Westendorp
6 - Que la renta agraría española ha crecido a
un ritmo muy superior al comunitario: un 50% en valor
real entre 1985 y 1995 frente al 8% de media en la Unión
Europea (un 166% y un 60% en valor nominal, respectivamente).
La renta por ocupado en el sector agrícola ha pasado
en España de 811.700 pesetas en 1985 a 2.165.200
pesetas en 1994.
- Que hemos adelantado en siete años
la fecha de nuestra plena integración en la Política
Común de Pesca. Gracias a la Comunidad hemos conseguido
el acceso a nuevos caladeros para nuestra flota como el
de Argentina, hemos vuelto a otros caladeros -como los
de Noruega- de los que habíamos sido expulsados
hace años y hemos evitado ser expulsados de aquellos
como Marruecos, en los que hemos faenado tradicionalmente.
Durante los años 1994-1999 están previstos
183.000 Millones de pesetas para la modernización
y reestructuración de la flota española.
- Que España se beneficiará
con 42.500 millones de Ecus (casi 7 billones de pesetas)
de los Fondos Estructurales y del Fondo de Cohesión
durante los años 1994 a 1999. Sólo el año
pasado hemos tenido un saldo neto en nuestras relaciones
financieras con la Comunidad de 1,13 billones de pesetas
(triplicando el de 1994).
En definitiva, puedo comprender que la oposición,
en su a la vez lógica e infructuosa búsqueda
de espacio para la crítica haya querido ver sombras
en una actuación del Gobierno que sólo presenta
luces, pero creo que no estaría de más respetar
siempre los límites que impone el imprescindible
consenso que debe regir nuestra política exterior
y europea. Fortalecer este consenso es ahora más
necesario que nunca de cara a los retos que tienen planteados
España y la Unión Europea para los próximos
años, y que han sido identificados en el Consejo
Europeo de Madrid:
1) Llevar a buen término la Conferencia
Intergubernamental, que se abrirá el 29 de marzo
en Turín. Se trata fundamentalmente de preparar
bien la ampliación y de responder a las demandas
del ciudadano europeo. Lo que quiere el ciudadano europeo,
sobre todo, es seguridad. Seguridad exterior, frente a
la inestabilidad; seguridad interior frente a la delincuencia
y seguridad en el empleo. Por lo que se refiere al primero
de los aspectos, es fundamental que logremos reforzar
la política exterior de la Unión Europea,
a fin de que podamos proyectar los valores de Europa en
el mundo y extender la estabilidad y la prosperidad hacia
nuestros vecinos más inmediatos. La situación
actual es, sin duda, insatisfactoria ; Holbrooke ha dicho
acertadamente que es "como si la política
exterior de los Estados Unidos de América se decidiese
en reuniones mensuales de quince gobernadores". Tenemos
que lograr, pues, esa sola voz para Europa que nos permita
actuar con agilidad y eficacia en el ámbito internacional.
2) Preparar y conducir las negociaciones
de adhesión de Chipre, Malta y los países
de Europa Central y Oriental. Nos encontramos ante la
responsabilidad histórica de la reunificación
de Europa, que es un imperativo político (si queremos
asegurar la estabilidad de Europa), económico (cón
la "conquista del Este" podemos ganar un mercado
de 100 millones de consumidores creando empleo y riqueza)
e incluso ético o moral (los españoles nos
vemos en un espejo cuando se trata de asegurar "el
retorno a Europa" de estas jóvenes democracias).
Por todas estas razones tenemos que hacer la ampliación.
Pero tenemos que hacerla bien, para que refuerce el proceso
de integración europea. Y no para que sirva de
excusa a quienes desean renacionalizar la PAC o dinamitar
la Política de Cohesión Económica
y Social. Quienes proponen que la próxima ampliación
se haga a costa de los agricultores o de las regiones
más desfavorecidas de la Comunidad están
realmente negando esta ampliación.
3) Lograr la moneda única de acuerdo
con el calendario y los criterios pactados. Como dice
Michel Camdessus, Director del FMI "la moneda única
europea es la única iniciativa sería desde hace
25 años para hacer frente al desorden monetario
originado por la dislocación del sistema de Brettón
Woods". Nos mantendremos firmes en los objetivos
que nos hemos trazado. España tiene que estar en
la primera división. Pero sin duda nos congratulamos
del debate que está teniendo lugar estos días
en España, ya que es una condición indispensable
para que nuestra ciudadanía comprenda qué
es lo que está en juego. No podemos ir a la moneda
única con un pensamiento único.
4) Lograr el nuevo Pacto Financiero que deberá
asegurar la financiación de la Unión a partir
del año 2000.
5) Contribuir a la definición de una
nueva arquitectura europea de seguridad.
6) Definir una buena relación de vecindad
de la Unión, en especial con el Mediterráneo
y con lo que Geremek llama "la tercera Europa",
es decir, Rusia, Ucrania y Turquía. La política
exterior de España
La forma en que abordemos estos retos va
a modificar sustancialmente el mapa político y
económico de la Europa que heredamos de la fase
ya vencida de la Guerra Fría. Las implicaciones
no son menores desde el punto de vista de la seguridad.
De ahí que hablemos del desarrollo de una nueva
arquitectura europea de seguridad, en cuyo marco deberán
adaptarse las estructuras aliadas para permitir el desarrollo
y consolidación de la identidad europea de defensa.
Es entonces cuando se producirá el eventual replanteamiento
de nuestra contribución a la Alianza en la nueva
fase histórica que vivimos. Debemos abrir en España
un debate, sereno y sin prisas, sobre esta cuestión,
que permita alcanzar el máximo consenso en nuestra
sociedad.
Creo que uno de los acontecimientos más
significativos de los últimos años ha sido
la destacada contribución de nuestras fuerzas armadas
en las operaciones de mantenimiento de la paz en el mundo
entero. Para la psicología nacional ha sido importante
esta superación de los viejos reflejos aislacionistas.
Nuestros militares han estado codo con codo con los de
otros países, corriendo los mismos riesgos y cumpliendo,
incluso al precio de sus vidas, misiones de paz y humanitarias
que sin duda han salvado la vida a muchos miles de personas.
Sin duda el mayor esfuerzo lo hemos hecho en Bosnia, país
que ha sufrido una trágica guerra y que acabo de
visitar hace unos días acompañado por una
importante delegación de empresarios que desean
participar activamente en su reconstrucción.
Precisamente en Bosnia se ha puesto a prueba
la necesidad de reforzar los vínculos transatlánticos,
que han sido la clave de bóveda de la seguridad,
la libertad y la prosperidad de Europa en este último
medio siglo. Sin duda era preciso renovar este compromiso
mutuo en un mundo muy diferente a aquel de la Guerra Fría
en el que se forjó. Warren Christopher advirtió,
acertadamente, que ante la ausencia de una amenaza que
nos impulsara a cerrar filas, se planteaba el peligro
de que nuestra relación trasatlántica pudiera
perder su motivación. De ahí que fuera muy
oportuno dar un impulso decisivo en nuestra presidencia
a las relaciones entre Europa y Estados Unidos con la
visita del Presidente Clintón a Madrid y la firma
de la Nueva Agenda Trasatlántica y el Plan de Acción
Conjunto.
Pero nuestra política europea no se
agota en sus aspectos multilaterales por importantes que
éstos sean. Hemos puesto además especial
empeño en cultivar las relaciones bilaterales con
nuestros vecinos y socios principales, en un clima de
concertación manifestado en la celebración
de cumbres anuales. Con Portugal ha sido notable la superación
de recelos históricos en un nuevo marco de creciente
interdependencia económica. Con Francia se ha consolidado
una relación privilegiada que tiene para ambos
países un carácter estratégico en
la correlación de fuerzas de la Europa actual.
Con Alemania se ha reforzado la cooperación en
todos los ámbitos y se ha cultivado un diálogo
fluido y libre de conflictos y con Italia se ha tratado
de materializar en objetivos comunes nuestra complicidad
mediterránea.
con el Reino Unido se diría que ocurre
lo contrario que el dicho que recoge Townsend en su viaje
por la península a finales del XVIII: " con
todo el mundo guerra y paz con Inglaterra. "
Efectivamente, el contencioso de Gibraltar
sigue envenenando las relaciones con este importante socio
y aliado. Nuestros amigos ingleses tienen que saber que
si no se soluciona la cuestión de fondo, no va
a normalizarse nunca la vinculación de Gibraltar
con la Unión Europea. Seremos siempre inflexibles
en lo que se refiere a la cuestión de la soberanía
sobre el territorio, pero podemos ser muy generosos e
imaginativos con el estatuto futuro de la población.
Lo que no puede admitirse es que se fomente una economía
y un modo de vida de los habitantes del Peñón
basado en tráficos ilícitos. De ahí
la campaña de este último año destinada
a eliminarlos y a suprimir la actividad de las lanchas
dedicadas al contrabando.
Es cierto que las conversaciones previstas
en el proceso de Bruselas no han dado lugar a avances
sobre la cuestión de la soberanía por falta
de voluntad británica. El año que viene,
cuando se produzca la retrocesión de Hong Kong
a China, el contraste con Gibraltar será aún
más flagrante e incomprensible en el caso de dos
países que son socios y aliados. Aunque evidentemente
"you need two to tango" no debemos abandonar
este frente.
Iberoamérica Carlos Westendorp Se ha
hablado de los años 80 como la década perdida
en Iberoamérica. El problema de la deuda gravitando
sobre la crítica situación económica,
la existencia de dictaduras en el cono Sur y los graves
conflictos bélicos en Centroamérica justificaban
esta visión negativa. Nuestras mejores energías
hacia esta región estuvieron entonces dedicadas
al apoyo a la democratización y a la pacificación
del subcontinente.
En realidad, y visto desde la perspectiva
de hoy, quizás lo mejor que hicimos por los países
iberoamericanos fue demostrar que España podía
consolidar un sistema de libertades y de progreso económico.
Se rompía así, en el imaginario colectivo
de nuestros pueblos, el maleficio de la supuesta incompatibilidad
entre los valores hispánicos y la modernidad. El
panorama en los 90 es muy diferente al anterior. Se han
ido afirmando regímenes democráticos en
la práctica totalidad de los países y todos
los Gobiernos apuestan por políticas de apertura
y liberalización. En consecuencia, nuestro papel
en la región se ha modificado para poner ahora
el énfasis en el apoyo a estos procesos de modernización,
sin duda beneficiosos para los países que los emprenden
y que igualmente generan importantes oportunidades para
nuestras empresas.
Por lo que se refiere a este último
aspecto, Iberoamérica se ha convertido en el destino
privilegiado de las inversiones españolas. Somo
el cuarto socio comercial dentro de la Unión Europea
y el primer país en inversión productiva.
Gracias a la extensión de sus actividades en estos
países, algunas de nuestras empresas han llegado
a convertirse en verdaderas multinacionales.
Quiero destacar el caso de Telefónica,
que, en pocos años, se ha consolidado como un líder
en el sector por su participación en las telecomunicaciones
de Argentina, Chile y Perú y Venezuela. A esto
se añaden nuevos planes para operar en México
y en varios países centroamericanos.
Estos éxitos de Telefónica
y de otras empresas españolas me parecen especialmente
significativos ya que marcan para nosotros un camino de
gran potencialidad. Se combinan en un sector de futuro
como es el de las comunicaciones y la información,
las tecnologías de vanguardia con el valor añadido
de nuestra lengua común.
Desde el punto de vista político nuestro
Gobierno ha tenido como una de sus prioridades en la región
el estímulo de los procesos de integración
entre los países iberoamericanos y su vinculación
a Europa. Y sin que ello seea incompatible con el desarrollo
y enriquecimiento de nuestras relaciones bilaterales a
través de un sólido marco institucional
de Tratados de Amistad y Acuerdos de Cooperación.
Las Cumbres Iberoamericanas nacen con objeto
de dar forma política a un espacio de civilización
que se quiere afirmar, haciéndolo compatible con
la integración en otros á mbitos. Es una
operación de largo alcance, que se enmarca en la
estrategia de internacionalización de nuestros
países para jugar a fondo todas sus bazas, incluida
la de la civilización.
El efecto es, además, la basculación
de todo ese espacio hacia Occidente por efecto del tirón
de sus componentes más integrados: España
y Portugal en la Unión Europea, México en
NAFTA. Como ha escrito Octavio Paz, "nosotros, los
americanos, somos una dimensión excéntrica
de Occidente, somos su prolongación y réplica".
Pues bien, nuestra aportación consiste en lograr
que esa excentricidad vaya poco a poco disminuyendo.
España ha trabajado también
para dar cada vez más contenido al diálogo
y a las relaciones entre Europa e Iberoamérica
ya que, desde nuestro punto de vista, las relaciones transatlánticas
no tienen sentido sólo con el Norte, sino también
con el Sur. A estos esfuerzos han respondido la creación
de los mecanismos de diálogo con el Grupo de Río,
el grupo de San José y, en nuestra Presidencia,
el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, la
declaración política con Chile, el mandato
para la negociación de un acuerdo de libre comercio
con México o las conversaciones exploratorias con
Cuba.
Quisiera decir dos palabras sobre Cuba: tiene
todas las condiciones para que a finales de esta década
podamos hablar del milagro cubano. Vietnam crece hoy al
10% ¿Por qué no lo va a hacer Cuba, que
tiene un capital humano a la altura de los mejores del
mundo? Para ello son, sin duda, necesarias reformas políticas
y económicas. Es imprescindible que el sistema
permita liberar las energías creadoras de la sociedad,
dando alas a la iniciativa privada en las reformas en
curso.
Por otra parte, hay un millón de cubanos
en el exilio, educados, prósperos, conocedores
de los mecanismos de un mercado competitivo y de una democracia
dinámica. Cuba no puede permitirse el lujo de prescindir
de este capital humano a la hora de contribuir al progreso
de la isla. De ahí que el diálogo y la reconciliación,
la libertad y la democracia sean las claves para abrir
el camino de Cuba hacia su futuro. Nuestra política,
tanto bilateral como en la Unión Europea, pretende
seguir estimulando estas tendencias para lograr que el
milagro sea posible.
Iberoamérica puede además convertirse
en el gran horizonte ilusionante y movilizador de energías
para las nuevas generaciones de españoles, como
lo ha sido para la mía la incorporación
a Europa.
Mediterráneo - Magreb Me referiré
a continuación a la política exterior española
en el área del Mediterráneo, haciendo especial
hincapié en el Magreb. De acuerdo con el último
informe de INCIPE sobre " La opinión pública
española y la política exterior", Marruecos
encabeza la lista de los países que los entrevistados
consideran como una amenaza potencial para la paz de España.
Es propósito del Gobierno vencer esta brecha de
desconfianza que, sin duda, existe aún entre nuestros
países.
Hace apenas una semana tuvimos ocasión
de reflexionar sobre estas cuestiones con nuestros amigos
del Sur con motivo de la segunda Cumbre Hispano-Marroquí,
después de un año difícil en el que
se han multiplicado las crisis con el país vecino.
Hay una primera conclusión que me parece de especial
significación: a lo largo de estos años
hemos optado por una lógica de cooperación
frente a otra de confrontación. Hemos ido tejiendo
una red de intereses compartidos que ha generado una dinámica
propia sumamente positiva que, en el futuro, servirá
de colchón a los conflictos que, inevitablemente,
se pueden producir entre países vecinos.
Me refiero, en primer lugar, a las inversiones
españolas que se han multiplicado por veinte entre
1988 y 1991. Hoy en día operan en Marruecos 800
empresas totalmente españolas o mixtas. En ocasiones
se ha entendido mal en España lo que significa
este fenómeno de la deslocalización, interpretándose
como una huida de empleos hacia un país con costes
laborales más baratos. Sin embargo, no son pocas
las empresas, por ejemplo en el sector textil, que han
conseguido evitar la quiebra, ganar competitividad y,
de este modo, mantener sus actividades y empleos en España
gracias a la rebaja en los costes derivada de sus inversiones
en Marruecos.
Otro sector en el que va trenzándose
la interdependencia mutua es el de las infraestructuras.
El gaseoducto euromagrebí, que se inaugurará
el próximo octubre, nos permitirá importar
nueve mil millones de metros cúbicos de gas argelino
en una primera fase. Otros proyectos de futuro, como la
interconexión eléctrica y el proyecto de
túnel ferroviario bajo el estrecho de Gibraltar,
reforzarán nuestras interdependencias e intereses
comunes.
Esta dimensión económica va
dando solidez a nuestras relaciones. Pero también
debemos trabajar sobre las percepciones mutuas y los estereotipos
que influyen negativamente sobre ellas. Por eso, en esta
última Cumbre hemos decidido crear el Comité
Averroes, compuesto por personalidades de la sociedad
civil que sean capaces de identificar actuaciones prácticas
para mejorar esta visión que tenemos los unos de
los otros, eliminándose progresivamente los prejuicios
que hoy existen.
Estas actuaciones bilaterales se complementan
y enriquecen con las iniciativas que hemos impulsado en
el marco de la Unión Europea. Mediante la convocatoria
de la Conferencia Euromediterránea de Barcelona
hemos querido establecer un nuevo y ambicioso esquema
de asociación que abarque los aspectos políticos,
económicos y socioculturales. Previamente, en el
Consejo Europeo de Cannes, conseguimos la aprobación
de un paquete financiero de 4.685 Mecus para el Mediterráneo,
que permite dotar a este partenariado de una sólida
apoyatura financiera.
España, como país frontera
con los países del Sur del Mediterráneo,
debe ser plenamente consciente de cuáles son los
desafíos y cuál debe ser nuestra apuesta
de futuro en la región. Por resumirlo en una sola
idea, si queremos estabilidad y prosperidad, debemos contribuir
decisivamente a la modernización de las economías
del sur y, en consecuencia, al aumento del nivel de vida
de sus pueblos. Es cierto que muchos problemas que hoy
preocupan a los europeos, como el integrismo o las migraciones,
no son sino efectos de una situación de subdesarrollo
que convive a escasa distancia geográfica con la
prosperidad de nuestros países.
Como dijo Su Majestad el Rey en el acto inaugural
de la Conferencia de Barcelona, se trata en definitiva
de "crear una nueva relación euromediterránea,
un espacio de tolerancía y solidaridad en el que no haya
lugar para la violencia ni para el rechazo".
En Oriente Medio nuestro compromiso político
y económico en el proceso de paz ha tenido diversas
manifestaciones. Si la Conferencia de Madrid supuso el
lanzamiento del proceso, en los últimos años
se han multiplicado las gestiones para acelerar la solución
del problema palestino, la consiguiente normalización
de relaciones entre Israel y los países árabes
y se ha incrementado la ayuda económica, canalizada
tanto a nivel multilateral como bilateral. Los territorios
palestinos son hoy el principal receptor de la cooperación
española en Oriente Medio.
Tres ideas han guiado nuestra política
exterior en Africa subsahariana: el apoyo a los procesos
de democratización, la salvaguarda de los derechos
humanos, las acciones de prevención de conflictos
y mantenimiento de la paz y el desarrollo económico
y la ayuda humanitaria.
En la zona de los Grandes Lagos, España
ha contribuido al proceso de pacificación de Ruanda
y Burundi a través de cuatro vías: UNAMIR,
la organización del Tribunal de justicia, el programa
de rehabilitación de Ruanda y el Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Nuestro
país ha continuado apoyando también el desarrollo
económico y la democratización de Angola
y Mozambique. Con Guinea Ecuatorial, se ha procedido a
redefinir nuestras relaciones y a reestructurar la cooperación
española, tratando de favorecer al mismo tiempo
el proceso democratizador que discurre por caminos difíciles
y tortuosos y la defensa de los derechos humanos con frecuencia
vulnerados.
Hasta aquí los que he denominado desafíos
permanentes de nuestra política exterior. Veamos
ahora los nuevos desafíos.
III. Los nuevos desafíos Los nuevos
desafíos para nuestra política exterior
se plantean a partir de la aceleración del fenómeno
de globalización de la economía mundial.
Son, por una parte, la cooperación al desarrollo
y, por otra, nuestra presencia y proyección económica
en Asia. No son fenómenos distintos, no debemos
hacer compartimentos estancos: cooperación y comercio
son muestras de la proyección exterior de un país.
Debemos huir de toda simplificación: el comercio
como la actividad egoísta y la cooperación
como la actividad altruista. Ambos contribuyen a nuestro
crecimiento económico, a nuestra prosperidad y
a la de nuestros socios así como a una mayor presencia
de España en el mundo.
Recordemos en este sentido la reivindicación
de tantos países del Tercer Mundo: "trade
not aid". A veces, en España, las mismas personas
que favorecen un aumento de nuestra ayuda al desarrollo
rechazan que nuestros mercados se abran a las producciones
de esos mismos países. Creo que son necesarias
la ayuda financiera y el comercio, "trade and aid".
Hay ejemplos, como el de Corea, que deben
movernos a la reflexión sobre la frontera entre
el subdesarrollo y el desarrollo. Corea, que hace treinta
años era uno de los países más pobres
del mundo es hoy candidato a la OCDE y compite en los
mercados mundiales con los países más industrializados.
Es un ejemplo de países que han sabido
y podido dar el salto. En su mayor parte se concentran
en el Sudeste Asiático y el Extremo Oriente. Tenemos
que acercarnos a ellos para aprender de su experiencia
y porque su dinamismo genera oportunidades económicas
que no podemos ignorar.
Otros países no han podido superar
aún su retraso. Tenemos la responsabilidad de ayudarles,
con generosidad y sin prepotencia ya que nosotros mismos
hemos sido, hasta no hace tanto tiempo, un país
en vías de desarrollo. En definitiva, tenemos que
ser competitivos si queremos ser solidarios, son las dos
caras de una misma moneda.
La Cooperación al Desarrollo En mi
opinión, la cooperación al desarrollo debe
ser una prioridad central de nuestra política exterior:
- Por razones morales: cada día mueren
35.000 niños en el Tercer Mundo de hambre y malnutrición.
Una cuarta parte de la población mundial vive en
la más absoluta misería. Un español gasta
y consume energía y materias primas veinte veces
más que un ciudadano del Tercer Mundo. Sólo
entre españoles e italianos consumimos lo que dos
mil millones de personas.
- Por razones políticas: una vez superado
el conflicto Este-Oeste, las crecientes diferencias Norte-Sur
son el mayor riesgo para la estabilidad mundial. España
y Europa no podrán nunca garantizar su prosperidad
en un entorno de pobreza e inestabilidad.
- Por razones económicas: la cooperación
al desarrollo es también un motor de riqueza y
empleo para los países donantes (hay, por ejemplo,
80.000 españoles trabajando en ONGs). El Tercer
Mundo es nuestro primer socio comercial, el primer cliente
y suministrador de la Unión Europea.
No cabe duda que en estos años hemos
dado un enorme impulso, pasando el volumen que se dedica
a la Ayuda Oficial al Desarrollo de 10.100 millones de
pesetas en 1983 a 220.000 Millones en 1995 (del 0,04%
del PNB en 1983, al 0,27% el año 1994, porcentaje
que se situará en torno al 0,35% para el último
año). Somos ya los décimos donantes mundiales.
Existe, además, una importante demanda
social en nuestro país para que se destine el 0,7%
del PNB a la Ayuda Oficial al Desarrollo y se ha alcanzado
un consenso social y político sobre esta cuestión.
Debemos ser conscientes que nuestra cooperación
es muy joven y que, afortunadamente, aún no sufre
"el cansancio del donante" de otros países
desarrollados. La campaña del 0,7% ha servido para
sensibilizar a la sociedad española sobre la necesidad
de aumentar los recursos que dedicamos a la cooperación.
A partir de ahora tenenemos que plantearnos el reto no
sólo de la cantidad sino de la calidad de nuestra
cooperación. Para ello deberemos avanzar en las
siguientes direcciones:
- Establecimiento de prioridades, no sólo
desde el punto de vista geográfico sino funcional:
potenciar el papel que la mujer juega como agente de desarrollo
en aspectos como la educación, la salud y la nutrición
; programas que incidan en la creación de empleo,
tanto en España como en los países receptores;
participación en los procesos de paz y convivencia
democrática. ..
- La complementariedad de la cooperación,
tanto en su vertiente financiera como en la de donaciones
(tal es el ejemplo de la financiación con créditos
FAD de un proyecto y la paralela formación del
personal al que estará encomendada su utilización
). Por ello, la coordinación de objetivos, políticas
e instrumentos se hace imprescindible. Hay que fomentar
sinergias y trabajos conjuntos de empresas y ONGs.
- Tenemos que participar más activamente
en la cooperación comunitaria. La Unión
Europea es el primer donante mundial (facilita, con los
Estados miembros, más del 52% de la Ayuda al Desarrollo
mundial: 27.000 millones de dólares en 1994 frente
a 12.000 millones de Estados Unidos y 9.000 millones de
Japón).
Si no aprovechamos los fondos comunitarios
estaríamos perdiendo una excelente oportunidad
para la creación de riqueza y empleo en nuestra
sociedad y para reforzar nuestra proyección exterior.
En definitiva, estaríamos financiando empresas
y ONGs de otros Estados miembros. Necesitamos, por tanto,
aumentar los retornos y una más activa participación
de las empresas y ONGs españolas en los programas
comunitarios de cooperación.
En definitiva, queremos una cooperación
al desarrollo eficaz, participativa y plural, planificada
y con unidad de gestión, que sea una de las imágenes
más positivas de nuestra política exterior.
Con un efecto multiplicador en la creación de empleo
y riqueza, tanto en la sociedad donante española
como en las beneficiarias de nuestra cooperación.
Asia
En 1994 The Economist publicó unas
llamativas proyecciones según las cuales en el
año 2020 las quince mayores economías del
mundo serían, por este orden, China, Estados Unidos,
Japón, Indía, Indonesía, Alemania, Corea del Sur,
Tailandía, Francia, Taiwan, Brasil, Italia, Rusia, Reino
Unido y México. La mitad de las diez mayores economías
del mundo estarán, por tanto, en Asia Oriental.
Frente a este escenario de futuro, los europeos en general
y los españoles en particular, podemos asumir una
de estas dos actitudes: Asia como peligro o Asia como
oportunidad. El efecto de la primera actitud es el repliegue
y la política del avestruz; por el contrario, si
lo vemos en términos de oportunidad, tenemos que
ser capaces de responder a ese desafío. Y no estoy
hablando solamente del Gobierno sino de toda la sociedad.
En los últimos años hemos hecho
un esfuerzo para aumentar nuestra presencia en esta región
de dinamismo económico:
- Se han celebrado Expotecnias en Pekín
y en Bangkok en los años 1994 y 1995.
- Sus Majestades los Reyes llevaron a cabo
una importante gira el año pasado a China, Malasía
y Filipinas. Este año visitarán Corea.
- La próxima semana me desplazaré,
representando al Presidente del Gobierno, al encuentro
Europa-Asia en Bangkok y aprovecharé la ocasión
para visitar Vietnam. Sin embargo, necesitamos, como decía
antes, una estrategia coherente que abarque a la Administración,
a las empresas y a las universidades. Los alemanes elaboraron
hace unos años su "Asia concept". Nosotros
necesitamos el nuestro. Esta estrategia a largo plazo
debiera abarcar los siguientes aspectos, además
de los obvios de promoción comercial:
- Fomentar los estudios orientales en nuestras
Universidades. Necesitamos orientalistas que nos enseñen
a conocer estos países y necesitamos empresarios
que sepan hablar japonés o chino. Actualmente,
los japoneses aprenden español para venir a vender
a España. Ellos nos ven como oportunidad y nosotros
no hacemos todavía lo mismo. Como ha escrito Habermas,
Europa tiene ante sí una segunda oportunidad que
muy pocas veces concede la historia: "Esta oportunidad
no podrá aprovecharla, sin embargo, practicando
una política antigua de prepotencia sino adoptando
nuevas premisas; a saber, buscando una comprensión
mutua con otras culturas y preocupándose por aprender
de ellas alguna cosa".
- Debemos utilizar a fondo el idioma español,
por el que existe un interés y una demanda en esta
región, para aumentar allí nuestra presencia.
Por la vía de la enseñanza, por la vía
de la difusión de nuestra cultura, por la vía
de los medios de comunicación (a partir de abril
el Ministerio de Asuntos Exteriores va a financiar junto
con RTVE la difusión en Asia -a un tercio de la
población mundial- de TVE Internacional).
- Debemos contar con Filipinas como una de
las plataformas de todo este esfuerzo. Afortunadamente,
la presencia española no ha desaparecido allí
y en ningún otro país de la zona disponemos
de unos vínculos que faciliten más nuestro
acercamiento. Filipinas crece ahora al 7% anual y abre
especiales oportunidades, como otros países de
la región, para nuestras empresas.
IV. Conclusiones Tenemos que dedicar una
atención preferente a nuestros intereses permanentes:
- Europa, como vector fundamental de nuestra
proyección internacional. España se juega
su futuro en Europa y el futuro de Europa se decidirá
en los próximos años. Esta opción
no supone en modo alguno una postergación de Iberoamérica
o el Mediterráneo, sino que refuerza estas dimensiones
de nuestra política exterior, que comprende también
el vínculo transatlántico.
- Iberoamérica, por esos viejos vínculos
de familia, ahora renovados, por los muchos intereses
y valores comunes que compartimos, por su enorme potencial
de futuro que puede convertirse en el nuevo horizonte
para nuestros jóvenes.
- El Mediterráneo para que, a través
de una asociación entre iguales impulsada por "el
espíritu de Barcelona", se asegure la paz,
la estabilidad y la prosperidad en la región. Pero
también tenemos que ser capaces de responder con
éxito a los nuevos desafíos: la cooperación
al desarrollo y Asia o, lo que es lo mismo, la solidaridad
y la competitividad. No es la cuadratura del círculo
si aceptamos la definición de política como
aquello que hace posible lo que es necesario. Para ello
tenemos que seguir siendo ambiciosos. Sin serlo no habríamos
tenido la Conferencia de Paz de Oriente Medio, ni hubiéramos
puesto en marcha las Cumbres Iberoamericanas, ni la Conferencia
Euromediterránea de Barcelona, ni tantas y tantas
otras iniciativas en nuestra política exterior.
Pero no podemos ser voluntaristas. Tenemos que contar
con los medios adecuados, tanto cuantitativos como cualitativos,
para impulsar una Diplomacia moderna y eficaz que promueva
los intereses nacionales, contribuya a nuestra estabilidad
y prosperidad y proyecte los valores de España
en el exterior. En este sentido, tenemos que avanzar en
los siguientes á mbitos:
- Un redimensionamiento de nuestra representación
exterior, adecuando los medios personales y materiales
y atendiendo con flexibilidad a las prioridades de cada
momento. Es imprescindible que abramos cuanto antes Embajadas
de España en Vietnam, Bosnia, Eslovenia, Eslovaquia,
Chipre o las Repúblicas Bálticas. Y una
importante presencia consular y comercial en sitios como
Shanghai o Atlanta.
- Una mayor vinculación de nuestra
política exterior con el mundo empresarial y económico.
He querido aportar algo a esta prioridad y así
se ha hecho en el reciente viaje que he realizado con
el Secretario de Estado de Comercio Exterior a la antigua
Yugoslavia en compañía de un grupo de empresarios
españoles que desean aprovechar las oportunidades
que ofrece la reconstrucción.
- Debemos basar la acción exterior
en nuestros puntos fuertes, que son muchos y muy importantes
(Unión Europea, Iberoamérica, Mediterráneo...).
Pero el primero de ellos, sin duda, la lengua española.
Es cierto que la influencia internacional de un país
también se mide por su presencia en el espíritu
de las personas que hablan su idioma y conocen su cultura.
Debemos potenciar los Institutos Cervantes, apoyar a nuestra
industria cultural (solamente el sector del libro factura
400.000 millones de pesetas al año), promover la
utilización de las comunicaciones y la información
(INTERNET, TVE internacional) para proyectar nuestro idioma
en todas las regiones del mundo. El fomento de nuestra
lengua es un fin en sí mismo y también es
un medio: un medio para ganar amigos y también
para crear comercio que, a su vez, supone la creación
de empleos en España.
Hemos visto, pues, que es mucho lo que España
ha conseguido en estos años en el ámbito
de la política exterior. Pero también es
cierto que se aproximan tiempos difíciles en los
que nos va a tocar remar contra corriente. España
y Europa se juegan muchas cosas en los próximos
años y será necesaria una mano firme y experimentada
para seguir guiando este barco entre los escollos con
la misma pericía que se ha demostrado hasta ahora. Es
cierto que las diferencias entre los distintos programas
electorales en materia de política exterior son
puntuales. El papel lo aguanta todo. Un sector de Izquierda
Unida se muestra contrario a la Unión Económica
y monetaria y a la integración europea. Y el Partido
Popular parece haber adoptado una postura de mayor integrismo
nacionalista ante nuestros socios comunitarios, además
de dar al concepto de "subsidiaridad" el peligroso
significado de "descentralización ",
que podría conducir en último extremo a
una funesta renacionalización de las políticas
comunes.
Pero, salvo estas diferencias, escasas pero
importantes, es poco el margen de maniobra que queda para
introducir desviaciones en las líneas generales
de la política exterior española. Entre
otras cosas, digámoslo claramente, porque el Gobierno
Socialista ha ocupado ya todos los espacios y ha señalado
un camino repleto de resultados del que va a ser muy difícil
apartarse.
Las diferencias en este terreno no van a
estar, pues, en el qué hay que hacer, sino en el
cómo y en el quién. Es una cuestión
de voluntad política y de capacidad para la plasmación
de esa voluntad. Creo que, habiendo sido capaces de poner
a España en su sitio, va a ser muy díficil
-por no decir imposible- poder hacerlo mejor. Pero sin
duda puede hacerse peor.
Como he dicho antes, en los próximos
años tenemos unos importantes desafíos a
los que responder. Habrá que nadar con fuerza contra
corriente. Y si no se hace con decisión y capacidad
podemos perder en muy poco tiempo el puesto que con tanto
esfuerzo hemos alcanzado. Sin duda, es el pueblo español
quien tiene la última palabra.
Dicho ésto, quiero recordar una vez
más que la política exterior es, por definición,
una política de Estado y, por tanto, de consenso.
Y que debe seguir siendo así después del
3 de marzo. Pero esto no debe hacernos caer en la inercía
y el desinterés. Debemos huir del pensamiento único.
Necesitamos ideas que nos inspiren y movilicen. He tratado
de adelantar algunas en esta conferencia.
Espero de su benevolencia que no me reprochen
lo que dijo de Churchill su Jefe de Estado Mayor durante
la Segunda Guerra Mundial: "Winston tenía
diez ideas cada día, pero sólo una de ellas
era buena y además no sabía cuál
era la buena". . . . . .