Mapa del sitio
Imprimir esta página
Correo Electrónico
Libros de Interés

Lula: "Entre las favelas y el FMI"

Luisa M. García García

Diplomática

Investigadora Asociada del INCIPE

El 1º de enero de 2003, Luis Ignacio "Lula" da Silva tomó posesión de su cargo como nuevo presidente de Brasil. La segunda vuelta de las elecciones, celebradas el 27 de octubre de 2002, dieron el triunfo al Partido de los trabajadores (PT), quién concurría a los comicios por cuarta vez consecutiva. Desde las elecciones de 1962 no gobernaba un partido "progresista" en Brasil. De hecho, el éxito de aquel año, fue uno de los detonantes del golpe que instauró la dictadura militar hasta 1984.

Ahora, toda la atención está puesta en qué hará el nuevo presidente, quién deberá elegir entre dos posibles direcciones. La primera, la de los votantes, atraídos por sus promesas electorales; la segunda, la de los inversores y el Fondo Monetario Internacional (FMI), ambos preocupados por las implicaciones de algunas de sus promesas electorales, que esperarán una demostración temprana de su compromiso con una gestión económica prudente. Conviene recordar que pese a que Lula dejase a un lado la retórica socialista durante la campaña electoral, los mercados financieros se mostraron altamente inestables debido a las incertidumbres acerca de la política económica del candidato una vez alcanzase la presidencia del país

Brasil, con una extensión territorial similar a la de los Estados Unidos, un Mercado de unos 170 millones de habitantes y una clase media en expansión, está considerado, por tamaño, la novena economía del mundo, justo por detrás de China y Canadá. Es, sin duda, el país con mayor peso económico de Latinoamérica, concentrando la mayor parte de las inversiones extranjeras –incluidas las españolas- en el Subcontinente. Sin embargo, Brasil es también uno de los países que más se significan por la injusticia en el reparto de la riqueza, las enormes bolsas de pobreza y por sus altos índices de delincuencia.

El presidente saliente, Fernando Henrique Cardoso, llevó a la práctica un modelo político y económico socialmente conservador, fuertemente influenciado por el FMI. Siguiendo las recomendaciones de los organismos financieros internacionales implantó un ambicioso programa de estabilidad macroeconómica, austeridad fiscal, reforma del Estado y desarrollo económico, que no tardó en dar sus frutos. El Mercado brasileño se abrió a las inversiones extranjeras, entre 1993 y 1995, el PIB creció en una cuota cercana al cinco por ciento, aunque inició después una lenta desaceleración y la inflación dio claros signos de contención. Pese a ello, el malestar social siguió siendo patente, principalmente, debido a los altos tipos de interés, la elevada carga tributaria y, sobre todo, la falta de estímulos al desarrollo industrial.

Los fatídicos atentados del 11 de septiembre tuvieron, entre otras graves consecuencias, la agudización de crisis financiera internacional que ya se venía gestando en EEUU y, en mayor medida, en Europa. Pocos meses después, Argentina suspendió el pago de la deuda y comenzó a cundir el pánico en los Mercados internacionales. Y es precisamente en ese marco de incertidumbre e inestabilidad económica en el que "Lula" anuncía su candidatura a la presidencia de Brasil. Una especie de "pánico incontrolable" pareció entonces apoderarse de los mercados, haciendo caer la cotización del real brasileño, los índices de las bolsas, los bonos de la deuda y aumentando el índice "riesgo-país" de Brasil. Y ello, pese a que tan sólo a una semana de los comicios del 6 de octubre, el candidato socialista ya aglutinaba un 49 por ciento de la intención de voto global. Al igual que los otros tres candidatos a la presidencia, da Silva había prometido mantener el pago de la deuda, el equilibrio fiscal, el control de la inflación y la protección de las inversiones extranjeras una vez llegasen al gobierno. Sin embargo, ello no va ser tan sencillo.

El nuevo presidente tiene las manos atadas por los pactos con el FMI y por una economía que depende en exceso de la inversión extranjera. Por ello, según Luis Esteban Fernández Manrique "de la introducción de los cambios necesarios en el modelo liberalizador de los años noventa dependerá el éxito o el fracaso del próximo gobierno". El mayor de todos los problemas al que deberá hacer frente "Lula" es el de la ingente deuda pública brasileña, que ha pasado del 54 al 64 por ciento del PIB en el último año (260.000 millones de dólares). El hecho de que la mayoría de los acreedores sean brasileños podría facilitar teóricamente su renegociación, pero ello significaría también que el peso de una eventual reestructuración de la deuda recaería plenamente sobre el país. El principal problema es que el fuerte incremento de los tipos de interés (por encima de los tres puntos porcentuales a 14 de octubre de 2002) ha tenido una incidencia directa sobre la deuda pública, en una situación, si cabe aun, más precaria.

Los cuatro principales candidatos firmaron un acuerdo de transición al respecto con el FMI, y que consistía básicamente en la entrega de un préstamo de 30.000 millones de dólares en un período de dos años. Sin embargo, para recibir el préstamo, da Silva deberá cumplir su promesa electoral de mantener el superávit fiscal primario (antes que el pago de intereses) en el 3,75 por ciento hasta el año 2005. La paradoja es que el presidente se ha comprometido también a llevar a cabo una política social basada en el aumento del gasto social y que propugna duplicar el salario mínimo en cuatro años, lo que dispararía aun más el déficit de la seguridad social (ya en un cuatro por ciento del PIB) sin realizar reformas drásticas en el sistema de pensiones. Por otra parte, los altos tipos de interés paralizan el crecimiento económico de Brasil, lo que unido al elevado coste de financiación del gobierno limita su capacidad para realizar gastos en materia de política de bienestar, educación, salud y resto de los servicios públicos que da Silva ha prometido potenciar.

Por otra parte, si el real brasileño sigue cayendo y suben tipos de interés exigidos por los acreedores para extender el plazo de vencimiento de las deudas, inevitablemente se tendrá que aumentar la cifra de superávit necesaria para estabilizar la deuda. No obstante, "Lula" se ha comprometido públicamente a respetar este pacto y en ello radica precisamente la principal disyuntiva de su gobierno: cómo lograr conjugar las políticas sociales con las políticas restrictivas necesarias para sacar a la economía brasileña de su crisis. Por todo ello, da Silva va a estar sometido a una fuerte presión interna, pero también por parte de países, que como Estados Unidos, van a seguir muy de cerca su gestión al frente del gobierno, en una carrera contra reloj.

Lo cierto es que el crecimiento económico resulta imprescindible si se aspira a reducir los altos niveles de pobreza y evitar una crisis financiera que conduzca a una suspensión de pagos. Como recordara Felipe González al nuevo presidente brasileño con ocasión de la celebración del Foro Económico de Davos (Suiza): "para distribuir riqueza antes hay que crearla". El sólido mandato popular obtenido por "Lula", el más amplio de toda la historia de Brasil (52 millones de votos) debería servir para avanzar en esa dirección.

Luis Ignacio da Silva ha conseguido ganarse a la clase empresarial gracias a una notable suavización de su postura política de partida e, incluso, de su propia imagen y ello, a costa de un lenguaje confuso y, en ocasiones, contradictorio. A las bases de su partido les hablaba de ruptura con el actual modelo económico, mientras que a las élites financieras les aseguraba que cumpliría los pactos con el FMI. Sin duda, el nombramiento de José Alencar como Vicepresidente de gobierno (uno de las mayores industriales textiles del país), bajo el pretexto de formar un gobierno integrador, unido a la suspicacia de "Lula" frente al Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), han sido elementos decisivos para lograr el ansiado apoyo de los empresarios a su gestión. Todo ello apunta a que el presidente brasileño busca conformar una alianza con el objetivo de recuperar el modelo desarrollista que hizo de Brasil el país con mayores índices de crecimiento mundial en las décadas de los ‘50 y ‘60.

En un contexto ya regional, algunos análisis ponen en relación la actual crisis económica argentina y los resultados del nuevo ejecutivo brasileño, especialmente en materia de política económica. Se señala que Brasil podría sacar a Argentina de su crisis, pero también que un hipotético hundimiento de la economía brasileña traería consigo el colapso económico de todo el Subcontinente americano, creando una especie de "efecto dominó" en el que la quiebra de la economía brasileña agravaría todavía más la situación argentina (Brasil es el segundo Estado receptor de sus exportaciones), arrastrando a Uruguay y a los países asociados a MERCOSUR. Con MERCOSUR fuera de juego, el comercio regional se contraería y las perspectivas de recuperación de los países andinos quedarían muy mermadas. Sólo Chile y México, con acuerdos regionales con la Unión Europea podrían mantenerse "a flote", aunque también con dificultades.

Sin embargo, da Silva ha apostado en su política exterior fuertemente por rescatar MERCOSUR. En diciembre de 2002 visitó Argentina, en donde criticó duramente las desigualdades del comercio internacional y afirmó que, en los términos en los que está planteado el ALCA, de seguir adelante la propuesta estadounidense, significaría "la anexión" de Brasil a los intereses de Washington. Por ello, según el PT, el nuevo gobierno va a impulsar el MERCOSUR y una futura asociación con la Comunidad Andina de Naciones (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela), como estrategia para crear un bloque Sudamericano con mayor fortaleza para negociar el ALCA, negociaciones que deberían estar marcadas por la defensa de los sistemas productivos. "Lula" ha sugerido también la creación de una moneda común en el ámbito del MERCOSUR, la transformación de éste en una efectiva Unión Aduanera y en un sistema de convergencia de políticas industriales y agrícolas, así como la creación de una política exterior común. Para el nuevo presidente brasileño, MERCOSUR debería asumir la coordinación macroeconómica de la región, tomando como ejemplo a la Unión Europea.

El pasado radicalismo de "Lula" y el del Partido dos Trabalhadores (PT), unido a la falta de experiencia administrativa del nuevo presidente hicieron temer a los inversores que Brasil seguiría el mismo camino y evolución de su vecino, Argentina, llevando inevitablemente al país hacia la bancarrota. Sin embargo, a lo largo de las últimas semanas el real brasileño y los bonos del Estado se han recuperado sensiblemente, aunque aun permanecen en niveles que harían difícil sostener la deuda del país a largo plazo.

Para los más pesimistas hay que tener en cuenta el hecho que hay que Brasil no es Argentina. Brasil tiene un grado de estabilidad institucional que Argentina nunca tuvo y una ley de estabilidad fiscal que previene a los políticos de un gasto superior a los ingresos, por lo que no parece previsible, a corto plazo, un colapso del sector financiero. Algunos analistas se preguntan si se ha hecho inevitable una reestructuración de la deuda brasileña. Además, las instituciones políticas y financieras de Brasil son más fuertes que las de Argentina, con lo que los resultados deberían ser menos traumáticos que la profunda depresión que ha seguido a la falta de pago de la deuda por parte de su vecino del sur. En cualquier caso, aun es pronto para aventurarse a predecir resultaos. Habrá que esperar para comprobar si "Lula" es capaz de compatibilizar las medidas sociales con una política económica eficaz y coherente.

 

Alberto Aguilera 7 - 6º dcha. 28015 Madrid (España)

Telfs: +34 91 445 58 47/48 Fax: +34 91 445 74 89

INCIPE 2005. Todos los derechos reservados - All rights reserved.

Diseño & Marketing: