"Las
relaciones entre la UE y América Latina: de la
cumbre de Rio a la Cumbre de Madrid"
Luisa M. García García
Diplomática
Investigadora Asociada del
INCIPE
Desde
la creación de las Comunidades Europeas en los
años cincuenta hasta la década de los noventa,
las relaciones entre ésta y los países de
América Latina fue más bien escasa. Latinoamérica
estaba lejos de ser una zona prioritaría en la agenda
comunitaria y únicamente el recrudecimiento de
los conflictos armados en Centroamérica a principios
de los años ochenta y la fuerte inestabilidad que
ello producía en la región hicieron que
la Comunidad decidiera involucrarse políticamente
en el proceso de paz a través del Diálogo
de San José, primero, y más tarde del diálogo
con el Grupo de Río, mientras que el terreno económico
se mantenía prácticamente al margen. Fue
necesario esperar a la década de los noventa para
que una serie de condicionantes externos e internos permitiesen
que esas relaciones fueran a más, tanto en el plano
político, como en el comercial y el de la cooperación.
Del
lado europeo, España y Portugal, que se habían
convertido en Estados miembros en 1986, presionaban para
que se prestase mayor atención a las que habían
sido sus colonias, mientras que la culminación
de la Ronda Uruguay del GATT imponía a la CE una
rebaja del proteccionismo del comercio de productos agrarios
tal que, al reducir los marcos preferenciales de los países
ACP, reducía visiblemente el coste que suponía
hasta entonces abrir el mercado comunitario a los países
latinoamericanos. Por su parte, en América Latina
se inauguraba un período de recuperación
económica, impulsada por las reformas unilaterales
de los gobiernos y el empuje de los incipientes procesos
de integración regional, y de cierta estabilidad
política, con la finalización de los conflictos
armados en América Central y la vuelta a la democracia
de los países del Cono Sur. América Latina
se había convertido en una zona económica
emergente que atraía a los inversores de medio
mundo y eso era algo que la UE no podía obviar.
El interés
económico parece por lo tanto tener más
fuerza que la afinidad histórica, cultural o política,
y es sólo cuando Latinoamérica se convierte
en una región económicamente atractiva que
la UE parece darse cuenta de que existe. Es más,
fue precisamente ese interés el que hizo que sólo
se firmasen acuerdos más avanzados (“Acuerdos
de cuarta generación ”) con los países
de mejor posición económica relativa y con
mayor potencial de crecimiento (México, Chile y
el MERCOSUR), mientras que los demás quedaban condenados
a una clásica cooperación al desarrollo
que con los años iría degenerando en una
pura ayuda humanitaria en caso de catástrofe natural,
de no ser por las preferencias comerciales concedidas
para la lucha contra la producción ilegal de drogas
a los países de Centroamérica y de la región
andina (el SPG-drogas), que, por otro lado, a la larga
han demostrado no ser demasiado eficaces.
Ante
esta intensificación de las relaciones entre ambas
regiones, la decisión de celebrar una primera cumbre,
que reuniría a todos los jefes de estado y de gobierno
de los Estados miembros de la UE y de los países
de América Latina y el Caribe en Río de
Janeiro, como culminación a esta década
de resurgimiento político biregional, despertó
grandes expectativas tanto en la opinión pública
como en la clase política latinoamericana. Mientras
tanto, los europeos parecían haber optado por la
celebración de la reunión atacados por una
especie de “pánico al ALCA” cuyo antídoto
era lograr frenar por todos los medios un avance de la
influencia de los EE.UU. en el mercado de la región
que amenazaba seriamente la posición de los productores
y operadores económicos europeos, sin muchas mayores
pretensiones. Como señalaba el informe del IRELA
La Cumbre de Río: ¿hacía una asociación
estratégica?, “antes de la reunión,
los europeos parecían cautos respecto a las expectativas
de los latinoamericanos y caribeños, y había
cierta preocupación de que las expectativas eran
mayores de lo que la Cumbre podía ofrecer”.
Ante
este panorama, los días 28 y 29 de junio de 1999
se celebraba en Río de Janeiro, Brasil, la I Cumbre
de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea
y de América Latina y el Caribe. Sin duda, la Cumbre
fue un evento histórico y fundamental al que no
hay que quitarle mérito, y tuvo un efecto muy positivo:
sirvió para dar visibilidad y llamar mundialmente
la atención sobre las relaciones entre ambas regiones.
Sin embargo, las expectativas latinoamericanas parecieron
verse frustradas, quizá por su falta de realismo
al no ser conscientes de lo que se puede esperar realmente
de este tipo de reuniones de alto nivel, que son más
pura apariencia política que foro de negociaciones.
En su
momento, las valoraciones iniciales de la Cumbre fueron
de muy diversa índole pero, en general, podrían
ordenarse en un continuo cuyos extremos se repartían
entre aquellos que consideraban la Cumbre como un evento
histórico y fundamental ya que marcaba el inicio
de unas relaciones más dinámicas entre ambas
regiones, y aquellos otros que, por el contrario, opinaban
que los resultados habían sido decepcionantes,
en el sentido de que no habían respondido a las
expectativas particulares que se habían creado,
y esto tanto porque los documentos finales tenían
un mero carácter declarativo y no compromisorio
como porque no se llegaron a establecer plazos concretos
para las negociaciones comerciales entre la UE, MERCOSUR
y Chile. Esta última apreciación quizá
fuese debida a una concepción errónea que,
en general, se tenía del propósito de la
Cumbre: muchos pensaban que la función de la reunión
no era otra que la de discutir la liberalización
comercial y negociar los acuerdos de libre comercio.
El que
la UE, MERCOSUR y Chile pudieran anunciar formalmente
el inicio de las negociaciones en Río, debido a
que en la reunión de Luxemburgo de los Ministros
de Asuntos Exteriores de la Unión de 21 de junio
se tomó la decisión de que las conversaciones
sobre asuntos no arancelarios comenzarían a finales
de ese año mientras que las negociaciones arancelarias
lo harían en julio de 2001, pudo haber inducido
a ese error. De hecho, esta convicción hizo que
la prensa siguiese especulando sobre ese tema durante
la Cumbre de modo que la cuestión concreta de las
relaciones comerciales de la UE con MERCOSUR y Chile eclipsó,
según algunas opiniones, la amplia agenda de trabajo
que se llevaba a la reunión.
La Cumbre de Río propuso la construcción
de una “Asociación Estratégica Biregional”
cuyo contenido no está todavía muy claro
_incógnita que la Cumbre de Madrid tampoco nos
ayudó a despejar_, y se cerró con una Declaración
Conjunta y un Plan de Acción que dejaban sentadas
un amplio número de prioridades referidas al diálogo
político, las relaciones económicas y financieras,
y la cooperación, cuya implementación en
los años posteriores debería contribuir
a la puesta en marcha de dicha Asociación. Sin
embargo, los avances en este terreno serían más
bien pobres a pesar del supuesto “ímpetu
político” existente: la Cumbre dio paso a
un período de tres años en el que imperaron
los retrasos y los incumplimientos de las prioridades
y los acuerdos consensuados en la misma, algo que se encargaron
de corroborar tanto la Comisión Europea en su Comunicación
al Consejo y al Parlamento Europeo sobre el seguimiento
de la I Cumbre como el eurodiputado José Ignacio
Salafranca en su informe-propuesta de octubre de 2001.
Ante
esta perspectiva, la II Cumbre de Jefes de Estado y de
Gobierno de la UE y de América Latina y el Caribe
fue orientada tanto a servir de revisión de la
asociación estratégica lanzada en Río
y realizar nuevas propuestas para su continuación,
como a dar un nuevo impulso político a las relaciones
entre ambas regiones, habida cuenta de los escasos resultados
obtenidos. Así, los días 17 y 18 de mayo
de 2002 todos los ojos estaban puestos en Madrid para
comprobar si la nueva Cumbre sería capaz de relanzar
y definir una asociación estratégica que
estaba totalmente estancada y unas relaciones biregionales
en claro declive y fatiga.
El Comisario
Europeo de Relaciones Exteriores, Chris Patten, en clara
alusión al carácter abstracto y declarativo
de este tipo de eventos, señaló que los
Jefes de Estado y de Gobierno asistentes a la Cumbre deberían
demostrar que “son capaces de alcanzar acuerdos
prácticos” para hacer frente a los desequilibrios
sociales, la escolarización, desarrollar la sociedad
de la información, reforzar el diálogo político
y dar un nuevo ímpetu a las relaciones con MERCOSUR,
“más que ponerse de acuerdo en la redacción
de un comunicado de prensa”[1].
En todo
caso, es evidente que América Latina ha ido perdiendo
importancia en la agenda exterior de la UE en favor de
la zona de los Balcanes y de Europa del Este así
como de la orilla sur del Mediterráneo, que son
ahora zonas prioritarias. Ello se traduce en una pérdida
de interés europeo por la “Asociación
Estratégica” que parece haberse contagiado
a la parte latinoamericana. Por eso, la Cumbre de Madrid
parecía la mejor oportunidad existente para su
relanzamiento.
A lo
anterior habría que añadirle el hecho de
que a la Cumbre se llegaba en un momento en que imperaban
dos factores especialmente adversos para una profundización
de las relaciones UE-ALC: por un lado, los atentados del
11 de septiembre y la guerra librada por los EE.UU. en
Afganistán habían desplazado toda la atención
internacional al tema de la defensa, la seguridad y la
lucha contra el terrorismo; y, por otro, la crisis económica
estallada en Argentina hacia todavía más
patente el aparente colapso del MERCOSUR al tiempo que
hacia disminuir el interés de los operadores europeos
por invertir en la región[2].
Por
todo ello, las perspectivas de obtener resultados tangibles
de la Cumbre eran bastante desalentadoras, algo que quedó
pronto de manifiesto.
El presidente
de Bolivia, Jorge Fernando Quiroga, señaló
en una entrevista concedida a El País que le hubiera
gustado obtener de la Cumbre un programa liberalizador
más agresivo que diese salida a los productos alternativos
a la coca; no sirve de nada la implementación de
políticas de sustitución de cultivos cuando
se le cierran los mercados a los demás productos
a través de aranceles a las manufacturas, sobre
todo los textiles, y subsidios agrícolas[3]. Ni
América Central ni la Comunidad Andina consiguieron
que los Quince accediesen a la negociación de un
acuerdo de asociación. La UE dejó claro
que no hablaría de apertura comercial hasta, al
menos, el año 2005 y, en todo caso, no hasta que
culminase la ronda de negociaciones de Doha sobre comercio
mundial. A cambio, les propuso iniciar una negociación
para un nuevo acuerdo de diálogo político
y de cooperación. A este respecto, el Comisario
de Comercio, Pascal Lamy, señaló que “en
lo comercial, el ritmo en que nuestros socios andinos
y centroamericanos avancen en sus procesos de integración
regional e incrementen su capacidad para asumir obligaciones
multilaterales será fundamental en la decisión
de los europeos de concluir acuerdos comerciales preferentes
con ambas zonas en el futuro”[4].
Tampoco
MERCOSUR logró ningún avance en lo que a
la negociación del acuerdo de asociación
se refiere; es más, ni siquiera se estableció
una fecha límite para cerrar el acuerdo aunque
se espera alcanzar para el año 2005, siempre después
de la finalización de las negociaciones de la Ronda
del Milenio de la OMC, tal como señaló el
Comisario Europeo de Comercio Pascal Lamy, el cual expuso
también su convencimiento de que el éxito
del acuerdo UE-MERCOSUR dependerá de “la
evolución del bloque suramericano y, más
aún, de la recuperación económica
argentina”. Únicamente se decidió
que ambas partes se reunirían en julio en Brasilía
con el fin de arrancar definitivamente las negociaciones
hacia un acuerdo de libre comercio. “De Madrid,
el MERCOSUR sólo se ha llevado un plan para facilitar
los negocios entre las regiones que contempla la estandarización
de las normas técnicas y de resolución de
conflictos regionales, la redacción de un código
aduanero único para MERCOSUR y avances en cuestiones
de comercio y normas sanitarias para el comercio de animales
y cereales”[5].
Por
el contrario, el “gran éxito” de la
reunión fue el anuncio oficial de la culminación
del acuerdo de asociación entre la UE y Chile,
calificado por el ministro español de economía,
Rodrigo Rato, como “el plato fuerte de la Cumbre”,
acuerdo al que se llegó a finales de abril en Bruselas[6].
Por su parte, tanto el presidente mexicano, Vicente Fox,
como la presidencia española de la Unión,
valoraron positivamente la puesta en práctica del
Acuerdo de Libre Comercio UE-México, y esta última
manifestó su pleno apoyo al Plan Puebla-Panamá[7].
Sin
embargo, en Madrid pareció existir una especie
de obsesión europea por el tema de la seguridad
y la lucha contra el terrorismo. De hecho, al inaugurar
la conferencia, el presidente de turno de la UE, José
María Aznar, expuso que la agenda europea “destaca
al terrorismo como el mayor reto que tiene el mundo”.
Evidentemente, esta prioridad de la agenda política
europea tiene poco que ver con las prioridades de los
países latinoamericanos, acuciados por problemas
bastante más graves como los altos niveles de pobreza,
la deuda externa, las desigualdades sociales, la marginación
o las violaciones sistemáticas de los derechos
humanos. El único que se atrevió a alzar
la voz en este sentido fue el entonces presidente brasileño
Fernando Enrique Cardoso que, en un grandilocuente discurso,
realizó un llamamiento para que los ataques terroristas
del 11 de septiembre en los EE.UU. no anulen la voluntad
de los líderes políticos en la búsqueda
de un desarrollo equilibrado. Cardoso señaló:
“comprendemos las reacciones más que justificadas
a las amenazas del terrorismo y del uso de armas de destrucción
masiva. Pero no queremos que, movidas por el miedo, las
grandes potenciassustituyan la agenda de la esperanza,
obsesionándose únicamente con el tema de
la seguridad”. Para el presidente brasileño,
la “agenda de la esperanza” consiste en lograr
“el comercio abierto, una nueva arquitectura financiera,
la lucha contra la pobreza y la exclusión social
y cultural”[8], cuestiones que actualmente son más
apremiantes para su región. Sin embargo, la Presidencia
Española logró materializar uno de sus principales
objetivos a lograr en la Cumbre, que fue conseguir el
acuerdo de ambas regiones en la lucha contra el terrorismo
en todas sus formas y manifestaciones, acuerdo que se
incluyó en el principal documento resultante de
la Cumbre, el denominado “Compromiso de Madrid”[9].
En resumen,
podríamos decir que la escasa idoneidad del momento
histórico en el que la reunión tuvo lugar
quedó pronto de manifiesto y los resultados de
la Cumbre de Madrid, sin quitarle su mérito, que
lo tuvo, no fueron todo lo buenos que cabría esperar,
algo que, por otra parte, no sorprendió a la mayoría.
Se volvió a caer en la misma peligrosa abstracción
que en la I Cumbre y se situó como objetivo central
un tema, la lucha contra el terrorismo internacional,
de carácter eminentemente multilateral y global
que poco tiene que ver ni con las relaciones específicas
y particulares entre ambas regiones ni con las prioridades
y problemas de los países latinoamericanos. Como
señala Sanahuja, “Madrid ha confirmado que
América Latina vuelve a ocupar un lugar poco destacado
en las relaciones exteriores de la Unión, si es
que alguna vez dejó de tenerlo”[10].
Por
todo ello, consideramos que la UE debería replantearse
seriamente el curso de sus relaciones con América
Latina de cara a la III Cumbre (México, 2004) y
decidirse por un serio relanzamiento de las mismas, y
ello por dos razones fundamentales que vienen preocupando
a los europeos ya desde Río. Primero, porque si
la UE pretende presentarse realmente ante la Comunidad
Internacional como un verdadero actor político
global no puede priorizar en sus relaciones exteriores
a determinadas zonas geográficas dejando prácticamente
de lado a otras; la PESC debería ser verdaderamente
global y comprensiva. Y segundo, porque si paraliza demasiado
tiempo las negociaciones comerciales, el proyecto del
ALCA podría irle ganando terreno, de modo que la
UE fuese perdiendo peso económico en la región
en favor de los EE.UU.; además, existe el riesgo
de que a los países latinoamericanos les acabe
resultando más rentable discutir los aspectos comerciales,
sobre todo en materia agrícola, en el foro multilateral
de la OMC donde contarían además con el
apoyo del “grupo Cairns”, del que forman parte
los EE.UU., y los resultados podrían ser más
negativos para la UE que si se optase por una negociación
directa. Es muy poco probable que si la UE hace un esfuerzo
real y serio América Latina le vaya a cerrar sus
puertas.
30 de octubre de 2002
[1] YÁRNOZ, Carlos y Sandro
POZZI, “Hay que lograr una cooperación
práctica, no una nota de prensa” (entrevista
a Chris Patten, Comisario Europeo de Relaciones
Exteriores), Bruselas, El País, 17 de mayo
de 2002
[2] OPPENHEIMER, Andrés,
“Mal momento para la Cumbre”, El Mundo,
18 de mayo de 2002.
[3] CARBAJOSA, Ana, “Necesitamos
apertura de mercados para los productos alternativos
a la coca” (entrevista a Jorge Fernando Quiroga,
Presidente de Bolivia ), El País, 20 de mayo
de 2002
[4] LAMY, Pascal, “Europa
y América Latina: una relación muy
especial”, El País, 16 de mayo de 2002
[5] GUALDONI, Fernando, “Los
Quince y MERCOSUR no logran impulsar la negociación
del acuerdo”, Madrid, El País, 18 de
mayo de 2002
[7] El “Plan Puebla-Panamá”
es un programa lanzado por el gobierno mexicano
con el fin de promover el desarrollo y la integración
entre el sur de México, la zona más
pobre del país, y los países centroamericanos.
[8] EGURBIDE, Peru, “El presidente
brasileño, Cardoso, pide que Europa no se
obsesione con la seguridad”, Madrid, El País,
18 de mayo de 2002.
[9] Se trata de un total de 33
compromisos alcanzados entre ambas partes con el
fin de desarrollar la asociación estratégica
biregional aprobada en Río, agrupados en
el ámbito político, el ámbito
económico y la cooperación en los
ámbitos cultural, educativo, científico,
tecnológico, social y humano .
[10] SANAHUJA, José Antonio (2002),
La II Cumbre Unión Europea-América Latina
(Madrid, 17 y 18 de mayo de 2002). Luces y sombras
del vínculo eurolatinoamericano
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