Luisa M. García García
Diplomática
Investigadora Asociada del
INCIPE
Venezuela
atraviesa por una crisis social, económica y
política sin precedentes en los últimos
años. El enfrentamiento y posicionamiento de
gobierno y oposición está llegando a límites
extremos y las continuas protestas sociales se convierten
en un caldo de cultivo de insospechadas consecuencias.
El
11 de abril de 2002 el presidente Hugo Chávez
tuvo que enfrentarse a un golpe de estado militar que
acabó fracasando, en gran parte por las disensiones
existentes en el interior del propio grupo golpista,
y en el que se llegó a especular sobre una hipotética
intervención de los EE.UU. que nunca llegó
a ser demostrada. A pesar de ello, la postura de los
EE.UU. hacia el conflicto fue clara desde un principio,
ya que inmediatamente después de que Pedro Carmona
arrebatara el poder a Chávez, la Casa Blanca
manifestó su apoyo al empresario, frente a la
cautela que mostraron otros países. Es más,
tras la vuelta de Chávez a la presidencia de
Venezuela, el portavoz de la Casa Blanca declaró
que la administración venezolana tendría
a partir de entonces una "oportunidad de responder
al mensaje lanzado por sus oponentes" pidiendo
"democracia y reformas", destacando
la necesidad de que Chávez "gobierne de
una manera democrática".
Desde
que los venezolanos se lanzaron a la calle en apoyo
del golpe de estado del 11 de abril, las protestas y
convocatorias de manifestaciones no han cesado. Aquel
día aciago se saldó con un buen número
de víctimas civiles en las calles de Caracas,
de las que el gobierno se ha desentendido completamente
alegando una rotunda no-implicación en el asunto,
aunque son pocos los que confían ya en la sinceridad
de su presidente. La Comisión Interamericana
de Derechos Humanos (CIDH), con sede en Washington,
recibió el 22 de octubre la segunda denuncía
presentada contra el Gobierno venezolano, por las violaciones
de los derechos a la vida y a la libertad de expresión
ocurridas entre el 11 y 14 de abril de 2002. La acusación
fue introducida por la Coordinadora Internacional
Venezolana, organización no gubernamental de
venezolanos que residen en la ciudad de Washington.
Según
el proceso establecido, el siguiente paso debe ser la
notificación al Estado venezolano para que éste
presente explicaciones sobre los hechos denunciados;
una vez que el Estado responda de las denuncias, la
Comisión puede invitar a las partes a una audiencia
oral para completar su criterio en la materia. Después
de la respuesta estatal, la comisión emite un
informe de admisibilidad y es entonces cuando decide
oficialmente si admite o rechaza el caso. En todo caso,
los representantes de la coordinadora se muestran convencidos
de que la probabilidad de que esa audiencia oral se
produzca es muy alta, lo que supondría que el
Gobierno deba explicar porqué a seis meses de
los hechos todavía no se ha esclarecido el asunto.
Las perspectivas no son muy alentadoras, en un país
que parece caminar sin un rumbo fijo, en el que los
índices de inseguridad ciudadana son elevadísimos
y con un presidente imprevisible, con un golpe de Estado
a sus espaldas sin resolver desde hace meses y tan osado
que ha desafiado a EE.UU. al firmar en fecha reciente
un acuerdo con Fidel Castro por el que se autoriza la
venta de petróleo a Cuba.
Lo
anterior contrasta con los datos económicos.
El paro afecta al 16 % de la población (según
cifras del gobierno), la deuda pública representa
el 9.5% del Producto Interior Bruto y la deuda externa
alcanza los 7.7 millones de euros y ello, a pesar de
ser uno de los principales países productores
de petróleo. Conviene recordar, además,
que Venezuela ha jugado un papel decisivo en la puesta
en marcha de la renovada disciplina productiva de la
OPEP.
A
pesar lo anterior Chávez se ha ganado un buen
número de seguidores, fundamentalmente entre
los grupos radicales y antiglobalización, gracias
a su discurso de índole popular que le ha llevado
a hacer declaraciones tan sorprendentes como que si
alguna empresa fuese cerrada en protesta contra su gobierno
sería constitucionalmente lícito que sus
obreros se apropiasen de ella. Incluso, en los últimos
días ha sugerido la posibilidad de implantar
una medida similar a la del “corralito”
argentino, con el fin de que las entidades del Estado
se apropiasen de los depósitos de los bancos.
La alarma no ha tardado en cundir entre empresarios
y banqueros, que son constantemente acusados de conspirar
contra el Estado. A ellos se unen los medios de comunicación,
el estamento judicial e incluso algunos militares, ya
que la política “chavista” ha derivado
en una división de las Fuerzas Armadas. Algo
impensable hace tan sólo unos años. En
relación con esta cuestión encontramos
el último episodio de oposición al Presidente.
El
pasado 22 de octubre, catorce oficiales se declararon
en desobediencia y al gobierno de Chávez concentrándose
en la Plaza Francia de Altamira. Ese mismo día,
el grupo de militares de alto rango ofreció una
rueda de prensa en la que expresó su decisión
de no obedecer a un régimen que “ha cometido
crímenes de lesa humanidad, y desencadenado la
más brutal corrupción ”. Declararon
que la razón que los había llevado a movilizarse
era que el pueblo venezolano tenía el derecho
legítimo al ejercicio efectivo de una democracia
en donde verdaderamente se respetasen los derechos humanos
y las libertades fundamentales con transparencia, como
condición necesaria para el pleno y efectivo
ejercicio de los derechos consagrados en la Constitución
Al mismo tiempo invitaban al resto de las Fuerzas Armadas
a desconocer la autoridad del Presidente, invocando
el artículo 350 de la Constitución (que
insta a los venezolanos a "desconocer cualquier
régimen, legislación o autoridad que contraríe
los valores, principios y garantías democráticas,
o bien, menoscabe los derechos humanos"). La convocatoria
surtió efecto y el día 25 eran ya más
de ciento treinta los oficiales venezolanos que habían
acudido a la plaza Francia de Altamira a repudiar al
Gobierno de Chávez y pedir elecciones inmediatas.
Mientras tanto, las concentraciones "anti Chávez"
se repetían en las principales ciudades del país,
con enfrentamientos constantes entre simpatizantes y
opositores.
Una
vez más, la oposición retaba a Chávez
a convocar elecciones anticipadas. Con el éxito
en sus manos, después de la realización
de un paro nacional que se cumplió durante 12
horas de forma pacífica, la Coordinadora Democrática
lanzó nuevamente el reto al presidente para que
acepte una consulta popular, señalando que tres
paros nacionales y cuatro marchas multitudinarias en
menos de un año eran una respuesta inequívoca
al primer mandatario. Además, en una carta enviada
a la OEA en Washington, los militares resaltaron el
hecho de que habían actuado en forma pacífica,
rechazando categóricamente en el propio pronunciamiento
tanto el eventual uso de la fuerza militar como las
fórmulas de golpe de Estado o ruptura del orden
constitucional, invocando en todo momento mecanismos
propios de democracias consolidadas. Sin embargo, la
respuesta de Chávez a esta movilización
fue la de acusar a la protesta de ''pantalla'' detrás
de la cuál ''se está cocinando un nuevo
golpe de Estado'', una hipotética insurrección
militar que, según palabras del Presidente, en
caso de producirse, recibiría también
una respuesta armada, ya que, al igual que hizo el 11
de abril, él “no estaba dispuesto a renunciar
a su cargo”.
La polémica está por lo tanto servida
y, a la vista de los hechos, la única conclusión
que se puede extraer es que el futuro de Venezuela es
una incógnita más difícil de despejar
que nunca, con una profunda e inquietante división
de la sociedad venezolana de resultados aun inciertos.
26 de octubre de 2002