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España en el mundo: Politica Exterior de España Jose Maria Aznar

Presente y futuro de España en el mundo


José María Aznar
Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior
Ensayos INCIPE nº 8
1996

Presente y futuro de España en el mundo, Ensayo INCIPE nº
8, reproduce el texto de la conferencia pronunciada por José
María Aznar ante el INCIPE, el 6 de Febrero de 1996.
Los Ensayos INCIPE no reflejan necesariamente los puntos de
vista del Instituto de Cuestiones Internacionales y Política
Exterior ni de sus patrocinadores.
Ensayo INCIPE nº 8
Presente y futuro de España en el mundo
José María Aznar
Presidente del Partido Popular
Madrid, Febrero de 1996

El Autor

JOSÉ MARÍA AZNAR es Presidente del Partido Popular desde 1990. Licenciado en Derecho, ingresó en el Cuerpo de Inspectores de Finanzas del Estado en 1975. Inicía su carrera política en 1979 como Secretario General de Alianza Popular de Logroño. En 1982 es elegido Secretario General Adjunto de Alianza Popular, y en enero de 1989 es Vicepresidente nacional del Partido Popular. De Junio de 1987 a Septiembre de 1989 ocupa la Presidencia de la Comunidad Autónoma de Castilla y León. Diputado nacional por Avila de 1982 a 1987, ha sido Diputado nacional por Madrid en las Legislaturas IVª y Vª y Presidente del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados. Es Vicepresidente de la Unión Demócrata Internacional, de la Unión Demócrata Europea y del Partido Popular Europeo.

Presente y futuro de España en el mundo

Al iniciar unas reflexiones públicas sobre la política exterior de España ante un auditorio entendido y exigente como é ste, me siento obligado a ciertas consideraciones preliminares.

La política exterior es un asunto de Estado, donde la visión a largo plazo y los intereses permanentes, los que forman el entramado constituyente de una nación, priman o deben primar sobre las exigencias del corto plazo y sobre la legítima confrontación de los partidos.

Es un asunto, la política exterior, cuyo análisis gana con la distancia, y tomando cierta distancia quisiera empezar estas palabras.

Quien examine dentro de unos decenios, con la perspectiva de la historia, las relaciones exteriores de España en el último cuarto del siglo XX, percibirá sin duda, entre las constantes de la política exterior en nuestro sistema democrático, al menos dos de gran importancia: una estrecha interconexión con nuestros vecinos occidentales y una visión clara y ampliamente compartida por las fuerzas sociales y políticas de nuestros intereses básicos.

Más aún, algunos elementos de esa continuidad tácita pueden rastrearse a lo largo de los últimos cien años.

Los españoles dependemos de la estabilidad y la prosperidad del mundo occidental. La historia de la economía nos confirma esta aseveración con un dato puramente material. En los últimos ochenta años, y probablemente desde antes, los intercambios con nuestros vecinos occidentales han estado siempre en torno al setenta por ciento de nuestro comercio exterior.

Esta dependencia se ha visto muchas veces como un lastre para nuestra soberanía y una muestra de debilidad. Pero es que España forma parte del mundo occidental, y éste constituye ya un vasto sistema de vasos comunicantes. Conviene, por otro lado, recordar que la historia de Europa no puede concebirse sin España. España es una pieza fundamental de la civilización europea, naturalmente con sus particularidades e idiosincrasias, propias de un país que fue y es frontera y punto de contacto entre distintas civilizaciones; y de un país que tuvo y que mantiene una dimensión extraeuropea, global.

Trágicos conflictos civiles y prolongados aislamientos han ocultado en nuestra historia no sólo que España comparte todas las tradiciones intelectuales propias de las naciones occidentales sino que las ha proyectado sobre el continente americano.

Junto a la evidente pertenencia de España al ámbito occidental es de destacar, si queremos situar con justeza nuestra posición en el mundo, que uno de los rasgos de finales del siglo XX es la interdependencia de las naciones. España depende de sus vecinos y de otros países europeos no menos que estos países y otras potencias entre sí, por efecto de nuestra historia en común y por las estrechas relaciones entre gobiernos y actores sociales.

Ahora bien, esta tendencia, que no es meramente geográfica, está formando, por el poderoso efecto de la revolución de la información y las comunicaciones, un mercado global, donde el valor de los movimientos diarios de algunos mercados financieros puede superar el de la renta anual de un país como España.

Este nuevo entramado, que funciona en tiempo real, ha modificado radicalmente las reglas del juego económico, al igual que las autovías de la información están alterando el marco de nuestra cultura post-industrial.

El nuevo entorno geopolítico internacional, con el fin del bipolarismo y la extensión de los sistemas democráticos y de economía de mercado, no hace sino favorecer esta evolución. Este es el sentido del movimiento integrador de la misma Europa.

Las naciones europeas, si ayer se agrupaban para buscar la paz y el bienestar, hoy se agrupan porque en una economía mundial y abierta no se puede navegar a solas. Por tanto, en nuestra visión de Europa, los países europeos no han de constituirse en una fortaleza, sino, si se me permite la expresión, en un foco de la causa de la libertad en el mundo; en un núcleo de irradiación que ejerza por igual sus derechos –el derecho a la paz, a la justicia, al bienestar de sus ciudadanos– como la obligación de promover las mismas paz y justicia, el mismo bienestar en todo el orbe.

España es una nación de raigambre europea, que está abierta al Atlántico, con sus especiales relaciones con América; también es una nación mediterránea, que mira con expectación y simpatía al sur; y mantiene crecientes rela9 ciones con los mercados emergentes de Asia ; es una nación, en definitiva, del ancho mundo, y como tal no puede permanecer al margen de estos procesos.

Me refería antes a la claridad con que la sociedad española en su conjunto ha percibido sus intereses permanentes. Es cierto. Ha habido un amplio acuerdo que nos ha permitido ajustar la acción exterior a nuestras capacidades como potencia media. No practicamos políticas irredentistas o aventureras. Evitamos la retórica y la confrontación. Utilizamos el derecho internacional y los instrumentos de conciliación. Participamos en fuerzas internacionales de paz.

Hoy queremos manifestar otra aspiración en trance de convertirse en realidad. Creo que es posible y necesario que el orgullo de pertenecer a esta vieja nación europea se cifre en algo más que en las gestas del pasado; que pueda hacerse en sus logros económicos, científicos y educativos del presente y del futuro; en el ejemplo de convivencia y el afán de establecer la concordía entre las naciones.

Creo que el observador futuro advertirá también que en este periodo del fin de siglo se ha producido una significativa mejora de la posición de España en el mundo.

Esto no es sólo una percepción, reflejada en las encuestas, o una corriente de simpatía debida al éxito de nuestra transición o a lo atractivo de nuestra oferta turística. Hay también elementos objetivos que lo confirman, como nuestro papel en las organizaciones internacionales, la influencia regional, la proyección económica de nuestras empresas.

Una cosa va unida a la otra. La apertura al exterior y la solvencia de nuestra conducta internacional, por una parte, y la mejora de nuestra situación en Europa y en el mundo, por otra, son procesos conjuntos.

De ahí que a quienes piensan que la integración en Europa y en las instituciones occidentales ha supuesto una cesión inadmisible de soberanía, una renuncía a otras dimensiones tradicionales y más gloriosas de la historia de España, es preciso decirles que la política exterior española ha alcanzado nuevos vuelos gracias a esa integración. Para ganar peso en el escenario internacional en los ú ltimos años, España ha tenido que abandonar delirios autárquicos de uno u otro signo. Estas opciones de política exterior, que han estado a menudo asociadas en el pasado a un aislamiento estéril, traslucen también la persistencia de cierto sentimiento, hoy anacrónico, de pérdida del imperio. Ahora que se acerca la conmemoración de los hechos de 1898 parece como si la ocasión, en parte perdida entonces, de levantar determinadas hipotecas tuviera al fin su momento. Se diría que hemos debido esperar casi un siglo para alcanzar metas en apariencia tan sencillas como normalizar nuestras relaciones con los países americanos o redescubrir nuestro profundo ser europeo; para sacudirnos, en definitiva, el papel de víctima de la política mundial.

La integración en el ámbito occidental, que existía histórica y culturalmente y ahora es formal y plena, ha sido, hay que decirlo, tarea de todos, y no sólo de un gobierno o un partido. Y ha sido uno de los grandes logros de nuestra transición política.

La Corona, al frente de todos nosotros, ha protagonizado la transición también en el plano exterior. El Rey, secundado por la familia Real, ha desempeñado con gran prudencia, dedicación y eficacia su deber constitucional de asumir la más alta representación del Estado en las relaciones internacionales.

Un hispanista británico recordaba hace poco que, además, el soberano ha ejercido un auténtico liderazgo en política exterior, adelantándose a las aspiraciones de la opinión pública, guiándolas y coincidiendo con ellas. El Rey, al servicio de la acción exterior del Estado, preparó el terreno para nuestro ingreso en la Comunidad Europea, asumiendo las voluntades del conjunto de las fuerzas políticas democráticas en favor de la idea de Europa. El Rey es nuestro primer embajador ante nuestra comunidad histórica, y ha sido interlocutor privilegiado en los principales avances en nuestras relaciones con los países á rabes y con Israel.

Decía Cánovas que no se alía quien quiere sino quien puede. España ha entrado no hace mucho en ciertos ámbitos económicos y en alianzas defensivas, recuperando la posición internacional que le corresponde. Es un reconocimiento a los cambios protagonizados por la sociedad española y a los esfuerzos de nuestras mejores cabezas, en la política, en la milicía y en la Diplomacia, que han prestado y siguen prestando grandes servicios a España.

Es justo hoy rendir homenaje a todos ellos y, en particular, al trabajo y al patriotismo de personas como José María de Areilza, presidente de honor de esta Fundación que hoy nos reúne; como Marcelino Oreja y José Pedro Pérez- Llorca, que tanto hicieron por dar los pasos necesarios pa12 ra la plena integración de España en su entorno internacional. Y también a los gobiernos democráticos de uno y de otro signo que continuaron y culminaron esta tarea.

No es que no tuviéramos antes relaciones comerciales con el resto de Europa. Es que estábamos al margen de decisiones que afectaban a nuestros intereses económicos. No es que no formáramos parte antes del sistema de seguridad occidental. Es que no teníamos la capacidad suficiente para estar en él en términos de igualdad.

En esto consiste lo que he llamado nuestra integración plena y formal en el ámbito occidental, en el que de otro modo y por supuesto llevamos muchos siglos anclados. Dejemos ahora el observatorio de la historia para detenernos, siquiera brevemente, en los dos componentes básicos de nuestras relaciones exteriores: el europeísmo y el atlantismo.

Entre euroentusiasmos indiscriminados y euroescepticismos extremos, yo me inclino a pensar que nuestra posición en Europa no necesita un replanteamiento, pero sí una actuación, por así decirlo, permanente, vigilante, más firme en la defensa de intereses nacionales concretos.

Los recientes gobiernos han dedicado mucho tiempo y energías a hablar sobre Europa y su futuro. Incluso en algunas comunidades autónomas se han dedicado también ingentes recursos y se presume de los mismos esfuerzos personales para definir un futuro específico dentro del marco europeo. Poco o nada se ha hecho oficialmente para propiciar una reflexión similar en torno al futuro de España en el marco europeo.

Un futuro gobierno deberá impulsar decididamente esta obligada reflexión, cuidando de que se haga fuera de los cauces de un solo partido. Esta reflexión y las acciones que de ella necesariamente se deriven deberán atender en particular a la ineludible vigilancía de los procesos de ampliación y profundización de las organizaciones a las que pertenecemos.

Mediante su apoyo los principios en que se basan, España ha de aspirar a que estos procesos beneficien su propia posición internacional y de los intereses concretos de sus ciudadanos.

Por eso, en la definición de las disciplinas comunitarias España deberá cuidar, en especial, la defensa de sus sectores productivos.

La política europea de España debe contar con todos los sectores económicos y sociales de un modo muy directo. Debe atender a la letra pequeña y colocar en su punto de mira los intereses concretos de los ciudadanos, los empresarios y los trabajadores.

Estos propósitos responden a un afán por anclar a España en Europa de un modo más real. Tan absurdo es colocar la etiqueta de euro-escéptico a quien discuta cualquier cosa que esté sucediendo en Bruselas, como asentir con todo lo que se diga en la Comisión por el hecho de proclamarse firme partidario de la integración europea.

Creo que no es en la propia esencia de la Unión Europea donde hay que buscar las causas del euroescepticismo de algunos sectores.

Estas observaciones son aún más pertinentes porque la política europea ya no es política exterior de manera tan específica como antes.

Si Paul Valéry acertaba al decir que toda guerra europea era una guerra civil, cabe deducir que la actual paz europea es una paz civil, con lo que la política europea es cada vez más como la interior en sus objetivos y sus fines, en sus procedimientos y en sus agentes.

El corolario es que España debe ser activa en Europa; debe esforzarse porque su aportación sea positiva, contribuyendo a la eficacia de la maquinaría comunitaria, acercándola al ciudadano, evitando sus derroches y duplicidades, haciendo más transparente y responsable el trabajo de los organismos ejecutivos de la Unión.

El reto de la integración europea, para España, es un reto de todos y para todos, decía yo en 1992 en un coloquio organizado por el Financial Times sobre España en la nueva Europa. No podemos perder la oportunidad histórica de estar en el grupo de países con mayor bienestar económico, mayor desarrollo social y mayor estabilidad política.

Hemos hablado de Europa. Y hemos hablado de adecuación de nuestra acción exterior a nuestra categoría de potencia media.

España es Europa, pero no sólo es Europa. Y es una potencia media, como otras en el mundo, pero tiene sus singularidades. La primera singularidad de la posición de España con respecto a otras potencias europeas medias es su proyección en el mundo.

Se ha repetido que la mayor contribución de España a la historia ha sido el descubrimiento de América. Yo no sé si con el descubrimiento y la colonización hemos saldado nuestra aportación a la civilización. Espero que seamos capaces de nuevos logros. De lo que estoy seguro es que en el pasado común con América, en la lengua y la cultura que compartimos con veinte países americanos y con cerca de 400 millones de hispanohablantes en todo el mundo, tenemos un activo importantísimo.

Ahora bien, la lengua española no es un activo corriente, puesto que no rinde beneficios palpables como una materia prima o una relación positiva de intercambio. España está en una buena posición, por sus lazos culturales con Hispanoamérica, por su pertenencia a la Unión Europea y por su alianza con América del Norte, para promover la cooperación americana.

Esto requiere apoyar a los gobiernos hispanoamericanos en sus esfuerzos por afianzar los valores y las instituciones democráticas y por ahondar en las reformas de sus mercados sin descuidar los equilibrios sociales. Por su posición geográfica y por sus especiales relaciones con las distintas Américas, es claro que, en definitiva, España es un país atlántico.

Nuestra presencia en la OTAN es un aspecto muy importante de este atlantismo; es la prolongación natural de nuestra querencia europea y de una estrecha relación con los Estados Unidos. La reciente Declaración Transatlántica es un buen marco para trabajar en el futuro inmediato, tanto bilateralmente como a través de la Unión Europea.

El entorno estratégico es hoy a todas luces distinto al que regía cuando se creó la OTAN y cuando España ingresó en ella. La sociedad internacional evoluciona constantemente y España no puede quedarse al margen del debate sobre el futuro de la seguridad europea, en particular en lo relativo a la ampliación de la OTAN , el futuro de las relaciones transatlánticas, el desarrollo de una identidad europea de defensa o el nuevo papel de la OTAN y de la Unión Europea Occidental en situaciones de crisis.

En estos procesos y en otros aún por precisar la voz de España no estará ausente; sino que aspiramos a participar activamente como contribución a la paz y a la seguridad de la Comunidad Internacional.

Los cambios importantísimos ocurridos en Europa no alteran, en mi opinión, la conveniencia fundamental de una estrecha cooperación en materia de seguridad y defensa con nuestros aliados europeos, en la OTAN y también en los progresos que puedan hacerse en la búsqueda de una identidad europea de defensa.

La inestabilidad persistente en distintos focos de Europa central y oriental y otras incertidumbres en materia de seguridad, en Europa y fuera de ella, que no pueden dejar indiferente a España, así lo aconsejan.

En este sentido, la discusión sobre las modalidades concretas de la cooperación con nuestros aliados no debe en ningún caso servir de pretexto para poner en tela de juicio el hecho mismo de dicha cooperación.

No es este el momento de hacer, ante ustedes que tan bien conocen las prioridades objetivas de la política exterior española, un catálogo exhaustivo de áreas de actuación. Más que un inventario o una alocución propia de la Asamblea General de la ONU, en que se repasan todos los problemas pendientes, he querido hacer una composición de lugar, del lugar que corresponde a España en el mundo. Y hay motivos realistas para considerar que ese lugar no es, no puede ser el de una nación encogida o pusilánime. Un pueblo de cuarenta millones de personas y muchos siglos de historia, un país de medio millón de kilómetros cuadrados que forma bisagra entre el Mediterráneo y el Atlántico, una cultura que está entre las dos o tres más universales, una economía que pese a todos sus problemas se halla entre las quince primeras en la lista de doscientas de todo el mundo, en suma, una nación como España, tiene que asumir sus responsabilidades internacionales sin jactancía pero con firmeza y con decoro.

Si los españoles tomamos conciencia de nuestras bazas y si las jugamos a fondo y con tesón, conseguiremos mucho. Más, acaso, de lo que imaginamos.

Recuérdense las palabras, hace ahora un año, de François Mitterrand en Estrasburgo, cuando venía a decir que tan sólo la cultura anglosajona y la española estaban capacitadas para afrontar los retos modernos.

Pues bien, no sólo hemos de aprestarnos a salvaguardar nuestra identidad cultural –labor para la que contamos con abundantes ventajas– sino que en el futuro tendrá España que abordar decisiones muy importantes que atañen a todos los aspectos de la política exterior.

Habrá que reafirmar los compromisos adquiridos con nuestros socios comunitarios en la construcción europea. Para ello será necesario un esfuerzo redoblado de competitividad y modernización, que sólo podrá realizar un equipo de gobierno que encauce las energías nacionales latentes y en el que se sientan representados los sectores más dinámicos de la sociedad española.

En particular, ha de ser una meta ineludible de cualquier gobierno español reducir la diferencia de nivel de vida con el resto de Europa occidental, asignatura pendiente de la transición democrática.

Será precisa, al mismo tiempo, una negociación en los procesos de ampliación y profundización de las organizaciones, económicas y de seguridad a las que pertenecemos, para conjugar adecuadamente, con capacidad de compromiso, el interés nacional con los intereses europeos o de la Comunidad Internacional.

España ha de procurar que estos procesos fortalezcan su posición internacional y amplíen su capacidad de defensa de los intereses concretos de sus ciudadanos.

España, además del decidido impulso a la integración europea y en coordinación con la política exterior de la Unión, debe atender a sus relaciones bilaterales con países europeos y extraeuropeos.

En este contexto se sitúan las reuniones periódicas con Francia, Alemania, Portugal, Italia o Marruecos, y también las conversaciones con el Reino Unido acerca de Gibraltar. No hemos de perder de vista que no estamos en la Unión Europea por estar, sino porque creemos que es el mejor marco para defender nuestros intereses nacionales y proyectarlos internacionalmente.

El esfuerzo de competitividad necesario para nuestra supervivencia internacional no se circunscribe a Europa. Hay que estar atentos a los cambios en mundos más lejanos, a los mercados emergentes, para no perder la escala del desarrollo económico.

Esto afecta a políticas tan importantes como la de investigación y desarrollo, la de bienestar social, la demográfica y de inmigración. ..; a la composición misma de nuestra sociedad en última instancia. La competencia de países menos desarrollados socialmente y con mayor pujanza económica nos puede obligar a decisiones difíciles pero necesarias. España se encuentra, por cierto, en una de las zonas de contacto con el llamado mundo en desarrollo. El Mediterráneo es, hoy por hoy, una línea de división entre niveles de desarrollo y visiones del mundo muy distintos; pero también es un lugar de encuentro cultural y de fructíferos intercambios económicos.

En particular, cuanto afecta a Marruecos y al Magreb nos atañe desde siempre. La política mediterránea de España, en el seno de la Unión Europea y en el terreno bilateral, debe estar orientada fundamentalmente a promover las relaciones económicas, culturales e institucionales con nuestros vecinos más próximos, y a suavizar y prevenir las tensiones demográficas, sociales y políticas existentes en la ribera sur. Así lo hemos hecho ahora y lo haremos en el futuro.

En materia de seguridad, el dividendo de la paz arrojado por el fin de la Guerra Fría no es inagotable. Por otro lado, una racionalización de los gastos burocráticos del Ministerio de Defensa equivale a dedicar del modo más eficaz posible los recursos escasos al verdadero fin de nuestras fuerzas armadas: la seguridad nacional y el cumplimiento de nuestros compromisos internacionales.

Hemos de aprender a potenciar los lazos de España con su comunidad histórica. Debemos estudiar el modo de sacar el mayor partido a lo que nos une, haciendo para ello un esfuerzo de imaginación y generosidad. La Comunidad Iberoamericana de Nacionales y los procesos de integración en marcha en el mundo iberoamericano son hechos que tienen una gran trascendencia para la política exterior de España y para la propia proyección internacional de la Unión Europea. De ahí la especial atención que España deberá prestarles. La política cultural exterior de España puede cobrar una importancia insospechada si conseguimos aunar esfuerzos con los países hispanoamericanos. En particular, es mucho lo que se puede obtener con una adecuada política de defensa del español en las organizaciones internacionales en las que está representada la veintena de países de habla hispana. Política exterior y política interior han estado siempre í ntimamente ligadas; hoy quizá más que nunca. Decía en mi libro La segunda transición que “toda política exterior e internacional comienza como una proyección natural al servicio de los intereses de la nación, determinados por su ámbito geopolítico, económico, histórico, cultural”.

Esto es así; pero no debemos olvidar las palabras de Ortega y Gasset al explicar el asombroso auge de España al rango de primera potencia mundial en los comienzos de la Edad Moderna: “las grandes naciones no se han hecho desde dentro, sino desde fuera; sólo una acertada política internacional hace posible una fecunda política interior. ”

En esta cuestión como en tantas otras siempre preferiré aunar y no separar.

Pretendo aunar lo interior y lo exterior, aunar voluntades, apelar con Menéndez Pidal a la España completa, que lejos de mutilarse hace uso cabal de todas sus capacidades en el arduo esfuerzo de ganar un puesto entre las naciones que han dado el impulso al mundo moderno.

 

 

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