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ESTADOS UNIDOS Y LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO:

ESTRATEGIAS DE FUTURO


Soledad Segoviano Monterrubio
 Profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid
     Especialista en política exterior de EE UU
     

 

El pasado 28 de septiembre de 2005, el Presidente Bush destacaba los cuatro puntos esenciales de la estrategia de Estados Unidos para lograr la victoria en la guerra contra el terrorismo. En su declaración presidencial titulada Fighting a Global War on Terror, Bush enfatizaba los cuatro puntos clave aplicados por su Administración para enfrentar el desafío del terrorismo global: (1) combatir al enemigo en el exterior; (2) impedir a los terroristas que obtengan el apoyo de Estados santuario; (3) impedir a los terroristas el acceso a las armas de destrucción masiva; y (4) extender la democracia[ 1].

Igualmente, en un discurso pronunciado ante el National Endowment for Democracy [ 2] el pasado 6 de octubre de 2005, el Presidente Bush señalaba los cinco elementos que configuran la estrategia antiterrorista de Estados Unidos: (1) prevenir con el fin de evitar ataques terroristas antes de que sucedan;  (2) impedir el acceso a las armas de destrucción masiva a regímenes no democráticos y a sus aliados terroristas: (3) impedir el apoyo de estos regímes a los grupos terroristas; (4) evitar que los terroristas accedan al control de un Estado o de áreas sin gobierno que sirvan de base para el terror; y (5) evitar el reclutamiento de futuros militantes fomentando la extensión de la democracia en la región de Oriente Medio [ 3].

Y más recientemente, en la nueva National Security Strategy for United States of America 2006 [ 4], publicada el pasado 16 de marzo de 2006, el Presidente Bush volvía a insistir en los cuatro puntos de su estrategia contra el terror: (1) prevenir posibles ataques perpetrados por las redes terroristas; (2) evitar el acceso a las armas de destrucción masiva tanto a los Estados hostiles como a  sus aliados terroristas (3) impedir que Estados hostiles apoyen a los grupos terroristas; y (4) impedir a los terroristas el control de Estados y áreas sin gobierno que sirvan como base y santuario para lanzar su estrategia de terror.

Sin duda, la propuesta resulta reiterativa. Y es que, desde febrero de 2003, cuando se formulara la denominada National Strategy for Combating Terrorism[ 5], la política antiterrorista de la Administración Bush, basada en un modelo construido a partir de la estrategia 4D -defeat-deny-diminish-defend-, permanece prácticamente inalterable frente a un fenómeno terrorista cambiante, difuso, creciente y, aparentemente, fuera de control.

La Administración Bush, sin embargo, se ha apresurado en constatar los éxitos de su guerra contra el terrorismo: fin de los brutales regímenes de Afaganistán e Irak; incorporación de Libia a la comunidad internacional tras el acuerdo de 2003 y su renuncia a continuar con sus programas de armas de destrucción masiva; control del mercado negro atómico abierto por el científico Abdul Qader Jan, padre de la bomba atómica paquistaní, -castigado y perdonado por el Presidente Musharraf-; control de la proliferación nuclear mediante el acuerdo logrado con India en marzo de este año, por el que este país someterá a control de la OIEA 14 de sus 22 reactores nucleares a cambio de recibir tecnología atómica civil y aviones de combate por parte de Estados Unidos; captura de líderes de grupos terroristas en Pakistán e Irak, además de las continuas detenciones de cientos de insurgentes en Irak.

Aun reconociendo estos avances, teñidos por otra parte de cuestionamientos y críticas, -los vergonzosos casos de Guantánamo y Abu Ghraib, el apoyo incondicional a Israel o la guerra civil larvada en Irak son sólo algunos lamentables ejemplos-,  cabe plantearse, sin embargo, algunos interrogantes sobre la continuación de la guerra contra el terrorismo tras las intervenciones de dudosa eficacia en Afganistán e Irak. Verdaderamente, ¿qué opciones le quedan a  Bush más allá de la estrategia 4D?, ¿hasta qué punto la aplicación de esta estrategia supone una garantía de victoria a largo plazo?, y aún más importante: ¿es factible la extensión de la guerra contra el terrorismo a otros países declarados hostiles como Irán, Siria o Corea del Norte?, ¿cuál será el siguiente paso de Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo?

De acuerdo con la doctrina de defensa preventiva formulada por la Administración Bush tanto en la National Security Strategy de 2002 como el la última de 2006, es preciso prevenir y enfrentar la amenaza antes que sufrir sus devastadoras consecuencias como estrategia para garantizar la seguridad nacional de Estados Unidos. Por tanto, y de acuerdo con esta estrategia de prevención, Siria e Irán se presentan como posibles objetivos, dado su apoyo a grupos terroristas,  su intervención encubierta en Irak y, en el caso de Irán, sus programas de armas de destrucción masiva. Asimismo, el grupo libanés Hezbollah se considera una amenaza aún más letal que la propia Al Qaeda, en la medida que supone un importante desafío para la estabilidad en la región, dado su apoyo a los que son catalogados como grupos terroristas palestinos, su estrategia de provocación y guerra contra Israel y su vehemente retórica antiestadounidense [ 6].

Sin embargo, una hipotética tercera fase en la guerra contra el terrorismo sería muy diferente, más compleja y desafiante, comparada con las dos fases anteriores de Afganistán e Irak. Para empezar, a diferencia del régimen de Sadam Husein, Irán y  Siria no se encuentran aislados diplomáticamente; por otra parte, los regímenes de Siria e Irán gozan de una cohesión nacional más sólida que en el caso del  anterior régimen iraquí, por lo que es más que probable que en caso de crisis las poblaciones de estos países apoyasen incondicionalmente a sus respectivos gobiernos.

Además, ¿cuáles son las opciones que se abren para Estados Unidos?. Los bombardeos limitados como en los casos de Afganistán y Sudán en 1998 durante la Administración Clinton dejaron en evidencia las desastrosas consecuencias y la limitada eficacia que supone la aplicación de este tipo de medidas para desactivar células terroristas; por otra parte, una intervención a gran escala contra los denominados Estados santuario de los grupos terroristas aseguraría una mayor eficacia en su eliminación; sin embargo, una hipotética intervención militar en el caso concreto de Irán sería tremendamente costosa dado que se necesitaría, cuando menos, duplicar las fuerzas desplegadas en la invasión de Irak, dada la extensión del país, la hostilidad de la población  y la amenaza que supondría su programa de armas de destrucción masiva. Esta hipotética intervención convertiría, esta vez sí, en un auténtico polvorín la región de Oriente Medio con consecuencias trágicas e imprevisibles en todos los órdenes de la realidad internacional, recrudeciendo, aún más si cabe, la espiral de violencia terrorista y contraterrorista.

Por otra parte, extender la lucha contra el terrorismo más allá de Al Qaeda y su red de grupos terroristas se presenta aún más complicado como en el caso específico del grupo libanés Hezbollah, ya que se trata de un grupo políticamente motivado, militarmente entrenado y abastecido que cuenta con el apoyo mayoritario de la población libanesa. Para contar con alguna posiblidad de éxito y golpear directamente al grupo, se necesitaría un tremendo esfuerzo de inteligencia y contrainsurgencia en el propio Líbano, algo bastante difícil, teniendo en cuenta el ejemplo de Israel que lleva más de 20 años optando por la vía militar para poner fin al desafío de Hezbollah sin conseguir debilitar, ni mucho menos derrotar, al grupo libanés. Más bien al contrario, los esfuerzos israelíes han fortalecido la convicción política de sus integrantes, reforzando, incluso, la credibilidad del grupo entre la población libanesa frente a la contundencia indiscriminada de la respuesta israelí como desmuestra la reciente crisis iniciada el pasado mes de julio. Además, es más que probable que Hezbollah decidiera activar sus células en Asia, Europa, América Latina y Estados Unidos con el fin de golpear contra intereses norteamericanos en todo el mundo[ 7].

Según Zbigniew Brzezinski[ 8], la incapacidad de la Administración Bush de reconocer el trasfondo político de la amenaza terrorista supone un importante error de planteamiento estratégico. Bush debe reconocer que los principales objetivos terroristas son los aliados de los Estados Unidos: australianos en Bali, españoles en Madrid, israelíes en Tel Aviv, egipcios en el Sinaí, británicos en Londres, indios en Bombay. De acuerdo con Brzezinski, antiguo Consejero de Seguridad Nacional en la Administración Carter, el nexo político de estos atentados resulta más que evidente: los objetivos son los aliados y los Estados clientes de Estados Unidos en la cada vez más intensa intervención militar estadounidense en Oriente Medio a la vez que su invariable e incondicional apoyo a Israel.

De acuerdo con la interpretación de este autor, existe un odio político intenso contra Estados Unidos, Israel y Gran Bretaña, que se ve fomentado, a la vez que moldeado por las imágenes que transmiten los medios de comunidación y que son percibidas como muestras de la denigración embrutecedora de la dignidad humana[ 9], lo que explica la continua captación de reclutas para el terrorismo procedentes no sólo de la región de Oriente Próximo, sino también de Marruecos, Etiopía o Indonesia.

Si la estrategia de la Administración Bush para combatir la guerra contra el terror resulta más que cuestionable, también lo es su capacidad para controlar la proliferación nuclear. En Irak se desencadenó la invasión puesto que el régimen de Sadam Husein no pudo ejercer la disuasión al carecer de armas de destrucción masiva; sin embargo, con Corea del Norte Estados Unidos practica la autocontención, lo que contribuye a reforzar la convicción de Irán de que sólo a través de su programa nuclear puede garantizar sus intereses de seguridad, rodeado como está de bases y tropas norteamericanas y de potencias nucleares no afines a su régimen.

De acuerdo con  Haizam Amirah[ 10] "los iraníes se sienten fortalecidos a escala regional. Ven a los Estados Unidos rehén de su influencia sobre los chiíes de Irak; el enemigo talibán ya no está en Afganistán, Hamás ha triunfado en las elecciones palestinas y el precio del petróleo está muy alto. No hay que olvidar que el 25% del consumo mundial de petróleo pasa cada día por el Estrecho de Ormuz que está bajo control iraní"; por otra parte, el enfrentamiento abierto entre Israel y Hezbollah favorece los intereses de Irán en la medida que ha contribuido a desviar la presión internacional sobre su programa de armas de destrucción masiva, orientándola hacia su eterno enemigo: Israel, poniendo así en evidencia la política de doble rasero de Estados Unidos y sus aliados.

Y es que mientras que el caso de Irán se encuentra en la agenda del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y de la OIEA, Israel, Pakistán e India no han sido sometidos a ningún tipo de verificación. Es más, India se ha visto recompensada por la Administración Bush con el reciente acuerdo suscrito el pasado mes de marzo que implica la transferencia de material y tecnología atómica. Pero, ¿por qué India sí e Irán no?. De acuerdo con los intereses de Estados Unidos India se presenta como un aliado estable en una región del mundo altamente volátil y que contribuirá en el esfuerzo por controlar la proliferación iraní; por otra parte, India, de cara a la galería, puede ser presentada como la democracia más poblada del mundo, con una demografía que puede sobrepasar a la china en unas décadas. Y lo más importante: la alianza nuclear entre India y Estados Unidos responde a una estrategia de mayor envergadura que consiste en la contención del desafío que supone China, contemplada por los neoconservadores como el gran rival de la hegemonía estadounidense para mediados de siglo[ 11]. La aplicación de esta políticade doble rasero ha convertido a Estados Unidos en un promotor selectivo de la proliferación de armas nucleares, lo que complicará aún más la búsqueda de una solución constructiva al problema nuclear iraní[ 12].

La estrategia política de la Administración Bush hace aguas en medio de la progresiva degradación moral de Estados Unidos en el mundo, provocando una alarmante pérdida de credibilidad política que le resta autoridad no ya para liderar la guerra contra el terror sino para desempeñar las más elementales funciones como superpotencia del mundo libre y modelo de democracia en un contexto internacional en precario equilibrio, dadas las profundas desigualdades sociales, el deterioro del medio ambiente, la proliferación de conflictos regionales o el hambre.  En realidad, el argumento de la democracia y el respeto por los derechos humanos hace ya mucho tiempo que dejó de ser creíble y respetado como modelo. Quizá conscientes de estos problemas y para enfrentar el desafío político que supone la merma de credibilidad de la superpotencia unipolar, la Administración Bush ha realizado, al menos sobre el papel, un importante cambio de estrategia, impulsando el multilateralismo y la cooperación para enfrentar de forma coordinada y eficaz la guerra contra el terror.

En este sentido, la nueva National Security Strategy 2006[ 13] es continuista con respecto a la NSS 2002, en la medida que sigue señalando el terrorismo como principal amenaza para los intereses de seguridad norteamericanos, pero se aleja del sesgo unilateral de la anterior NSS, apostando de forma decidida por el multilateralismo y la cooperación entre aliados.

Este énfasis en el multilateralismo queda reflejado en la intención de la administración Bush de continuar reforzando las alianzas para derrotar el terrorismo global y trabajar de forma coordinada para prevenir ataques terroristas contra los intereses norteamericanos y de sus aliados a la vez que colaborar con otros países para solucionar los conflictos regionales que pueden surgir por múltiples causas como la corrupción, las rivalidades étnicas, motivos religiosos. Estos conflictos precisan de la atención de Estados Unidos y de sus aliados con el fin de evitar que estas áreas se conviertan en auténticos santuarios para los terroristas.

La Administración Bush contempla una estrategia a tres niveles basada, en primera instancia, en la prevención y resolución del conflicto, aunque si esta alternativa falla y los intereses norteamericanos se encuentran seriamente amenazados, se contempla la intervención en el conflicto para imponer la paz y la estabilidad para lo que se deberá trabajar estrechamente con la OTAN con el fin de mejorar las capacidades de los Estados aliados en misiones de imposición de la paz; en la última fase, se prevé la denominada reconstrucción y estabilización post-conflicto con el fin de garantizar una paz y estabilidad duraderas.

Asimismo, Estados Unidos pretende desarrollar agendas para una estrategia basada en la cooperación con otros centros de poder global, particularmente con sus más firmes aliados como los países de la Unión Europea. De acuerdo con la nueva NSS los nuevos tiempos exigen nuevas relaciones, lo suficientemente flexibles, como para permitir una acción efectiva, incluso cuando existan diferencias de opinión entre los aliados tradicionales, y, al mismo tiempo, lo suficientemente sólidas como para enfrentar de forma coordinada los desafíos actuales. En este sentido, y para reforzar la cooperación entre aliados en un marco multilateral, es preciso contar con el apoyo de instituciones internacionales regionales y universales con el fin de que esta colaboración sea lo más amplia posible,  a la vez que efectiva.

La nueva estrategia, sin embargo, también pretende diversificar los escenarios de colaboración más allá del tradicional marco atlántico y de las potencias occidentales, en la medida que la nueva NSS 2006 no descarta la conexión mediante coaliciones como la Proliferation Security Initiative o la APEC Secure Trade[ 14] .

La nueva NSS sigue, como es lógico, firmemente comprometida con la protección de los ciudadanos e intereses norteamericanos, para lo cual, la Admnistración norteamericana se anticipará y enfrentará las amenazas utilizando todos los instrumentos que sean necesarios antes de que las amenazas se conviertan en serios daños y perjuicos para los intereses y ciudadanos estadounidenses. La doctrina de defensa preventiva que tanto debate suscitó en 2002 se mantiene, por tanto, como el eje fundamental de la NSS 2006.

El argumento de la Administración Bush para justificar esta doctrina se basa en que ante las consecuencias devastadoras de un posible ataque con armas de destrucción masiva, el Gobierno estadounidense no puede permitirse la inacción. Y aunque la Administración se muestre a favor de opciones no militares, -como la vía diplomática que se ha seguido para enfrentar la amenaza que supone Corea del Norte-, y aunque se reconozca el fallo de evaluación de la amenaza iraquí, se sigue apostando por el error antes que por la pasividad[ 15].

La Administración Bush considera un objetivo prioritario en su nueva NSS acabar con la tiranía, concebida como una combinación de brutalidad, pobreza, corrupción, sufrimiento e inestabilidad, fomentadas por sistemas despóticos como los de Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba, Bielorrusia, Birmania o Zimbawe. Estos regímenes tiranos impiden la expansión y consolidación de la libertad en el mundo mediante la promoción del terrorismo y mediante sus programas de armas de destrucción masiva. Por tanto, y con el fin de combatir la amenaza que supone la tiranía, Estados Unidos sigue apostando por la promoción de la libertad, la democracia, el justicia, el respeto a los derechos humanos y el mercado libre de acuerdo con la más fime tradición del idealismo norteamericano.

Una mirada atenta a la realidad internacional que nos rodea sólo nos permite afrontar la nueva propuesta con inquietud y escepticismo, ya que la Administración Bush sigue apostando por soluciones continuistas basadas en la proyección de poder en un escenario internacional cada vez más inestable, donde Estados Unidos está perdiendo la principal batalla que es la de las mentes y corazones árabes y musulmanes.

Y, así, mientras el Presidente Bush persiste en su empeño por proclamar el mensaje de la libertad y la democracia para lograr la victoria en la guerra contra el terrorismo, Bin Laden y Al Zawahiri catalogan la democracia como "religión enemiga"[ 16], contraria a los principios del Islam, calificando la libertad religiosa y la libertad de expresión  como prácticas apóstatas, punibles con la pena de muerte.

De acuerdo con la interpretación de Bin Laden, las democracias, los gobiernos constitucionales y las monarquías islámicas son formas inaceptables de gobierno para las sociedades islámicas puesto que se basan en el poder del hombre en detrimento de la Ley de Dios[ 17]. Concretamente, en diciembre de 2004, Bin Laden pedía a todos los musulmanes que se opusieran a la creación de gobiernos democráticos en Irak, Afganistán y los territorios palestinos; urgía a que lucharan contra todos los movimientos de reforma no-islámicos, a la vez que instaba a derribar regímenes insuficientemente islámicos tales como la monarquía saudí.

Al Zawahiri ha venido insistiendo en las aseveraciones de Bin Laden a lo largo del pasado año de 2005, manifestando un tono especialmente crítico contra los centros de dentención estadounidenses en Guantánamo y Abu Ghraib, mostrándolos como ejemplo del modelo de reforma de Estados Unidos para el mundo islámico. En sus manifestaciones, Al Zawahiri también ha rechazado los procesos electorales en Afganistán, Egipto e Irak, argumentando que Estados Unidos y sus aliados no hubieran apoyado estas elecciones si los resultados hubieran dado la victoria a gobiernos islamistas que hubieran cuestionado la política estadounidense en la región[ 18].

En general, se puede afirmar que la retórica política y religiosa de los líderes de Al Qaeda a lo largo de estos años se ha mantenido coherente: los musulmanes deben contemplarse a sí mismos como parte de una única nación y trabajar unidos para resistir la agresión anti-islámica sobre la base de una jihad defensiva. Esta retórica de la denominada "unidad islámica" normalmente viene acompañada con manifestaciones antisemitas de condena a Israel y acusaciones contra Estados Unidos por su evidente complicidad en el sufrimiento de los musulmanes.

Sin embargo, y partiendo de la base de esta consistencia, los líderes de Al Qaeda han venido haciendo gala de un extraordinario pragmatismo para adaptar el contenido de sus mensajes a las circunstancias cambiantes del momento, aunque manteniendo el compromiso mesiánico de una agenda ideológica más amplia[ 19] y a largo plazo. En muchas de las declaraciones previas al 11 de Septiembre, Bin Laden amplió el contenido de su mensaje con el fin de reclutar para su causa el mayor número de musulmanes posibles, siendo el principal objetivo de sus mensajes los musulmanes no árabes, muy especialmente aquéllos involucrados en conflictos como el de Chechenia, Bosnia, Cachemira y Filipinas. Tras los atentados del 11 de Septiembre, Bin Laden apeló directamente a los musulmanes que se encontraban en primera línea de las operaciones contraterroristas lideradas por Estados Unidos, particularmente su mensaje se dirigía a las poblaciones de Arabia Saudí, Pakistán e Irak [ 20], cuyos gobiernos son aliados de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. 

Más concretamente, en sus declaraciones de 2004 y 2006 dirigidas a las audiencias y gobiernos de Estados Unidos y Europa, Bin Laden combinó amenazas de violencia con intentos por persuadir a líderes y ciudadanos de estos países para que cambiasen el rumbo de sus respectivas políticas exteriores hacia el mundo islámico. En abril de 2004, Bin Laden llegó a ofrecer una tregua a los europeos si éstos consentían retirar su apoyo a las operaciones militares de Estados Unidos en Afganistán e Irak. Incluso, en octubre de 2004, en víspera de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, Bin Laden se dirigió a los ciudadanos norteamericanos, amenazando con la destrucción de su país si no reconsideraban su apoyo a la política exterior de la Administración Bush hacia el mundo islámico[ 21].

Lo cierto es que el rechazo cada vez más generalizado a la política exterior de Estados Unidos en el contexto internacional, y muy especialmente en la sociedades musulmanas, constituye un factor relevante para entender el cambio progesivo de los líderes de Al Qaeda hacia una retórica política e ideológica cada vez más explícita y concreta en un claro intento oportunista por ampliar las bases del movimiento, además de conseguir más apoyo material y financiero. En este sentido, cabe destacar las aportaciones de Sayf Al Adl, comandante de Al Qaeda, en sus esfuerzos por concretar un detallado marco estratégico que sirva de base del movimiento jihadista, en una estrategia a corto, medio y largo plazo donde la provocación de Israel y la explotación de la vulnerabilidad de Estados Unidos y sus aliados con respecto a las reservas de petróleo destacan como puntos especialmente relevantes[ 22] de una estrategia terrorista que se caracteriza por la versatilidad, la resistencia y el pragmatismo. La guerra será larga…

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2. Organización privada sin ánimo de lucro creada en 1983 durante la Administración Reagan con el fin de contribuir a reforzar las instituciones democráticas en el mundo. Ver: http://www.ned.org

6. Byman, Daniel. "Phase Three in the War on Terror" en Global Terrorism after the Iraq War. United States Intitute of Peace. Special Report 111. October 2003; p. 9-10 Ver: http://www.usip.org/pubs/specialreports/sr111.pdf

7. Ibid., p. 10

8. Brzezinski, Z. "Bush, una forma suicida de gobernar". El País - Opinión - 13 de octubre de 2005. En: http://www.elpais.es/articuloCompleto/opinion/Bush/forma/suicida/gobiernar/elpepiop…
 

9. Ibídem.

10. Experto en Oriente Próximo e investigador del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales, citado en: Prados, Lluis: "El nuevo desorden nuclear". El País - Internacional - 11 de marzo de 2006. En: http://www.elpais.es/articuloCompleto/internacional/nuevo/desorden/nuclear/elpepiint…

11. Lluis Prados: "El nuevo desorden…" op.cit.,

12. Z. Brzezinski: "Bush, una forma suicida…"., op.cit.

13. National Security Strategy 2006, op.cit., en: http://www.whitehouse.gov/nesc/nss/2006/nss2006.pdf

14. Ver: Arteaga, Félix: "La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en 2006" en: http://www.realinstitutoelcano.org/analisis/imprimir/998imp.asp

15. Ibídem

16. Blanchard, Christopher M. "Al Qaeda Statements and Evolving Ideology". CRS Report for Congress. Congressional Research Service. The Library of Congress; p. 10. Ver: http://www.opencrs.com/document/RL32759

17. "Compilation of Usama Bin Ladin Statements 1994-January 2004", Open Source Center (OSC) Report, GMP 20040209000243, Feb. 9, 2004, citado en: Christopher Blanchard. "Al Qaeda Statements…", op.cit

18. OSC Report FEA20041227000762, Dec. 27, 2004, citado en:  Ídem.

19. Christopher Blanchard. "Al Qaeda Statements…", op.cit., p. 14

20. Ibídem, p.13

21. Ibídem, p. 5-6

22. "Detained Al Qaeda Leader Sayf al-Adl Chronicles Al Zarqawi´s Rise in Organization", OSC Repor - GMP2005060637100, May 21, 2005, citado en: Ibídem, p.11

 

 

 

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