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"EL PROCESO DE ADHESIÓN DE ESPAÑA A LAS COMUNIDADES EUROPEAS: HITOS FUNDAMENTALES Y PRINCIPALES CONSECUENCIAS"

Borja Cortés-Bretón Brinkmann

Diplomático

Investigador Asociado del INCIPE


“Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan. Es una necesidad del momento”. Con estas palabras subrayaba, el 22 de noviembre de 1975, el Príncipe D. Juan Carlos, con ocasión de su proclamación como Rey de España ante el Pleno de las Cortes y ante el Consejo del Reino, lo que será, sin duda, uno de los principales objetivos de la política exterior de España al inicio de la transición política, a saber, la adhesión de España a las por aquel entonces denominadas “Comunidades Europeas”.

La pertenencia a “Europa” era interpretada en España como un símbolo inequívoco de compromiso y defensa de los mismos valores y principios democráticos inherentes al proceso de construcción europea. Se entiende así, que el proceso de acercamiento ya se iniciara incluso bajo el régimen del General Franco a principios de los años ’60 como una forma de legitimar el sistema político desde el exterior. No obstante, la solicitud de adhesión de España a las Comunidades Europeas presentada por el Ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, el 9 de febrero de 1962, fue duramente rechazada por el llamado “Informe Birkelbach”, diputado socialista en el Parlamento Europeo. España no cumplía con los mínimos requisitos de un Estado democrático de Derecho, a pesar de la diferente consideración internacional que tenía la España de los años ’60 si la comparamos con la España de los años ’40.

A pesar de que la carta con la solicitud de adhesión de España a las Comunidades Europeas no había logrado la aceptación del resto de los socios europeos, la política exterior española se inclinó, desde entonces, a obtener un acuerdo arancelario y comercial. Se lograría, de esta forma, el 29 de junio de 1970, un “Acuerdo Preferencial Comercial Hispano-Comunitario” que regiría nuestras relaciones comerciales hasta prácticamente 1986. Se proclamaba la voluntad recíproca de las partes de proceder a la supresión progresiva de los obstáculos a lo esencial de los intercambios en dos etapas: una primera, de al menos seis años de duración, y una segunda, que daría comienzo, por común acuerdo entre las partes, cuando se reuniesen las condiciones necesarias. En definitiva, España trataba de acercarse a su objetivo de pertenecer al “corazón de Europa”, estableciendo un “Acuerdo Comercial Preferencial”. Las Comunidades Europeas tomaron, sin embargo, la precaución de que sólo se llegase al final del proceso cuando las circunstancias políticas así lo permitieran que, en la práctica, no sería hasta la muerte del General Franco en noviembre de 1975.

A lo largo de estas breves líneas, y teniendo como telón de fondo el posible comienzo de las negociaciones de adhesión de Turquía a la Unión Europea el próximo 3 de octubre, se hará hincapié en tres aspectos fundamentales que denotan, en buena medida, el difícil proceso que tuvo que emprender España allá por los años ’70 para integrarse plenamente en la Unión Europea. En primer lugar se incidirá en el propio proceso negociador. ¿Por qué fue tan complejo el acercamiento político de España a las Comunidades Europeas y cuáles fueron los principales aspectos conflictivos? En segundo lugar se abundará en uno de los principales ámbitos en los que tuvo que esforzarse España, a saber, la reestructuración del tejido económico e industrial. Desde esta perspectiva será también muy interesante reflejar en qué medida ha ido cambiando la economía y la sociedad españolas fruto, precisamente, de estas reformas económicas emprendidas. Y, finalmente, se abordará la imagen de España en el seno de la Unión Europea. A pesar de que inicialmente nuestra imagen fuera más bien negativa – nadie se acostumbraba a la realidad de negociar con un país como España al que un diario de Rótterdam calificaba de “extraño pájaro que llamaba a las puertas de la Comunidad” – la diplomacia española lograría cambiar esta visión inicial a través de aportaciones prácticas sin duda de gran calado para la evolución de la futura Unión Europea.
1. El proceso de adhesión de España a las Comunidades Europeas: Principales dificultades

El objetivo prioritario de los Gobiernos de la transición era la superación de la herencia exterior que había legado el régimen del General Franco. Si bien es cierto que la situación de la política exterior había cambiado con respecto a la segunda posguerra mundial – España había ingresado en las Naciones Unidas en 1955, integrándose y asumiendo las líneas directrices que marcaban organismos internacionales de la importancia de la OCDE, el FMI, el Banco Mundial o las propias Rondas Negociadoras del GATT – la naturaleza autoritaria del régimen seguía mermando las posibilidades de España en la sociedad internacional, perpetuando su aislamiento.

A esta situación inicial habría que sumarle las dificultades añadidas que se dejaban atisbar cuando se acercaba el ocaso del régimen del General Franco. El “Proceso de Burgos”; el caso “Puig Antich”; el caso del “Obispo Añoveros” o los fusilamientos de septiembre de 1975, tendrían una enorme resonancia y repercusión en Europa. España, que se acercaba al “corazón de Europa” a partir de su vertiente económico-comercial, tratando de comulgar con sus principios y valores, se vería distanciada nuevamente como consecuencia de estos hechos. Se llegaría incluso a la ruptura de las negociaciones emprendidas para reequilibrar el “Acuerdo Comercial Preferencial” de 1970.

Los primeros pasos hacia una progresiva “normalización” de las relaciones exteriores no se traducirían en un acercamiento de España a las Comunidades Europeas. Existen toda una serie de hitos, anteriores al comienzo de las negociaciones con las Comunidades Europeas hacia septiembre de 1979, que reflejan la progresiva normalización del régimen político español de la transición. La firma de un nuevo Tratado de Amistad y Cooperación en enero de 1976 con la Administración norteamericana, permitiría iniciar un lento proceso de normalización de las relaciones con los Estados Unidos. El aggiornamento de las relaciones Iglesia-Estado fruto del acuerdo firmado por parte de España y el Vaticano en Roma, en julio de 1976, prepararía el terreno, a su vez, al posterior Concordato de enero de 1979, que haría posible una relación Iglesia-Estado plenamente compatible con los valores de la Constitución democrática recientemente aprobada. La ratificación de diferentes instrumentos internacionales de vital importancia, demostraba el incipiente compromiso de España con los valores democráticos (piénsese en la ratificación de los Pactos Internacionales sobre Derechos Civiles y Políticos y sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales en abril de 1977; o la firma, en noviembre de 1977, de la Convención Europea de los Derechos Humanos). Finalmente, otro de los ejemplos que ilustran esta progresiva normalización política externa del sistema político español, sería la universalización de las relaciones diplomáticas que iría tejiendo España con aquellos países que se habían negado a reconocer a la España de Franco debido, fundamentalmente, a la naturaleza política autoritaria del régimen. Así, se irían normalizando las relaciones con países como México, Rumanía, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia, Vietnam, Angola, Mozambique etc. no estableciéndose relaciones diplomáticas plenas con el Estado de Israel hasta 1986, dentro del contexto, precisamente, de la adhesión de España a las Comunidades Europeas.

Ahora bien, centrándonos en el proceso de adhesión a las Comunidades Europeas, España depositaría el 28 de julio de 1977 su solicitud de adhesión, a través de su Ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja. Esta segunda solicitud de ingreso se enmarcaba en un contexto histórico distinto del que se había vivido en 1962. España había aprobado la Ley para la Reforma Política que rompía desde un punto de vista material de los valores y principios con el antiguo régimen. En abril de 1977 se legalizaba el Partido Comunista. Todo ello, junto con la convocatoria de elecciones generales democráticas - que se celebraron, finalmente, el 15 de junio de 1977 - tuvieron como consecuencia que el Parlamento Europeo, expresión y representación de la conciencia democrática de las Comunidades Europeas, reconociera formalmente que el Gobierno de Suárez estaba cumpliendo con sus promesas democratizadoras, levantándose el veto político que había supuesto el mencionado “Informe Birkelbach” en 1962. No obstante, las negociaciones efectivas con Bruselas no comenzarían hasta septiembre de 1979 – después de que se pronunciara el Consejo, el 19 de diciembre de 1978, a favor de la solicitud de adhesión de España a la vista del Dictamen de la Comisión, disponiendo que las negociaciones de adhesión se iniciaran formalmente en febrero de 1979 – lo que da muestra, en buena medida, de las reticencias y grandes reformas que tuvo que encauzar España para acercarse a “Europa”.

La solicitud española de adhesión fue recibida con una mezcla de alegría y aprensión por parte de los Estados Miembros. Al igual que las de Grecia y Portugal, la solicitud española reflejaba el avance de la democracia en Europa y suponía un reconocimiento del prestigio de las Comunidades Europeas en la sociedad internacional. Sin embargo, y a diferencia de las otras dos solicitudes, el caso español planteaba serios interrogantes debido al tamaño y naturaleza de su economía. Desde Bruselas, así como desde algunas capitales europeas, en especial desde París, se veía con preocupación el sobredimensionado sector agrícola; el tamaño de la flota pesquera y la necesidad de su reestructuración para hacer frente a la creciente competitividad de las flotas asiáticas; la cuestión de la movilidad de la mano de obra; o la relativa pobreza de alguna de sus regiones.

Sin embargo, lo que realmente dificultó el ritmo de las negociaciones en el caso español fue, además, la situación sui generis que estaba atravesando Europa. Las dos crisis petrolíferas de los años ’70 y la falta de reformas internas de las instituciones comunitarias, habían conducido hacia una cierta parálisis interna – se hablaba de la “euroesclerosis” – del proceso de construcción europea. Se entiende así, que las ambiciones y reivindicaciones justas esgrimidas por parte de la diplomacia española se enfrentaran a un contexto histórico desfavorable, además de a unas actitudes más reticentes por parte de determinados Estados Miembros.

Dos frases, pronunciadas hacia el mes de febrero de 1979, son un buen botón de muestra del difícil proceso negociador que se disponía a iniciar España. Por un lado, las declaraciones del Presidente de la Comisión, Roy Jenkins, a unos periodistas a la salida de la sesión inaugural de las negociaciones: “La empresa que hoy acomete España es comparable a las gestas que ese gran país realizó hace quinientos años”. Una frase evidentemente exagerada y romántica, pero que deja traslucir la visión que se tenía de España en las instituciones comunitarias y lo mucho que quedaba por hacer para lograr la ansiada incorporación a las Comunidades Europeas. Por otro lado, la segunda imagen que refleja muy bien dónde se encontraban los principales obstáculos a la hora de comenzar las negociaciones de adhesión, son las afirmaciones al periódico Le Figaro de Jean François Poncet, Presidente del Consejo y Ministro de Negocios Extranjeros de Francia, al finalizar la misma sesión inaugural: “La ampliación, especialmente con la entrada de España, presenta riesgos, particularmente en el terreno de los productos agrícolas mediterráneos y vinos [...]”.

Por cuanto se refiere al proceso negociador propiamente dicho, el mismo duraría algo más de seis años. Siendo el objetivo de las negociaciones la integración de España en las Comunidades Europeas, las negociaciones vendrían marcadas por un elemento fijo y otro variable, sujeto a las oscilaciones consecuencia de las discusiones entre los Estados Miembros. El elemento fijo se traducía en la obligación impuesta a todos los candidatos de aceptar íntegramente el llamado “acervo comunitario”, es decir, la normativa completa de las Comunidades Europeas. El elemento variable de la negociación se traducía en los períodos transitorios que se marcaron para que los Estados-candidatos fueran integrando y asumiendo progresivamente la legislación comunitaria en los respectivos ordenamientos jurídicos nacionales. En la actualidad son los llamados “criterios de Copenhague”, establecidos con ocasión del Consejo Europeo de 1993, los que establecen los parámetros a la hora de dilucidar si un Estado-candidato puede o no adherirse a la Unión Europea.

El proceso negociador experimentaría un impulso decisivo bajo la Presidencia Europea alemana, concretamente durante el Consejo Europeo de Stuttgart, en junio de 1983. La postura española con respecto a la defensa occidental – la entrada de España en la OTAN en mayo de 1982, bajo la Presidencia de Leopoldo Calvo Sotelo – tranquilizaría al canciller alemán Helmut Kohl. El firme apoyo del canciller se traduciría en la extensión de los plazos transitorios necesarios para que la adhesión no repercutiera negativamente en la estabilidad de nuestro sistema económico, y para que, paralelamente, las Comunidades Europeas se adaptaran al impacto que traería consigo la ampliación. Por otro lado, se resolverían otras cuestiones como vincular el crecimiento de los recursos propios a la culminación de las reformas internas de las Comunidades Europeas. Todo ello hallaría su debida plasmación en el “Acta Única Europea”.

Las negociaciones llegarían finalmente a buen término en la conferencia negociadora del 28 y 29 de marzo de 1985. El 12 de junio de 1985 se firmaría, en Madrid, el Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, que entraría en vigor el 1 de enero de 1986. España, que había comenzado la segunda posguerra mundial completamente aislada, lograba adherirse al proyecto comunitario, un objetivo éste, que prácticamente siempre estuvo en la agenda de la política exterior española.

2. Principales reformas económicas: consecuencias de la adhesión española a las Comunidades Europeas

A pesar del éxito diplomático que había supuesto la firma del “Acuerdo Comercial Preferencial” con las Comunidades Europeas, en junio de 1970 – el Acuerdo era asimétrico a favor de España – y del fuerte crecimiento económico que disfrutaba España con una media de casi un 8 % hasta la primera crisis petrolífera de 1973, este crecimiento económico no lograba traducirse en un desarrollo global del país, manteniéndose, además, las debilidades estructurales que impedían el progreso de España de cara al futuro.

Tal y como destacaron Fuentes Quintana y Jaime Requeijo, el tejido económico e industrial de España adolecía de cuatro debilidades principales a comienzos de los años ’70. En primer lugar, hay que subrayar la debilidad del sector agrícola. Los diferentes ritmos de expansión del sector agrícola y del industrial, producían rigideces importantes en el conjunto de la economía. El desplazamiento creciente de mano de obra hacia el sector industrial y de servicios, elevaba los salarios en la agricultura, acabando por imponer un sistema similar al existente en las Comunidades Europeas. Todo ello traía consigo un excedente de productos agrícolas menos demandados y un déficit de aquéllos más demandados.

En segundo y tercer lugar, habría que subrayar las dificultades que ocasionaba para el normal funcionamiento de la economía española la dependencia energética por un lado, y, estrechamente relacionado con este aspecto, nuestro débil desarrollo industrial. España dependía excesivamente de la energía primaria importada del exterior. Así, si en 1961 la demanda petrolífera se situaba en torno al 28’8 %, en 1974 oscilaba en torno a un 67’8 %. Todo ello suponía un incremento de la demanda de casi un 170 %. Por otro lado, el desarrollo industrial se caracterizaba por estar basado en una endeble estructura financiera de las empresas – que eran dependientes de los créditos bancarios y sometidos a los vaivenes de los mercados financieros – con un elevado consumo energético y una gran dependencia tecnológica. Finalmente, la cuarta debilidad que marcaba negativamente las capacidades económicas de España de cara al futuro era el comportamiento de nuestro sector exterior. Todo ello se traducía en un persistente déficit comercial de nuestra Balanza de Pagos.

Encauzada incipientemente la transición política después de la celebración de las primeras elecciones democráticas a mediados de 1977, el Gobierno se dispondría a hacer frente a los principales males de la economía. Una de las primeras medidas que se tomaron sería la devaluación de la peseta con vistas a mejorar los resultados de la Balanza Comercial. Sin embargo, pronto se pondría de manifiesto que las reformas requerían de un amplio consenso nacional de todos los actores políticos y agentes sociales del momento. Se llegaría, de esta forma, a los llamados “Pactos de la Moncloa”, de octubre de 1977, donde se apelaba a la conciencia y responsabilidad de los distintos grupos políticos y sociales, para que asumieran la parte de sacrificio que les correspondía desde su respectivo ámbito competencial.

Los “Pactos de la Moncloa” preveían la aplicación de dos modalidades de medidas. Por un lado, estarían las medidas de saneamiento con la lucha contra la espiral inflacionista – a través de una política monetaria que controlara las disponibilidades líquidas y la reducción del gasto público – y la búsqueda del equilibrio de la Balanza de Pagos, entre otro, a través de la fijación de un tipo de cambio realista de la peseta. Por otro lado, hay que hacer alusión a las importantes reformas que se trataban de introducir en distintos ámbito tales como la reforma del sistema tributario, acercando el sistema fiscal anticuado al europeo, dándose preferencia a tres impuestos principales, a saber, el impuesto general de la renta de las personas físicas, el impuesto de sociedades y el impuesto sobre el valor añadido; la reforma del sistema financiero; la reforma del marco presupuestario que permitiera controlar mejor el gasto público; un nuevo marco de actuación de la empresa pública, con un sistema que controlara la eficiencia de su actuación y presupuestara sus resultados; o la definición de un nuevo marco de las relaciones laborales, mediante la elaboración de un Estatuto de los Trabajadores.

Los resultados de estas medidas fueron espectaculares. Se lograría poner límite a la espiral inflacionista exacerbada por las crisis petrolíferas de los años ’70, equilibrándose, paralelamente, la Balanza de Pagos. Por otro lado, España conseguiría una “dinamización” relativa de su aparato productivo a partir de las reformas fiscales, financieras y laborales anteriormente mencionadas. Sin embargo, el éxito de las medidas, haría desaparecer hacia finales de los años ’70 el consenso entre las fuerzas políticas y agentes sociales que había inspirado los “Pactos de la Moncloa”. Esto, junto al progresivo resquebrajamiento de la cohesión del partido en el Gobierno y la segunda crisis petrolífera, pondrían nuevamente de manifiesto las dificultades estructurales que arrastraba la economía española desde antes de la transición.

La llegada al poder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en noviembre de 1982, contando con el respaldo parlamentario de una mayoría absoluta, permitiría abordar una política caracterizada por un fuerte ajuste económico que perseguiría un doble objetivo, a saber, la consecución de un crecimiento económico sostenido, y la modernización de la economía española, preparándola para su integración en las Comunidades Europeas. Se encauzarían, de esta forma, duras medidas de reconversión industrial que habían quedado pendientes todavía de la etapa de los “Pactos de la Moncloa”. A estas medidas le acompañarían otras en ámbitos tales como la agricultura y la pesca; la flexibilización del mercado laboral; la racionalización de la Seguridad Social etc.

A pesar de las dificultades y del descontento social que han suscitado, en ocasiones, las medidas propugnadas por los correspondientes Gobiernos, el resultado es patente. Las reformas introducidas por los Gobiernos del PSOE y del Partido Popular (PP), asumiendo, en gran medida, los dictados de Bruselas, han transformado radicalmente la realidad económica y social de España. Así, si el desarrollo económico de España no llegaba prácticamente a un 68 % de la renta comunitaria el año de su adhesión, en 1986, en la actualidad, España sobrepasa el 87 %. Esta progresiva equiparación del crecimiento económico y del bienestar social de España con respecto a los restantes socios europeos, no ha sido meramente nominal, sino que tiene sus reflejos en la práctica. El avance en la igualdad entre el hombre y la mujer; las mayores oportunidades de los jóvenes; los esfuerzos que se están realizando en el ámbito del medio ambiente o la progresiva cohesión entre las distintas regiones que componen nuestro Estado, son algunas de las perspectivas que ilustran los grandes cambios que se han ido produciendo en la vida diaria de los españoles fruto de nuestra pertenencia al “proyecto europeo”.

Se pueden destacar cuatro perspectivas que subrayan el impacto que ha ocasionado la integración comunitaria en nuestra evolución económica y social. En primer lugar, cabe hacer hincapié en la espectacular apertura económica de nuestra economía. España tiene, en la actualidad, una de las economías más abiertas – llegando al 70 % del PIB – habiéndose convertido en el sexto inversor mundial. Además, la Unión Europea se ha convertido en nuestro principal socio comercial; en torno al 60 ó 70 % de nuestras exportaciones / importaciones van dirigidas a la Unión Europea.

En segundo lugar, no cabe duda de que el sector agrícola se ha visto afectado por nuestra pertenencia a la Unión Europea. Sin embargo, a pesar de los duros ajustes que han supuesto las reformas en este ámbito, no hay que subestimar la especialización productiva que se ha ido produciendo, así como el aumento de la renta per cápita de los empleados en el sector agrícola, fruto de instrumentos comunitarios tales como el Fondo Europeo de Garantía Agraria (FEOGA-Garantía). En la actualidad, el sector agrícola proporciona en torno al 3’5 % de nuestro PIB y emplea a un 7’5 % de nuestra población activa.

Nuestras industrias y el sector de las finanzas se han visto igualmente afectadas por nuestra adhesión. Las sucesivas privatizaciones de diversas empresas estatales; las fusiones y absorciones; junto con un mayor desarrollo de las tecnologías de la información, han permitido a las empresas españolas y europeas ser más competitivas y compartir los beneficios de una economía crecientemente globalizada.

Finalmente, hay que hacer alusión a uno de los principales sectores que reflejan los grandes cambios acaecidos en nuestra economía. El sector terciario se ha visto afectado primordialmente por las políticas comunitarias de desregularización y liberalización. Todo ello se ha traducido en mayores posibilidades de elección para el consumidor y tarifas más reducidas, por ejemplo, en el ámbito energético y de las telecomunicaciones. El sector de los servicios se ha ido convirtiendo en uno de los principales motores de las economías desarrolladas, suponiendo en España en torno a un 65 % de nuestro PIB y un 60 % de nuestro empleo.


3. La imagen de España en la UE: principales aportaciones de España al proceso de construcción europea

Los iniciales esfuerzos de España por acercarse políticamente a las Comunidades Europeas eran contemplados, retomando la frase aparecida en un diario de Rótterdam, como la aproximación a Europa de un “extraño pájaro que llamaba a las puertas de la Comunidad”. España no sólo tenía que demostrar que estaba capacitada y quería respetar los principios y valores esenciales de las democracias occidentales – algunos episodios, como el fallido golpe de Estado del 23 de febrero, hacían dudar de la voluntad de los dirigentes españoles – sino que tuvo que realizar grandes esfuerzos para reformar globalmente su economía y su sociedad. Todo ello repercutiría, que duda cabe, en la postura adoptada por parte de España inicialmente en el seno de la Unión Europea.

No obstante, cuando estamos a punto de celebrar el veinte aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, la imagen que proyecta España en el seno de la Unión Europea es radicalmente diferente. España se ha convertido en un socio leal y ha pasado de ostentar una postura pasiva en el proceso de construcción europea a liderar abiertamente iniciativas que van a marcar en buena medida el futuro del “proyecto europeo”. España es plenamente consciente de que defendiendo los intereses de “Europa” en el escenario internacional está contribuyendo, al mismo tiempo, a satisfacer los propios intereses españoles.

Una de las principales aportaciones de España ha sido, en este sentido, la implantación y la progresiva consolidación de la “Europa de los Ciudadanos”. El concepto de una “Ciudadanía Europea” tiene un significado trascendental para el funcionamiento presente y futuro de la Unión en tanto que no cabe olvidar que de no conseguirse una plena participación e implicación de los ciudadanos europeos en el “proyecto europeo”, el “euroescepticismo” y el “déficit democrático” irán ganando terreno. La “Ciudadanía Europea” quedaría finalmente consagrada en el Tratado de Maastricht teniendo una vertiente de aplicación práctica directa.

La “Ciudadanía Europea” se enmarca, sin embargo, dentro de un contexto más amplio que ha contribuido a consagrar activamente la diplomacia española, a saber, la plasmación de un verdadero espacio de “Libertad, Seguridad y Justicia”. Realidades tales como la progresiva elaboración de una política comunitaria en materia de asilo e inmigración; la cooperación en materia civil y penal; la lucha conjunta contra la delincuencia o la esencial cooperación contra el fenómeno del terrorismo, se dejan subsumir bajo la progresiva gestación en el seno de la Unión Europea de un espacio de “Libertad, Seguridad y Justicia”. La diplomacia española ha sido una de las más activas defensoras de los parámetros establecidos, en octubre de 1999, en el Consejo Europeo de Tampere (Finlandia), abogando, en la actualidad, por el pleno desarrollo de las directrices que se enmarcan en el llamado “Programa de la Haya”.

La dimensión de la “Ciudadanía Europea” y la creación de un auténtico espacio de “Libertad, Seguridad y Justicia” no pueden ir desprovistas de una dimensión social y de bienestar que debe caracterizar el proceso de construcción europea. España ha abogado así, junto a la creación de una “Europa Económica y Monetaria”, cuya máximo símbolo es el Euro, por una Europa que crezca sostenidamente respetando, además, plenamente la vertiente social y medioambiental. La llamada “Estrategia de Lisboa”, lanzada en el Consejo Europeo de marzo de 2000, ha sido una de las principales aportaciones de la diplomacia española en el ámbito económico-social. Cuando se acaban de cumplir cinco años desde su lanzamiento, España, junto al resto de los socios europeos, trata de revigorizar esta “Estrategia” con vistas a convertir a la Unión, en el 2010, en una de las regiones más prósperas y competitivas del mundo, con mayor bienestar y un pleno respeto del medio ambiente.

Sin embargo, España, no sólo ha sabido liderar iniciativas en el seno de la Unión Europea, sino que ha logrado implicar a la Unión más allá de sus fronteras exteriores en aquellos ámbitos históricamente de interés para nuestro país. La institucionalización de un diálogo político, económico y socio-cultural de Europa con la cuenca del Mediterráneo y con Iberoamérica, son un ejemplo evidente en este sentido. El llamado “Proceso de Barcelona”, lanzado en noviembre de 1995 bajo Presidencia española, ha sido uno de los hitos principales de nuestra contribución a las relaciones exteriores de la Unión. Está en el interés no sólo de España, sino del “proyecto europeo” en su conjunto, el desarrollar y estabilizar políticamente regiones tan importantes como el norte de África y Oriente Próximo. De allí la trascendencia que va a tener el relanzamiento del “Proceso de Barcelona” en el segundo semestre del presente año, con ocasión del décimo aniversario de su lanzamiento.

Por otro lado, están nuestras relaciones especiales con Iberoamérica. España no se ha limitado a servir de “puente” entre “Europa” y “América”, sino que ha contribuido activamente al establecimiento de una política de cooperación al desarrollo europea y a la creación de Tratados de Libre Comercio con México y Chile. La creación de una Zona de Libre Comercio Unión Europea-MERCOSUR, así como el inicio de las negociaciones, con este mismo objetivo, con la Comunidad Andina y Centroamérica, son algunas de las asignaturas pendientes que están en la agenda de la política exterior de la Unión Europea.

4. Conclusiones

La España que se disponía a llamar a la puerta de las Comunidades Europeas allá hacia mediados de 1977 es bien distinta a la España democrática y moderna de la actualidad. España ha realizado un viraje desde el triple punto de vista político, económico y social. Ha pasado de ostentar una postura pasiva en el proceso de construcción europea a contribuir activamente a través de sus iniciativas en la evolución de la Unión. Uno de los últimos hitos ha sido, que duda cabe, el haber sido el primer Estado Miembro en pronunciarse a través de la convocatoria de un referéndum a favor del Tratado Constitucional Europeo, a favor de la “Europa del mañana”.

Pero, ¿en qué medida se pueden sacar conclusiones del acercamiento político y económico que ha realizado España a “Europa” con vistas al proceso negociador que se dispone iniciar Turquía probablemente a partir del próximo 3 de octubre? No cabe duda de que nos hallamos ante dos países distintos. Las Comunidades Europeas de los años ’70 no se pueden comparar, además, con la Unión Europea de la actualidad. Incluso la sociedad internacional de los años ’70 y ’80 es radicalmente diferente a la sociedad de la que todos somos testigos hoy en día.

No obstante, también Turquía es contemplada hoy, en cierta manera, como un“extraño pájaro que [llama] a las puertas de la Comunidad”. Sin embargo, de cumplir estrictamente con los “criterios de Copenhague” y de asumir plenamente el acervo comunitario, Turquía tiene la capacidad de hacer grandes aportaciones para el futuro desarrollo de la Unión Europea. Los importantes recursos energéticos que atesora o las especiales relaciones que cultiva con el continente asiático son sólo algunas de las realidades que podría aportar al “proyecto europeo”.


 

 

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